Los ciclos se cierran con nuestro regreso

 

 

Los ciclos se cierran con nuestro regreso

Rabino Yerahmiel Barylka

           

“Tal como el cervatillo que ves enmarañarse entre las malezas de cada terreno que cambia, así se enredarán tus hijos en las naciones... hasta que al fin serán redimidos, le dijo el Santo Bendito Sea a Abraham” Bereshit Rabá, Capítulo 56:13

 

Cuando llegué al Cotel, en mi primer viaje a Israel hace casi 30 años, temí acercarme demasiado. Le tenía demasiado respeto y me veía muy pequeño ante su majestuosidad tantas veces imaginada.

Llovía.

Era Tevet. Hacía mucho frío.

Tomé un libro de tehilim (Salmos) que estaba allí, debajo de una mesa, y me puse a leer los salmos. De pronto la lectura se vio interrumpida.

No podía ver.

No podía respirar.

Mis manos y mi cuerpo todo temblaban y no de frío.

Eran lágrimas calientes que sin pedir permiso se derramaron sobre mis mejillas y corrían por las barbas, todavía de color castaño oscuro.

¡Quién convirtiera mi cabeza en llanto, mis ojos en manantial de lágrimas para llorar día y noche a los muertos de la hija de mi pueblo! Irmiáhu 8:23

Los versos que leía me trastornaron. No recuerdo cuando tiempo estuve así. Si fue mucho o poco. Lloraba, sin saberlo, lo que el profeta había descrito.

Y cuando pude abrir los ojos, frente a mí, estaban las letras húmedas del libro de Salmos desteñidas por otros que como yo, al llegar al lugar se derritieron y de pronto una figura, inconfundible allí cerca. Tenía el rostro de mi bisabuelo a quien conocía sólo por una desteñida foto copiada de un pasaporte que mi abuelo había traído consigo desde Rusia a la Argentina.  Instintivamente me moví para presentarme ante él. Nos habíamos reencontrado al fin. Quizás, podría oír de primera fuente acerca de la saga familiar acerca de la cual poco conocía. Pero, en la brusquedad del movimiento, alcancé a frenar. No estaba frente a mi bisabuelo. Era obvio. Mi cabeza me decía que era sólo una visión. Estaba frente a mi sombra. A mi familia, que la Historia, como a tantas otras, arrojó físicamente de su espacio propio pero que se había negado irse. Estaba allí en las plegarias, en los sueños, en la presencia espiritual.

Con mi retorno, regresaban todos aquellos que habían soñado hacerlo pero que no pudieron. Era yo el primero y me sentía agotado porque los llevaba encima. Mis lágrimas eran también por mi padre, que había fallecido en la víspera de Succot en plena guerra de Iom Kippur, pocos meses antes, en la lejana Buenos Aires y que fuera sepultado con poca compañía en La Tablada, temprano, antes que la fiesta entrara, y que había muerto antes de tiempo, antes de llegar al sitio donde yo me encontraba.

Volví varias veces más al Cótel desde el extranjero y no volví a llorar. Pero seguía encontrando rostros conocidos que me sonreían. Eran otros abuelos y bisabuelos y tatarabuelos.  Leía tehilim, pero sin lágrimas.

Israel se construía y cambiaba a una velocidad increíble. Y se levantaba una nueva generación tras otra de quienes habían logrado sacudirse del yugo de los exilios.

¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de H’ sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece H’ y su gloria sobre tí aparece.  Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada.  Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a tí. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Ieshayá 60:1-4

Y un día, saqué mi teudat olé, sin trámites. Directamente en Yerushalaim. Simplemente porque ya había llegado para quedarme, y fui al Cótel con mi teudat zehut (cédula de identidad).

Y volví a llorar, con el tehilim, porque al fin había regresado a casa llevando en mis alforjas a todos mis ascendientes y a todas sus plegarias por llegar y a sus sueños, pero también, la esperanza de mi propio futuro.

Y me dediqué a ser un ciudadano más. Y simplemente vivir en mi tierra. Y leer tehilim en el Cótel y en las calles, y en mi sinagoga y en mi casa.

Y en este Pesaj, del año 2003, desde mi hogar, escribo estas líneas, cuando la historia nuevamente me acompaña, pero, ahora, puedo escribir mis propios renglones.

 ¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de H’ a Sión.  Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque H’ ha consolado a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén. Ieshayá 52: 7-9

 


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Actualizado: 5 de mayo, 2005

 

 

 

 

 

 


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