EL EXILIO-LA SOLUCION NEUROTICA

EL EXILIO - LA SOLUCION NEUROTICA

por A. B. IEHOSHUA

A pesar de que los datos demograficos del articulo no son actuales, consideramos relevante el contenido del mismo aún en nuestros dias, (Nota del editor).

Al concluir el año pasado, el balance demográfico israelí consignó 3.060.000 habitantes judíos frente a 570.000 árabes. El índice de crecimiento de estos últimos resulta asombroso cuando se repara en que al fundarse el Estado sumaban solamente 120.000, lo que significa que sin aliá y pese a la constante emigración -por más que reducida- de intelectuales y de otros elementos, los árabes de Israel multiplicaron su número por cinco. El crecimiento vegetativo de los judíos durante 1977 alcanzó a 50.000 almas. Además, en el año transcurrido, 21.000 judíos inmigraron al país frente a 17.000 que lo abandonaron. El balance migratorio agregó, pues, cuatro mil judíos a Israel.

Tal la realidad demográfica del país en momentos en que se celebran conversaciones de paz, cuando un gobierno afectado por la ceguera procura incorporarle 1.250.000 árabes más, de la franja de Gaza y de la Banda Occidental de Jordán, y cuando los judíos de la diáspora se empecinan más y más en no venir a Eretz Israel.

Los números transcriptos merecen ser impresos en un cuadro, con el añadido del porcentaje de los judíos en el mundo y en Eretz Israel. Habría que trasladar el cuadro a una diapositiva y proyectarla de tanto en tanto sobre las pantallas de la televisión, antes o después de las noticias. Bueno sería recordar esas cifras, como datos básicos, a los rabinos con o sin charreteras, a los dirigentes políticos, a los profesores eruditos en fuentes judaicas o a los hombres de letras apasionados, cuando todos ellos se embriagan con las consabidas frases sobre "el vínculo maravilloso, profundo y eterno, entre el pueblo de Israel y la tierra de Israel".

He comenzado por los números concretos porque las gentes temen dejarse arrastrar al debate de cuestiones abstractas que ellos consideran inoperantes en la realidad en la que viven sumidos. La cuestión de la diáspora, para mi, entraña el corazón mismo de muchos problemas concretos ante los cuales nos debatimos. La diáspora -su esencia y nuestras relaciones con ella- nos ofrece la más judía de todas las cuestiones, porque ella abarca el sentido de lo judío en su forma más fiel y más acendrada. Cuando alguien me habla de "valores judaicos" no sé a qué se refiere. Apremiado, ese alguien me dirá que los "valores judaicos" aluden al amor por la Tierra de Israel y su pueblo, del mismo modo que los valores dinamarqueses o iraqueses apuntan a ese tipo de realidades. Pero cuando hablo, en cambio, de la diáspora, del destierro, de la golá, me consta que me refiero a algo terminante y específicamente judío; a la médula del asunto.

Durante los últimos quince años, los debates en torno de las cuestiones de la golá asumieron siempre un cariz teórico. Los temas esenciales fueron cómo robustecer el vínculo entre Israel y la diáspora, cuál era la situación i de la diáspora en lo referente a la asimilación de los judíos al medio, y otros tópicos por el estilo. Pero lo que en todo momento integró todos los interrogantes fue la cuestión fundamental, la misma que nutrió toda la lucha interna del sionismo, de por qué y para qué existe la golá. Hoy en día, parecería que nos avergonzamos de plantear directamente esa pregunta.

Hay dos formas de encarar el tema. Una de ellas ve a la diáspora como una especie de accidente ocasionado por otros pueblos y sufrido por el pueblo judío. Y aunque la diáspora es un fenómeno dilatado en el tiempo, no por ello -en ese enfoque- deja de ser pasajero por su esencia. El pueblo quiere y procura la redención. Sencillamente, espera condiciones más propicias que le allanen el camino. La alternativa está entre el ascenso al país y la asimilación. Y cuando llegue la paz y la situación mejore, la diáspora se irá disgregando y sus contingentes humanos comenzarán a afluir gradualmente al Estado de Israel. Ese sistema de conceptos se desentiende de un hecho básico: el de que la golá no se nos fue impuesta, sino que es algo que nosotros mismos nos imponemos. Eso significa que no debemos verla como un accidente o como una calamidad, sino más bien como una deformación nacional muy profunda. Con lo que el camino hacia la solución no puede menos que ser muy distinto del que comúnmente se señala.

