La presencia jud?a en la Historia Universal
La Presencia Judía en la Historia
Universal:
Profecía e Ideología
Prof. I. L. Talmón
|
Sin
duda alguna, el último siglo ha sido el más dramático de la historia judía desde
la destrucción del Segundo Templo, hace casi dos mil años. Los judíos, una secta
herméticamente cerrada, un grupo marginal de extraños, se vieron proyectados
al corazón mismo de acontecimientos decisivos, cardinales, en los que les tocó
actuar a la vez como sujeto y objeto, como participantes activos y víctimas,
atrapados por la confrontación histórica entre la tradición y el modernismo,
la jerarquía y la movilidad social, el capitalismo y el socialismo, la reforma
y la revolución. Como consecuencia
de ello se manifestó entre los judíos una aspiración ardiente y febril de sumarse
al curso principal de la historia a través de los diversos estados nacionales existentes,
conforme al modo de organización de la sociedad.
Como
respuesta a esa aspiración - que en numerosos casos no fue sino un deseo de
asimilarse, de perder la identidad grupal propia para fundirse con la civilización
universal - sobrevino el más brutal de los rechazos que culminó en una empresa
de destrucción física total del judaísmo europeo. Así fueron aniquilados irrevocablemente
trece siglos de presencia judía en Europa central y oriental; así fue asesinada
una civilización de incalculable riqueza con toda su especificidad y con toda
su multifacética riqueza. La voluntad de sobrevivir del pueblo judío se expresó
entonces por medio de una lucha desesperada y heroica, en pro de la restauración
de un estado judío soberano, de una nación plenamente dueña de su destino, libre
de expresar su propia creatividad, ansiosa de tender un puente a través de los
años para unir sus lejanos orígenes con un porvenir dinámico, a la vez espiritual,
cultural y social. El Estado de Israel, atrapado por un conflicto cruel con
sus vecinos, a pesar de una cadena de espectaculares victorias militares, se
encuentra sumido hoy en día, según
la sobrecogedora expresión de un escritor judeo-francés, en la situación del
"judío de las naciones". Confinado en un aislamiento casi total, se torna ansioso
hacia la diáspora - angustiada y desorientada ella misma - en lugar de ser portador
triunfal de su estandarte.
Es
sobre el trasfondo de dichos acontecimientos trascendentales que se experimenta
el deseo de volver a plantear las viejas cuestiones. ¿Qué son, en definitiva,
los judíos? ¿Una raza, una religión, una nación? ¿Qué es lo que ocasiona esa
recurrencia de las antiguas pautas? ¿Qué es lo que levanta a los judíos hasta
alturas sublimes y los despeña a los más lóbregos abismos? ¿Cómo es que un grupo
disperso, atomizado, cuya cohesión e identidad se hallan aparentemente en un permanente estado
de dilución, se transforma en una potencia tan conspicua y - ante los ojos de
sus enemigos - tan compacta, tan diabólicamente eficaz y tan temible?
El
judaísmo emergió de una simiente tribal, y gradualmente se desenvolvió hasta
constituir una nación. Luego evolucionó hasta convertirse en una confraternidad
exclusiva y religiosa estrechamente unida, con las características de una civilización
autónoma, dotada de una extraordinaria conciencia de sí misma. A fin de captar
debidamente ese desenvolvimiento, debemos retroceder hasta la remota historia
y destacar un hecho de significación y de consecuencias decisivas.
De
todas las culturas, todas las naciones, los pueblos y las tribus conquistados
por Alejandro Magno y por los romanos, los judíos fueron el único pueblo que
eludió ser absorbido por las civilizaciones helénica y romana y logró preservar
su propia identidad. Fue la victoria de la rebelión macabea, en cierto sentido
un levantamiento de fanáticos, la que aseguró la supervivencia del judaísmo,
poniéndolo en situación de poder absorber una considerable medida de influencias
helenistas y de desbrozar el camino a la cristiandad, sin dejar de ser una nación
que, aislándose de las demás, se reservó un papel de incalculable repercusión
universal.
Lo
que hizo posible que los judíos resistiesen la asimilación fue la conciencia
omnipresente de haber conquistado, mucho tiempo atrás, ellos solos entre todas
las naciones, una terrible verdad: la trascendencia absoluta de Dios, un Dios
que nada tenía de común con las deidades de Grecia y Roma - superhombres que
formaban parte de la naturaleza - sino que era, por el contrario, el Creador,
el Padre, el Señor del universo, Regulador de la historia, Supremo Juez, Fuente
de toda verdad y de toda bondad.
No
menos importante fue el hecho de que la revelación no fue participada solamente
a unos pocos iniciados - hombres sabios o santos - y que el convenio no fue
concluido sólo con una conducción sacerdotal. El acto divino abarcó a todo un
pueblo que fue proclamado el "pueblo de Dios", una "nación sagrada", una "comunidad
de sacerdotes". La religión fue destinada a abarcar y a santificar la totalidad
de la vida, abarcando toda su trama, sin hacer ninguna distinción entre el servicio
divino y las necesidades humanas, la fe y la ciencia, los preceptos religiosos
y la moralidad individual o social, la iglesia y el estado, la teoría y la práctica.
