La necesaria parsimonia de la Independencia
La
necesaria parsimonia de la Independencia
Rabino
Yerahmiel Barylka*
Nos reunimos para festejar
nuevamente un aniversario de la declaración de la Independencia de Israel. Es
una fiesta nacional de todos los judíos israelíes y del mundo.
Este día, que nos lleva a unirnos
a los cincuenta y cinco años desde el establecimiento de un Estado judío
independiente, nos llega precedido por el recuerdo por los caídos en las
batallas, aquellos que murieron aún antes de la Independencia y de aquellos, que
lamentablemente, continúan segando sus vidas, sin cesar, hasta en nuestros
días, frente a nuestros ojos. Que caen en Israel y que por Israel fueron y son
asesinados en acciones terroristas en otros países, uniéndolos al destino
común. Yom Hazicarón es un día
en el que las familias se reúnen en los cementerios militares a llorar la
ausencia de los más queridos, a ojear los álbumes, a rememorar las últimas
palabras, a recordar los olores y los sabores compartidos, las andanzas, las
alegrías y las emociones, a soñar los sueños frustrados, a crispar los puños
mirando hacia el futuro de paz y tranquilidad después de tanto sacrificio. A
decir una plegaria. A llorar. Las llagas del dolor no se han cicatrizado con los
años y van aumentando por las nuevas ausencias hasta nuestros propios días,
prácticamente sin interrupción. Un día de silencio. De unión. De esperanza. De
compartir. De acompañar. De orar.
Pese a los años transcurridos,
desde aquel primer 5 de Yiar en el que se declaró la
Independencia, no hemos plasmado todavía una tradición aceptada por todos para
expresar nuestra alegría y nuestro agradecimiento. El feriado que se celebra en
Israel no tiene todavía, por lo menos, un sentido
religioso que pueda equipararse a las conmemoraciones consagradas por las
Escrituras y por la tradición rabínica. En los países de la dispersión judía,
Iom HaAtzmaut pasa casi desapercibido por muchos
judíos, tanto seculares como observantes. Quedan envueltos en la ajenidad de los
espectadores lejanos. Hay también quienes, y son los menos, que se excluyen a si
mismos, incapaces de reconocer el significado histórico de este momento tantos
siglos añorado, soñado e implorado por las invocaciones cotidianas. Otros,
pierden toda posibilidad de alegrarse, al haber optado, concientes o no, activa
o pasivamente, por diluir su identidad, buscando encontrar ajenas, o, fascinados
y atrapados por modas pasajeras, se abstienen de condenar abiertamente al
enemigo cruel e implacable, cuando no lo elogian solidarios.
La fuerza de la inercia galútica
es tan fuerte que en algunos puede más.
Los excluídos no valoran la
Independencia después de 2.000 años de persecuciones y
migraciones, después de tanto sometimiento, ni el retorno de los exiliados y
asimilados en todas las naciones que traen consigo en su regreso a Israel, sus
idiomas y costumbres hasta tanto se integran a la nueva nación. No perciben,
incluso al hablarlo, el milagro del renacimiento del hebreo, el idioma sagrado,
que cuenta con un dinamismo generador de creatividad y comunicación. No
reconocen que en nuestros días hay más alumnos en yeshivot que estudian Torá día
y noche, que en cualquier otro momento de la historia. No pueden registrar la
pujanza de un Estado en el que sus universidades e institutos científicos se
cuentan entre los mejores y más avanzados del mundo y su juventud está imbuida
de los valores del patriotismo y la abnegación en un ambiente de total libertad
y democracia. Saben a ciencias ciertas que la Mano Divina estuvo presente,
como lo está todos los días, frente a nuestros ojos, pero, tienen dificultades
para gritar esa verdad a toda voz.
No todos tienen la capacidad de verla. La luz es demasiado
fuerte.
Las tradiciones exigen de muchos
siglos hasta que consiguen ser aceptadas. Sin embargo, las distintas plegarias
que se agregan en ese día, incluso las que no terminan de ser discutidas y
aceptadas, van creando un clima muy especial, que sin duda trascenderá en un
nuevo modelo que integrará los festejos hogareños y comunitarios frente a mesas
de manteles largos.
Pero, la independencia total, no
puede producirse, como muchos pensaron, mágicamente, a través de un pasaje sin
transición, entre la esclavitud y la libertad. Israel es nación independiente y
pujante, fuerte y bella, moderna y progresiva, en la que sus hijos tienen
asegurado el porvenir, entre otras razones, porque lo construyen cotidianamente
con sus propias manos, pero, la labor de la emancipación total está todavía
inacabada.