El segundo enfoque ve en la diáspora un fenómeno permanente, casi natural, al punto de haber lugar para sorprenderse ante el hecho de que todos los demás pueblos no mantengan en el extranjero, en muchos países, una diáspora como la judía. Este sistema de conceptos, al advertir hasta qué punto es profunda la necesidad del pueblo judío de contar con una diáspora y de qué modo está arraigada, ésta orgánicamente en la esencia del judío y en su creación espiritual, procura adoptar hacia la golá una actitud acorde con un fenómeno que es legítimo y normal. Esa forma de pensamiento da lugar, a veces, a la pregunta de para qué y por qué existe el Estado judío propio. Y aún cuando no niega la necesidad de un centro nacional independiente, ve una dualidad equivalente: periferia y centro. Quienes así piensan se desentienden de un hecho simple, como es el de que la diáspora fue la fuente de una serie de calamidades que azotaron a nuestro pueblo; que debido a ella los judíos casi fueron aniquilados del todo en nuestra generación; que a pesar de la existencia del Estado de Israel la golá amenaza la existencia de una colectividad judía tan numerosa como la de la Unión Soviética y puede crear una situación riesgosa para los judíos de Sudamérica; que la diáspora es la causa del tristemente célebre "destino judío" que pasó a ser un dato objetivo en todo debate sobre la cuestión judía.

Procuraré elaborar una síntesis entre esas dos concepciones, dividiendo mi trabajo en tres partes:

a) una apretada reseña histórica probatoria de que la diáspora es el fruto de la libre voluntad del pueblo judío, puesto que éste no fue arrojado a aquella sino que se la autoimpuso y se la sigue imponiendo a sí mismo;

b) las causas de dicho fenómeno, a la   luz de la apreciación de que la golá fue   vista en el pasado y aún hoy como una   especie de maldición, limitada en el tiempo; es decir, las razones internas de esa   actitud ambivalente de amor y de odio hacia la golá, que implica una especie de   violación de los propios deseos;

c) las conclusiones prácticas e ideológicas derivadas de ese análisis.

 

Algunos hechos históricos de público conocimiento

Comenzaré señalando varios hechos históricos simples, de público conocimiento,   cuya concurrencia no sólo es instructiva,   sino a veces, sorprendente.

Abraham, el patriarca fundador de la nación, nació fuera de Eretz Israel. El   abandonó su patria, ascendió a este país como olé -el más encumbrado de todos-  y fue el receptor de la promesa divina   que anticipó una comunión indisoluble entre el pueblo y la tierra. Y he aquí que el primero de los olim se convirtió en el primero de los iórdim. Habiéndose hecho   algo difícil la situación económica del país,  el patriarca se apresuró a descender a Egipto. Asombroso resulta pensar que ese hombre, después del gran sacrificio del abandono del hogar paterno, haya optado con tanta ligereza por el destierro, que  significaba separarse de la tierra prometida.

Jacob, el tercero de los patriarcas, murió en el destierro. Al dirigirse hacia Egipto siguió a sus hijos. El pidió que sus huesos hallasen sepultura en Eretz Israel. ¿Será ése el secreto destino del país: servir de cementerio a los huesos de los judíos? ¿0 será también patria de los vivos? En el  momento de nacer una nación, sus fundadores, quienes debían servir de paradigma a las generaciones venideras, no ocultan su actitud ambivalente ante su país.

Nuestro pueblo se forjó en la golá. ¿Acaso abarcamos en toda su magnitud ese hecho tan simple? ¡El pueblo judío no se  creó, no nació en su país! ¡EI vínculo elemental entre el pueblo y su tierra no es  natural en nuestro caso! Y hay que tomar   en cuenta igualmente la época del desierto. La Torá no fue dada en Eretz Israel   sino en el desierto, y también este hecho tan simple no es siempre captado en toda su significación. La Torá, ese sistema de  valores que debió definir nuestra identidad  y determinar nuestra misión, no nació sobre la Tierra de Israel. El nexo excepcional entre el pueblo y Dios se estableció no en Eretz Israel sino en el desierto, en   esa tierra de nadie ubicada entre el país y el destierro. Todavía veremos cómo nuestro pueblo procura encontrar nuevamente esa tierra de nadie a todo lo largo de su historia, sobre todo cuando procura su renovación espiritual. En el desierto, nuestra situación es la de muertos vivos. El desierto es el ámbito de la muerte, pero en él nace una nueva nación. El desierto es puro, incontaminado, esterilizado. Es en  él que el pueblo se prepara para su ingreso al país. Pero el ascenso al mismo inspira miedo, porque se trata de una elevación pletórica de significación. No se trata de la mera conquista de un espacio vital para un pueblo nómade, sino de un  acto de sentido espiritual. La promesa del país le fue hecha al pueblo sujeta a severas condiciones. No será la mera fuerza la que asegurará su posesión. El pueblo sólo conservará su precioso bien en caso de prestar atención a la palabra de Dios, cumpliendo sus preceptos. De lo contrario, su castigo será implacable, incluyendo la dura pena del destierro, de su expulsión del país. Ya en esos primeros textos se fija un principio inamovible: el pueblo antecede a la tierra, en todos los sentidos.

Hay condiciones para su permanencia en el país y para su posesión; no las hay en cambio para su persistencia como pueblo.