La religión judía se torna real al ser practicada como un modo de vivir por
toda una sociedad y por individuos aislados. No hay en ella ninguna sugestión
que permita ser sustentada diferentemente por los perfectos - los ecclesia
docens - y los imperfectos - los ecclesia discens -. En el judaísmo
preexílico no es el individuo premiado o penado por Dios en la vida de ultratumba;
son la comunidad y las generaciones todas los recipientes de Su gracia y Su
retribución. El individuo sólo asume toda su formidable dignidad como miembro
igualitario y activo del pueblo elegido por Dios y como uno de los portadores
de la misión divina. La conducta de toda la comunidad y de su dirección son
medidas conforme al tratamiento que sus miembros integrantes, los hijos de Dios,
dan al principio de la justicia. El liderazgo, los poderes, pasan de continuo
la prueba de si hacen lo justo para con Dios y Su pueblo. El poder no tiene
otra razón de ser ni otra finalidad que el servicio a Dios y a la comunidad.
La cuestión de su legitimidad se halla bajo un constante examen, porque el único
y verdadero soberano es Dios. Recuérdese, por ejemplo, la conmoción que sufre
Samuel cuando los Hijos de Israel acuden a pedirle un rey como el de todas las
naciones. Los encargados del examen son los profetas, que no detentan el poder
ni ninguna posición oficial, que no integran ninguna organización ni iglesia
y que, por el contrario, por si todavía hace falta recalcarlo, asumen una actitud
crítica hacia la casta sacerdotal, el ritualismo y el establishment. Su única fuerza deriva de su autoridad
moral y personal.
El
carácter absoluto de la Revelación relevó a los creyentes de la tarea - en realidad,
hasta cierto punto, pareció prohibírsela - de buscar verdades adicionales en
la filosofía y en las ciencias, como lo hicieron los griegos imprimiendo un
sello inconfundible a su civilización. Esa misma fue la causa de la obsesión
judía del obrar correctamente, de la justicia en general, ese horror a la transgresión,
ese temor al pecado, que contrasta tan marcadamente la apertura del espíritu,
la curiosidad vital, el deseo de multiplicar la experimentación, los modos de
vivir y toda clase de gratas experiencias vitales.
La
obstinada negativa de los judíos a asimilarse, su incomprensible orgullo, fueron
interpretados por los pueblos de los imperios heleno y romano como una expresión
de la hostilidad judía hacia la humanidad. Su resistencia a adorar al César
sometiéndose a su carácter divino, rayaba en rebelde perversidad. El horror
judío por la reproducción de las imágenes y la despersonalización de su Dios
dio origen a la sospecha de que los judíos tenían demasiadas cosas para ocultar,
abonando las absurdas historias sobre el Sancta Sanctorum
del Templo difundidas por Tácito y otros autores paganos.
Los
primeros cristianos gentiles estuvieron, pues, predispuestos a considerar el
rechazo judío de Cristo y su crucifixión de un modo muy particular.
La
difundida e intensa hostilidad, las amargas tribulaciones y los desastres que
asolaron a un pueblo tan penetrado por la conciencia de haber sido designado
por Dios para una misión especial, engendraron el mesianismo profético, esa
gran visión de la Historia que une en una sola cadena la elección, el pecado,
el castigo, el juicio, el arrepentimiento y la redención. El esquema divino
habrá de concretarse en el desenlace final de todas las contradicciones y conflictos.
En tiempos de mayor bonanza, en Sión, la forma final que asumen las cosas es
una imagen universal y profundamente humana de todas las naciones acudiendo
unidas a adorar al Señor. En las horas de gran penuria, de penosa humillación,
de rabia impotente, se perfila un cuadro de escalofriante castigo de los malvados,
dispuesto por el cielo ya la señal de una recompensa conferida finalmente a
los sufrientes remanentes de Israel.
Hubo
otro factor que contribuyó a la preservación de la identidad judía. El maravilloso
legado de la clásica polis griega - la libertad como don de nacimiento del hombre
y la participación democrática en el quehacer cívico que todo lo abarcaba -
terminó perdiéndose en las vastas extensiones del Imperio helénico. La individualidad
compacta y fuertemente delineada de la polis resultaba en ellas imposible. El
despotismo burocrático escindía la unidad de los objetivos privados y públicos.
Al diluirse la cohesión comunitaria, el hombre se convirtió en ciudadano del
mundo, retrotraído a su propia luz interna, con su mirada fija, si no en ella,
en las verdades cósmicas y en la idea de la ley natural como un ideal inalcanzable.