Ya el Talmud de Jerusalén, en
Iomá 3, halajá 2, nos cuenta acerca de dos maestros, Rabbí
Jiia HaGadol y Rabbí Shimón
ben Jalafta, que caminaban por el valle de Arbel a la hora del despuntar del
alba. De pronto, al ver la primera luz, Rabbí
Jiia exclamó: así será la redención de Israel, al inicio muy lentamente, pero a
medida que avanza, progresa e ilumina. Para que los judíos gocen de la luz y la
alegría, continúa la guemará,
debieron antes superar infinidad de dificultades como las de Mordejai en los
portones del poder, y de Hamán vistiéndose de galas...
Cuando nuestros abuelos salieron de la esclavitud de Egipto,
obligaron que el pueblo cambie su ruta y deambule por el desierto cuarenta años.
Se apresuraron y se emocionaron por la velocidad, y no pudieron liberarse
sicológicamente de sus cadenas, no estuvieron dispuestos a luchar ni a
sacrificarse, a dejar de comer los manjares de los esclavos. Fueron cobardes,
temerosos de enrolarse y luchar contra los filisteos de aquel tiempo.
Pobres, terminaron muriéndose en el desierto.
La generación del desierto no
pudo entrar en la Tierra Prometida, por su inmadurez y sus exigencias rompieron
el encanto de la liberación. Esa generación, que al fin pudo salir de la
opresión, siguió siendo sirviente de los objetos y de la nada, del tener y del
temer. Extrañaba a los señores que la despojaron, maltratado, asaltado y violado
abusivamente.
Tenía breve memoria.
Nuestros sabios interpretan las palabras del profeta Ieshayáhu
(52:12): Pues sin prisa habréis de salir, no iréis a la desbandada, que va al
frente de vosotros H y os cierra la retaguardia el Ds de Israel-. Que hay que
decirle No al apuro. Los procesos son lentos, pero seguros. La construcción de
un nuevo Estado no se hace en un día y puede llegar a tener costos altísimos,
pero, será protegida. Se fortificará.
Así es la verdadera y definitiva
liberación. Lenta. Parsimoniosa. Circunspecta. Contenida. Dolorosa. Exigente de
sacrificios y ofrendas. Pero con fe. Avanzando frente a las dificultades.
Creando y progresando. Uniéndose. Abrazándose. Recibiendo con generosidad a
quienes deciden unir sus destinos al destino del
pueblo judío en su tierra.
Los sabios del Talmud leen al
profeta Mija, 7:8:
" No te alegres de mí, enemiga mía, porque
si caigo, me levantaré, y si estoy postrada en tinieblas,
D's es mi luz", diciendo, que de
las tinieblas no se pueden abrir los ojos de golpe porque uno se vuelve ciego.
De las negrura de la esclavitud y de los 2.000 años
del exilio no se puede ver la luz sin pestañar. Puede ser demasiado fuerte para
quienes se acostumbraron a la oscuridad, para aquellos que no quieren hacer el
trabajo con sus propias manos, para quienes esperan se les dé todo servido en
bandejas, en lugar de ofrecerse para dar ellos.
Pero, del mismo versículo
aprendemos también que nuestros enemigos no deben apurarse en alegrarse en
nuestras caídas ocasionales pensando que nos derrotarán. Ellos intentan
convertir a nuestro Yom Hazikarón en fiesta y a nuestra Hatzmaut en duelo, pero,
no lo permitiremos. Nosotros tenemos una luz que nos acompaña, una nueva, la que
desde Sión nos iluminará y a la que, con fe en nuestra redención lánguida pero
segura, podremos albergarnos a sus rayos.
Cantemos y alegrémonos. Porque
nos dice el profeta en Ieshayáhu
60:22: El más pequeño vendrá a ser un millar, el más
chiquito, una nación poderosa. Yo, H a su tiempo me apresuraré a cumplirlo.
Depende sólo de nosotros. Si
sabemos estar a la altura de nuestro Destino y del cumplimiento de nuestras
deberes y nuestros compromisos, se cumplirá más rápidamente. Porque éste puede
ser el Tiempo.
Iom HaAtzmaut
es un día, en el que, mientras buscamos conjuntamente la mejor manera de
festejarlo, podremos reflexionar acerca de nuestras obligaciones, percibiendo la
gigantesca epopeya de la que somos testigos con el renacimiento de un Estado
Judío en la Tierra de nuestros Padres.
Un día excelente para decidir ser
protagonistas.
Jag HaAtzmaut
sameaj.
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Actualizado: 5 de mayo, 2005