El abismo entre el judío educado y las masas incultas asumió el carácter de
una indiferencia de clase. La minoría esotérica se sumergió en una interrogación
metafísica y en una moralidad diversificada de naturaleza universal, individualista
y cada vez más pesimista, alejada de las preocupaciones de este mundo y de las
responsabilidades sociales. La mayoría quedó abandonada a la religión ritual,
al culto de los misterios y de la magia. El sentido de la comunidad se fue perdiendo
en los imperios helénico y romano, mientras fue creciendo en fuerza e intensidad
en las comunidades judeo-cristianas, cimentando en ellas poderosamente por la
práctica de una religión vital.
En
ese sentido, un desenvolvimiento oscuro y sectario, escasamente conocido fuera
del círculo de los eruditos judíos, significó un verdadero viraje. Nos referimos
al surgimiento en la diáspora, del minián, la congregación de diez oficiantes.
Las oraciones pronunciadas en su marco reemplazaron los sacrificios de animales
en el Templo de Jerusalén. Y con ese rito desapareció también la condición central
de Jerusalén y el régimen religioso centralizado. En todo lugar en que los orantes
se congregaban y convocaban Su nombre en conjunto, la eclesia de los
fieles se convertía en una realidad. Difícil es imaginar la difusión y la victoria
del Cristianismo sin las tradiciones y la organización comunales que tuvieron
como foco a la sinagoga.
Si
bien los paganos helenizados y latinizados nada debían a los judíos, los nuevos
conversos a la cristiandad no podían negar que su credo era un brote del judaísmo.
Esa infinita ambigüedad cargó las relaciones cristiano-judeas
de una neurosis tal, que sigue presente desde entonces en ambas partes, pero
sobre todo en los judíos.
Así
se desarrolló en los cristianos esa actitud tan compleja que es una mezcla de
endeudamiento, incluso de horror, pero mucho más todavía de odio y de menosprecio,
y, por consiguiente, de malestar y de complejo de culpa. Millones de gentes
jamás dejaron de vibrar al conjuro de la Pasión, habiendo oído de Abraham, Moisés,
Isaías y habiendo entonado himnos a Sión y Jerusalén. San Bernardo de Clairvant
estigmatizó al judío como Caín y les enseñó a los creyentes a tratarlo en consonancia
con ello, pero les recomendó no matarlo porque la mácula en su frente era el
eterno testimonio del triunfo de la cristiandad. Cabe agregar, además, que hasta
fines del siglo XVII, todo el pensamiento político y gran parte de la historia
política de la cristiandad occidental se basó en el relato bíblico de Samuel,
Saúl y David. El ejemplo de los profetas fue el que alentó a la Iglesia a luchar
por la imposición de su freno moral al poder. Y cualesquiera hayan sido los
excesos y las perversiones de que se hizo culpable la Iglesia en el curso de
ese proceso, fue el dualismo entre la Iglesia y el Estado el que preservó durante
mucho tiempo cierta medida de libertad en occidente.
Por
la época de la Reforma, los judíos habían sido expulsados de la mayor parte
de los países de Europa Occidental pero en las guerras de religión, los calvinistas
de Holanda y los puritanos de Inglaterra y Escocia, al igual que en su tiempo
John Hus en Bohemia, se proclamaron a sí mismos herederos de los Macabeos que
libraban la guerra divina contra la idolatría y los adoradores de imágenes.
Los españoles, a su vez, lucharon en todos los campos de batalla de Europa y
llevaron la cruz allende el océano, como vasallos electos por el Todopoderoso.
Ese sentido judaico de una misión religiosa especial se estaba convirtiendo
por ese entonces en una conciencia nacional y en un orgullo particular por un
destino nacional. De ese modo, el ingrediente judío, ya en ese tiempo, contribuyó
a fundir desesperadas tribus primitivas en una única civilización cristiana.
Posteriormente, el mito judaico del pueblo elegido habría de convertirse en
uno de los manantiales esenciales del nacionalismo de primera hora.
La
posición de los judíos como minoría condenada al ostracismo y a la vez, rebelde,
fue la que determinó el papel especial que jugaron en la economía de Europa.
Ya hace mucho que se señaló que son los extraños que como grupos marginales,
desprovistos de raíces, de vínculos cercanos y de reputación que perder, los
que comúnmente se ven empujados por una legislación discriminatoria y restrictiva,
e incluso por su propia decisión, a elegir ocupaciones y empresas que lo pobladores
establecidos de antaño desdeñan como desacreditadas o demasiado nuevas y riesgosas.
En la Europa medieval, el judío fue extraño por antonomasia, evocaba asociaciones
siniestras; y su status inferior, al que
se asociaba una cultura más elevada, una movilidad notable - muchas veces
forzada - y conexiones internacionales únicas, lo llevaron a ocuparse del comercio
y del préstamo. Podemos observar aquí un modelo que se repite a través de los
tiempos y de los lugares. El judío llenó un vacío y desempeñó un papel pionero
en el medioevo temprano. Tan pronto como su rol fue cumplido y que los no judíos
se tornaron aptos e interesados en las tareas cumplidas hasta ese momento únicamente
por los judíos, es aspecto pionero de su labor cobró la apariencia de un privilegio,
impropio de extranjeros. Fue así como en las postrimerías de la Edad Media los
judíos fueron expulsados de Europa occidental, siendo admitidos - en realidad
invitados y bienvenidos - en la parte subdesarrollada del continente - la Europa
oriental - en la que la vida urbana se hallaba para ese entonces en sus comienzos.
El judío vino a servir los designios de la szlachta (aristocracia terrateniente)
polaca y de la nobleza y
del gentilicio húngaros, a quienes no convenía el desarrollo de una burguesía
nativa. Los judíos no eran rivales dignos de temer. Fue así como durante muchos
siglos los judíos constituyeron en grandes partes de Europa oriental la única
población urbana. Eso explica también por qué no se asimilaron y continuaron
siendo una población apartada: la nobleza les resultaba demasiado alta y el
campesinado excesivamente bajo. Cuando la emancipación de los siervos en el
siglo XIX volcó a millones de campesinos
sin tierra y a un gentilicio empobrecido a las ciudades, esas masas encontraron
en ellas una amarga competencia, tanto más virulenta cuanto que los polacos,
los húngaros y otros pueblos cayeron presa de un agresivo nacionalismo y terminaron
constituyendo su propia burguesía nacional. Esa rivalidad habría de concluir
en Auschwitz.
El
esquema aquí esbozado se aplica mucho más intensamente todavía al importante
problema de los judíos y el capitalismo.
Con
miras a probar su tesis sobre el papel del espíritu del protestantismo en el
surgimiento del capitalismo. Max Weber ilustra su argumentación con un famoso
Salmo, con el que ejemplifica el impacto del Antiguo Testamento sobre la mentalidad
puritana. Werner Sombart atribuyó al judío la paternidad directa y activa del
capitalismo comercial y financiero, en vista del prominente papel que le tocó
jugar en el comercio internacional y colonial y la banca internacional. Doscientos
años antes, Addison, el ensayista inglés, calificó a los judíos de garfios y
goznes de la economía mundial.
En
la época inmediatamente posterior a la Revolución Francesa, la difusión de la
idea de la igualdad humana, combinada con el comienzo de la secularización y
los primeros pasos de la revolución industrial, liberó volcánicas energías judías.
Los judíos despertaron una vez más al conjuro de una gran oportunidad y asumieron
una función pionera intermediaria. En ciertas partes de Europa se convirtieron
en los únicos o en los principales forjadores de las vinculaciones de la economía
capitalista internacional: la banca, la bolsa, la producción de bienes, la distribución
en cadena, la prensa y las agencias noticiosas, los entretenimientos de masas.
Los
grupos heterogéneos que resultaron sorprendidos, ofendidos e incluso afectados
por los vastos cambios y los graves problemas por ellos desencadenados, no fueron
capaces de comprenderlos a fondo y de aceptarlos adaptándose al funcionamiento
de la economía moderna. Ellos fueron quienes sindicaron a los judíos como causantes
de tal confusión, considerándolos los principales beneficiarios de ella. Es
que los judíos, de parias que habían sido, se convirtieron de la noche a la
mañana en los "reyes de la época" conforme a la expresión de Toussenel. Las
imágenes de Judas Iscariote y de Shylock se hallaban demasiado a mano para dejar
de sugerir oscuras maquinaciones y una gigantesca confabulación. El mismo
Karl Marx habló de la judaización de la cristiandad.
A
comienzos del siglo XX, el supremo sacerdote del racismo antisemita, Houston
Stewart Chamberlain, yerno de Ricardo Wagner y oráculo de Hitler, estigmatizó
al siglo XIX como "el siglo judío" del mismo modo que el siglo XVI fue caracterizado
como español, el XVII como francés y el XVIII como siglo inglés.
Aunque
contribuyeron tanto al surgimiento de la moderna civilización capitalista al
contarse entre sus pioneros por su situación tan particular, los judíos no dejaron
por eso de asumir la vieja misión de ser sus profetas. La filosofía del Iluminismo,
fenómeno que se dió demasiado temprano en la historia como para contar con la
participación judía, allanó el camino a su emancipación pero, simultáneamente,
redujo su dimensión en el acervo europeo, condenándola como la fuente esencial
del fanatismo y de la superstición cristianos. Pero al negar la intervención
de la Providencia y las esperanzas de recompensa y castigo
en la vida de ultratumba, el racionalismo planteó incisivamente el viejo
y profético interrogante de por qué sufría el justo y prosperaba el malvado.
La respuesta racionalista al reto de poner coto al reinado del mal fue la religión
del progreso y la visión de un desenlace inevitable y preestablecido del drama
de la historia, en un reinado perfecto de la razón, la armonía y la justicia.
Y fue esa idea hamletiana socialista, de una total transformación revolucionaria,
la que hipnotizó tanto a los judíos de los últimos dos siglos.
El
profeta precursor del socialismo moderno - Saint-Simón - vinculó explícita y
enfáticamente su propia visión con las expectativas mesiánicas de los judíos:
"El pueblo de Dios, el que fue destinatario de la Revelación antes de la aparición
de Jesús, el que está disperso por toda la superficie del globo, sintió siempre
que la doctrina cristiana, fundada por los padres de la Iglesia, era incompleta.
El proclamó siempre que arribaría una época sublime, a la que él confirió el
nombre de mesiánica, en la que la doctrina religiosa sería presentada con toda
la amplitud de que era capaz, regularía la actividad del poder espiritual y
del poder temporal, y entonces toda la especie humana no tendría sino una sola
religión, una única organización
una organización esencialmente pacífica de
la sociedad (en la cual) todos los hombres se tratarán como hermanos". Saint-Simón
cree que la crisis estructural en ascenso por la que atraviesa la sociedad
europea de sus días, anuncia el advenimiento de la solución preestablecida "que
ninguna fuerza del mundo podrá evitar", tal como lo profetiza el Antiguo Testamento.
Su discípulo judío Olindo Rodriguez siente un llamado directo a hacer frente
a la crisis con una reorganización política y moral debido a la tradición de
Moisés que - dice - lleva en su sangre. Su judaísmo lo ha llevado a ser un sabio
y un industrial, con lo que le ha dado una visión especial del poder de los
capitalistas así como de los defectos de su moral. D'Eichthal, otro saintsimoniano
judío, nos habla del "lenguaje de los profetas, la voz de la verdad" que le
viene de su raza.
En
un emotivo pasaje de Rosa Luxemburgo, la gran sacerdotisa y mártir de la revolución
mesiánica, extrema devota del materialismo dialéctico, encuentro la confirmación
de la opinión de que el espíritu originario de la tesis sobre la economía capitalista
a la cual el marxismo llegó inductivamente, se halla en una visión previa del
desenlace del drama de la historia como una reivindicación de la justicia providencial.
Rosa Luxemburgo dice que la concepción de la meta final del socialismo fue la
que condicionó y determinó la teoría de Marx sobre el capital, sus enseñanzas
sobre el índice del beneficio, el colapso inevitable de la economía capitalista
y, en síntesis, la totalidad de su sistema económico. "Precisamente y solamente
porque Marx tuvo una actitud a priori sobre la economía capitalista como
socialista
fue capaz de descifrar sus jeroglíficos; y por el hecho de haber
establecido su propio enfoque socialista como punto de partida de su análisis
científico, estuvo él en condiciones de demostrar científicamente el socialismo".
Dicho
en otras palabras, la pujanza colosal del postulado mesiánico fue la que cimentó
la coherencia de la grandiosa estructura en todas sus partes
y componentes. Fue el "rabino rojo" Moisés Hess (y el polaco Ciesskowsky)
quienes proveyeron a Marx del elemento vital en la evolución de su doctrina:
de que no basta con comprender y criticar la realidad. El arma de la filosofía
dialéctica hace posible o imperioso el cambio. Como judío, Hess estaba impedido
de una intervención activa en la política y en sus inevitables compromisos.
Su religión sectaria nunca reconoció la legitimidad de la distinción entre la
teoría y la práctica ni hizo suya, jamás, la doctrina del pecado original. Fue
por eso que Hess nunca estuvo en condiciones no sólo de aceptar, sino tampoco
de comprender, la idea de una eterna e inevitable dicotomía entre el conocimiento
del bien y la impotencia de practicarlo, entre
lo que debe ser y lo que es, entre el mundo de las ideas puras y el de la realidad
deficiente, entre la moral privada y la social, entre la política y la ética,
entre los hechos y las obras, como esencial de la condición humana. Mientras
persista una actitud resignadamente fatalista, resulta imposible, en último
análisis, una genuina disposición revolucionaria. "Porque no solamente sé lo
que quiero - dice Hess en una carta a Hevner - sino también quiero lo que sé,
soy más un apóstol que un filósofo. Mi religión es la revolución social. Mientras
el cristianismo no se haya transformado en la verdadera religión universal
fiel
enteramente y únicamente a su Fundador, aspirando a la salvación del hombre
en el sentido más pleno y más humano, el judío será incapaz de abrazarlo".
Se
ha sugerido que fue ese espíritu el que inspiró a Marx su incansable e implacable
desenmascaramiento - digno de un profeta - de toda pretensión, ilusión, creencia,
toda racionalización y mistificación de los motivos egoístas que pretendían
disimular la raíz de todos los males: la codicia. Por lo demás, el profundo
y prolongado resentimiento de generaciones de injurias y persecuciones, vinculado
al malestar experimentado por los hombres que se habían apartado de las tradiciones
añejas y cerradas pero que no habían logrado integrarse a la sociedad o no habían
sido admitidas a ella, hacía que la realidad se les apareciese como provisional,
transitoria, conducente a un cambio fundamental que inauguraría una existencia
verdadera, estable, racional y justa.
Ese
estado de ánimo apocalíptico o mesiánico sufrió una experiencia profundamente
frustrante en 1848. En los años que siguieron, el capitalismo, en lugar de resquebrajarse,
fue de conquista en conquista. La atención centrada en los problemas sociales
fue derivando al resurgimiento de naciones oprimidas o divididas y a su constitución
en naciones-estado poderosos. En conexión con ello, fue el resurgimiento italiano
el que convirtió a Hess en sionista: la resurrección de Atenas y de Roma fue
para él el signo de que también Jerusalem estaba al borde de su renacimiento.
La restauración de Israel estaba llamada a realizar una sociedad que encarnase
la justicia de los profetas, ofreciendo a la humanidad un ejemplo vivo de ese
ideal.
A
fines del siglo XIX, los devotos de la Revolución universal fueron sorprendidos
por la circunstancia de que su propio mito estaba siendo puesto en jaque por
otro: el de la nación. La herejía revisionista, proclamada por Edward Bernstein,
otro judío que no pudo avenirse a las verdades establecidas, fue en el fondo
un síntoma de la victoria del nuevo mito. Bernstein exasperó al liderazgo oficial
de la social democracia germana al poner de relieve el hecho de que mientras
el partido seguía valiéndose de las viejas consignas revolucionarias marxistas,
había dejado de actuar desde hacía tiempo conforme a las creencias marxistas,
que Bernstein encontraba reñidas con el desenvolvimiento histórico. La brecha
entre las pretensiones y la realidad no lo dejaba tranquilo. No sólo insistía
Bernstein en que lo hechos no contenían ninguna señal de que el capitalismo
se estuviese derrumbando, de que los trabajadores estuviesen en una situación
cada vez peor y de que la clase media se estuviese hundiendo e incorporándose
a las filas del proletariado. El limitó el enfoque del socialismo a las fronteras
de la nación-estado y a sus particulares realidades y tradiciones y tiró por
la borda el nudo mismo del universalismo revolucionario, como lo era la dialéctica,
la visión de una fuerza universal y terminante que todo lo abarcaba para estallar
en una ineluctable conmoción revolucionaria. La inevitabilidad fue reemplazada
en Bernstein por un llamado a la razón y a la rectitud. La dictadura del proletariado
fue rechazada y sustituida por reformas graduales basadas en el consenso parlamentario.
Los partidos socialdemocráticos ya no debían ser fragmentos de un indivisible
movimiento universal obrero, sino los partidos de izquierda del espectro político
de cada nación.
Heridos
vivamente, Rosa Luxemburgo, Parvus Helphand, Trotsky, Lenín y otros creyentes,
comenzaron algo tarde a revitalizar el universalismo revolucionario mesiánico
del marxismo originario a través de una reformulación del problema de las relaciones
entre el capitalismo y el socialismo en términos globales, reviendo la vieja
concepción de Marx sobre la revolución permanente. Lejos de que la nación-estado
se hubiese convertido en la realidad decisiva - proclamaron - ésta ha perdido
su independencia y ha quedado sometida al imperialismo de las superpotencias.
La alegada supremacía de los parlamentos democráticos libres - afirmaron - terminó
por convertirse en un simulacro en esa era en que ramificados intereses capitalistas
manipulan, detrás de las bambalinas, a los partidos políticos, a la opinión
pública y a la prensa. Con el capitalismo monopolista difundido por los confines
de la tierra, el mundo unificado va siendo polarizado en un capitalismo global
y en un proletariado universal. La inevitable colisión armada de las potencias
imperialistas está destinada a hacer estallar un levantamiento en escala mundial,
con el que el proletariado colonial tenderá su mano a las partes no corruptas
del movimiento obrero europeo. El primer estado capitalista en sucumbir será
el eslabón más débil del mundo capitalista, Rusia. La victoriosa Revolución
Rusa encenderá la antorcha de la revolución en occidente. Los socialistas de
occidente en el poder, como respuesta, ayudarán a la Rusia atrasada a acortar
su propio camino hacia el socialismo.
Algunos
de los primeros profetas de esa versión de la revolución universal y permanente
fueron en Alemania emigrados judíos, refugiados de la persecución polaca y rusa,
para quienes la Revolución se había convertido en la patria universal, sin ubicación
particular y sin fronteras terrenas. Gentiles como Karl Liebknecht, Klara Zetkin,
Mehring e incluso Lenín fueron asimilados bien pronto a los judíos por los racistas
imperialistas, conforme a la norma de que cuando se tiene varios adversarios,
conviene identificar a todos ellos con el más vulnerable.
Ya
alrededor de 1800, los contrarrevolucionarios germanos arguyeron que los conceptos
de la ley natural, el contrato social, los derechos humanos y otros fueron todos
importados de Francia para debilitar y aniquilar la resistencia natural del
organismo social germano a la penetración de los elementos foráneos. Hacia el
final del mismo siglo, Charles Maurras empleó el mismo argumento, pero imprimiéndole
una dirección opuesta: según él, los valores universales fueron una importación
que los judíos hicieron a Francia de la Alemania kantiana.
En
el curioso diálogo sostenido a comienzos de la década del veinte entre Hitler
y su mentor Eckhart, los judíos ya no son descritos como los únicos agentes
disolventes de la cohesión social y de la tradición nacional, como eternos explotadores,
envenenadores de la pureza de la raza y distorsionadores de la autenticidad
creadora y de la integridad de la patria. Son presentados fundamentalmente como
los históricos incitadores de las turbas inferiores contra las élites nacionales
superiores: Moisés en Egipto, los profetas en Judea, la primera cristiandad,
los calvinistas, los puritanos y otras sectas protestantes radicales, la Revolución
Francesa, los liberales, los demócratas, los socialistas y finalmente los bolcheviques.
Todos forman una única cadena que va "Desde Moisés a Lenín" (título del diálogo
publicado).
Curiosamente,
se dio una convergencia de las teorías racistas antisemitas con la filosofía
de Nietzsche, encarnizado adversario del antisemitismo que, como pensador, tuvo
sin embargo una actitud compleja y ambivalente hacia el judaísmo histórico.
Esa confluencia llevó la confrontación entre el racismo imperialista y el universalismo
revolucionario y el profético judío a las dimensiones de un titánico choque.
Para
algunos antisemitas de fines del siglo XIX - como Drumont y Schönerer - el antisemitismo,
la "la más importante realización del siglo
el principal apoyo del pensamiento
nacional" era una respuesta al socialismo marxista y al materialismo dialéctico.
La sangre, en esas teorías, pasaba a ocupar el lugar de la materia: las modificaciones
raciales sustituían a las transformaciones de los modos de producción; la explotación
judía reemplazaba la lucha de clases; la eliminación del poder y de la influencia
de los judíos debía constituír entonces la verdadera revolución social y la
riqueza judía, una vez confiscada, debía servir para impulsar la transformación
social y económica general, del mismo modo que había servido en el pasado, a
ese objetivo, la confiscación de los bienes eclesiásticos y monásticos.
La
filosofía nietzscheana enriqueció esa visión de un combate milenario entre la
moral judía sacerdotal - moral de los débiles, los incapaces, movidos por la
envidia y el resentimiento - y la ética de los nobles, desbordantes de vitalidad,
animados por un instinto vital elemental y por la voluntad del poder. A estar
a las profecías nietzscheanas, el titánico conflicto entre Judea y Roma estaba
próximo a alcanzar su apogeo y desembocar en un desenlace decisivo. Todos los
herederos del judaísmo y en primer lugar del cristianismo, tan profundamente
menospreciado por Nietzsche, pero también la democracia, el liberalismo y el
socialismo, se reunirían en una fe común, la fe en una teodicea: al final de
los días, los caminos del Señor se probarían justos gracias a la solución final
de todas las contradicciones y los conflictos, la desaparición de la injusticia,
la reconciliación universal, la armonía perfecta. Y así se consolarían los modestos
y los desheredados.
Parece
ser que Nietzsche fue el primer pensador europeo que negó con un coraje y una
crudeza sin precedentes, toda esperanza en una teodicea. En ese
sentido, se le sumaron todos los racistas que suplantaron la búsqueda
de una verdad objetiva, la persecución de una justicia equitativa, por una eterna
voluntad de poder: el culto del hombre o de la raza superior en la dura senda
de la competencia, la lucha, la guerra, la conquista.
Es
muy probable, por más que no tenemos ninguna prueba de ello, que el joven Hitler
haya leído ese intrigante pasaje de Aurora en el que Nietzsche proclama
que los judíos han cruzado ya el Rubicón y que el siglo XX decidirá el problema
de saber si ellos se convertirían en los dueños de Europa o si, por el contrario,
perderán su dominio como perdieron a Egipto tres mil años atrás. Los judíos
- prosigue el filósofo- a más de sus espléndidas cualidades adquiridas por una
disciplina de siglos y por una lucha constante por su supervivencia, han adquirido
entretanto, mezclando su sangre con la mejor sangre europea, todas las capacidades
requeridas para proveer a Europa de una élite soberbia, que podría aportar al
mundo inconmensurables beneficios. No es difícil imaginar el efecto que una
profecía tal pudo haber tenido sobre Hitler: los judíos, o bien dominarán el
mundo y formarán el núcleo de una futura raza de amos, o bien desaparecerán
completamente. Y se puede recordar aquí que Hitler le regaló a Mussolini las
obras de Nietzsche cuando el Duce, apresado por l gobierno de Badoglio en 1943,
fue liberado por un comando nazi.
Las
ironías de la historia, de su dialéctica, son extrañas e inescrutables.
La
confrontación colosal, en el siglo XX, de los herederos de la tradición profética
judía con el paganismo resurgido de un modo tan provocador, concluyó con la
derrota del último. Pero al mismo tiempo, aquellos que en Europa descendían
directamente del pueblo elegido y continuaron siendo la encarnación viviente
de su antiguo mensaje, fueron casi aniquilados.
Los
sobrevivientes del pueblo de Israel buscaron refugio más seguro en su país ancestral,
el que había sido la cuna del pueblo judío. Allí fueron atrapados por un cruel
conflicto con el mundo árabe, preso él mismo de las angustias del despertar
de los estados nacionales, que se sintió lesionado por el retorno - históricamente
demasiado tardío - de esos antiguos pretendientes al suelo de Palestina en un
mundo que estaba siendo testigo del abandono general de Asia y Africa por parte
de los europeos. Fue entonces que se dio un espectáculo de sorprendentes vuelcos
y alianzas: la patria del socialismo revolucionario y universal, a cuya creación
tanto habían contribuido los judíos, se había transformado en una entidad de
una rigidez y de una opresión que sólo pueden darse en un mesianismo triunfante;
por lo demás, ella había heredado los intereses y las contradicciones de una
gran potencia. Como tal, se sintió afectada por el fenómeno del profestismo
judío, su originalidad, su carácter esencialmente disidente. Los judíos aparecieron
como un elemento inasimilable, intrínsecamente rebelde. Su antiguo rol de pioneros
se presentó entonces como un status privilegiado, defendido por una minoría
sospechosa de albergar simpatías por los Estados Unidos, esos herederos de la
tradición puritana del Antiguo Testamento, sede de la mayor y más potente concentración
judía de la historia y a la vez la rival más temible de la Unión Soviética en
la lucha por la dominación del mundo.
Las
palabras mágicas de Sión y Jerusalem nada decían a las víctimas de ayer del
imperialismo racista - el Tercer Mundo, la India, la China - por cuya liberación
los revolucionarios judíos habían combatido con tanto ardor . En ellos, el destino
singular del pueblo judío no despertaba ningún sentimiento especial. La Biblia
nada les decía y los judíos ningún lugar ocupaban en su propia historia.
La
Nueva Izquierda, en occidente, estaba hipnotizada por la teoría demasiado fácil
de los dos polos: el del imperialismo y el de los pueblos oprimidos, en lucha
por su liberación nacional. Los jóvenes revolucionarios de hoy en día ya no
pueden ver a los millones de judíos miserablemente pobres y oprimidos de Europa
oriental que han dejado de existir. Ellos no conocen sino a las comunidades
judías occidentales, aparentemente prósperas e influyentes. Es así cómo se formó
el mito de una conspiración sionista-imperialista norteamericana, que ocupó
el lugar del mito de hace cincuenta años: el de una conspiración internacional,
judeo-bolchevique y masónica. Uniendo el insulto a la infamia, el sionismo -
movimiento judío de liberación nacional - fue estigmatizado como racismo. Esa
infamia atenta contra todo el pueblo judío en su integridad, en razón de la
comunidad de destino de los judíos, tan fuertemente evidenciada en nuestro siglo.
¿Acaso es necesario recordar aquí que los mejores espíritus del pueblo judío,
por el contrario, se han asignado como tarea la de sondear en las profundidades
del alma humana y en las estructuras de base de las sociedades, sin diferencias
de raza, de nación o de religión, por lo que se ganaron repetidamente la acusación
de cosmopolitas carentes de raíces?
La
Europa occidental se vio paralizada y desgarrada entre su compromiso moral para
con el pueblo de los profetas y la presión irresistible de vitales intereses
económicos que representan al mundo árabe, ese mundo que, de la noche a la mañana,
concretó la metamorfosis de los nómades del desierto en señores de las arterias
vitales de la civilización industrial.
El
Estado de Israel, así como el pueblo judío en su integridad, ha quedado reducido
a la condición de una ciudad sitiada, de un navío castigado por una de las violentas
tempestades que han asaltado a los judíos a lo largo de su historia y que ellos
han aprendido a sufrir.
El
historiador judío, en su permanente y angustiada intimidad con los misterios
de la fe judía y de la supervivencia judías, se ha convertido en una especie
de mártir. Creyente ortodoxo o ajeno a la práctica religiosa, no puede deshacerse
de una fe imposible de probar o de negar. A pesar de los tormentos y de los
mortales peligros que hoy afronta Israel, creo firmemente en que llegará el
día en que cobrará una significación mayor que la actual y, en colaboración
con la diáspora judía, afirmará su prestigio espiritual en el mundo. De otro
modo, la historia, en cierto modo, carecería de sentido.
·
La conferencia que
reproducimos fue pronunciada en la Sorbona, en una clase maestra a la que
asistió el Rector de dicha Universidad, en marzo de 1976.
Tomado
de: Dispersión y Unidad Número 18/19 - Reseñas y ensayos sobre los problemas contemporáneos
del pueblo judío. Publicado por
el Departamento de Organización e Información de la Organización Sionista Mundial,
Jerusalén 1976. Págs. 34 - 45
El Departamento para la Educación Judía Sionista - La Central Pedagógica
Director General: Dr. Motti Friedman
Editor Responsable: Eliahu Shaul
Directora de Sitio Web: Esther Carciente
Asesoría Educativa: David Atmor
Director del Sitio Web en Español: Meir ben Gabriel Tuvy
Patrocinado por
El Programa Conjunto para la Educación Judía de la Agencia Judía para Israel
y el Ministerio de Educación y Cultura del Estado de Israel
Actualizado: 14 de mayo, 2005