El pueblo judío puede cometer los pecados más horrendos; eso no afecta su subsistencia, que está por encima de toda duda; se lo castigará pero no se lo aniquilará; irá al destierro y creará la diáspora, pero con ello no concluirá su historia. En la diáspora se puede vivir; se puede retornar de ella.

Vale la pena releer los libros Números y Deuteronomio del Pentateuco. Antes de alcanzar el pueblo a vivir un solo instante de independencia, aún antes de asentar su planta sobre la Tierra Prometida, ya se lo amenaza con el ostracismo y ya se le habla del Retorno. Del modo más nítido se le insinúa la posibilidad concreta de su existencia nacional fuera de Eretz Israel (y cabe dudar de que una posibilidad tal se haya dado o pueda ser imaginada en el caso de otros pueblos).

Todas las festividades religioso-nacionales importantes que seguimos observando -Sucot, Pésaj, Shavuot-a distinción de las fechas puramente religiosas comoRosh Hashaná y Iom Kipur, se vinculan a las vivencias populares del desierto y no a la vida del pueblo en su país.

 El pueblo llega a su tierra, la conquista, y erige en ella su reino. Poco después, el reino se divide. Al cabo de algunos siglos, el reino de Israel es destruido; diez tribus son desterradas y desaparecen. Esa parte del pueblo, que por lo visto se comportó siempre de un modo más natural, más normal que el sector "judío," el asentado en Judea, se condujo normalmente también al ser arrojado al exilio: perdió su identidad y su nacionalidad, se comportó como todos los pueblos del mundo.

Al ser arrasado el reino de Judea, el pueblo judío parte al exilio de Babilonia y perdura. Conserva su identidad; se conduce del modo prefijado en el Deuteronomio. Demuestra que el pueblo supera en mucho a la tierra y que en sus manos está la fórmula que le permitirá subsistir como tal aún sin estar aferrado a su suelo. Da una prueba de cuán fuerte es el nexo que crean la imaginación y el espíritu. Con el edicto del rey Ciro, parte del pueblo judío retorna a su país a construir su segundo Templo y a restaurar su soberanía con lentos pasos. Otra parte permanece voluntariamente en el exilio: justamente es la capa más distinguida, aquella cuya adhesión al judaísmo es profunda, indiscutible.

Pese a su carácter, ese sector no se pliega a los que retornan y prefiere continuar en la golá. Quizás se siente cómodo con que haya otros que vuelven a la Tierra Prometida a erigir un centro judío que habrá de servir de refugio en caso necesario. O quizás prevé ya entonces la posibilidad de la destrucción del centro nacional, en cuyo caso es preferible que la Tierra Prometida siga siendo sólo un sueño, una meta, una aspiración, y no una concreción decepcionante.

En vísperas de la destrucción del Segundo Templo, ya un tercio del pueblo vivía fuera de la Tierra de Israel. Se había alejado voluntariamente, estableciéndose en distintas regiones del Imperio Romano y aún fuera de él. Esa diáspora estaba fuertemente vinculada al país al que enviaba sus aportes, al que apoyaba políticamente y a cuya población alentó hasta cierto punto a levantarse contra los romanos en un acto de absurda rebeldía, carente de posibilidades de éxito, que acarreó consigo tremenda ruina: destrucción, matanza, arrasamiento cruel de Jerusalem. Ese innecesario levantamiento obtuvo determinado apoyo de parte de los judíos de la diáspora que, viviendo en un ambiente enteramente gentil, en una atmósfera pagana, sumidos en la "impureza" misma, habiendo optado libremente por la renuncia a la vida nacional judía, estimularon a los extremistas y a los fanáticos de Jerusalem a exigir la plena independencia, cosa que Roma no concedía a ningún pueblo de su imperio.

Cuando el Rabí Iojanán ben Zacai salió de Jerusalem antes de la caída y del arrasamiento de la ciudad para levantar su Kerem de Iavné, estaban claras ya la inminencia de la catástrofe y la imprescindibilidad de renunciar al país, cosa que obligada a capacitar al pueblo para la vida en el destierro. El pueblo debía mimetizarse como muerto. Esa es la clave para la comprensión de la golá. Quien se disfraza de muerto queda internamente bien vivo, pues necesita recurrir a todo su ingenio para aparecer exteriormente alguien que ha dejado de vivir. La nueva Torá que el pueblo crea es en esencia una especie de regreso al desierto. El pueblo que ha fracasado dos veces en su historia se prepara para su nuevo exámen. Sólo que esta vez sus preparativos serán serios; en cierto sentido, se harán interminables, infinitos, puesto que el exámen para el que debe capacitarse es también el más grave de todos: la redención final, el fin de la historia, el final de los días. Después de esa suprema prueba, nada necesita el hombre.

Así es como se inician dos mil años de dramático exilio. Creo no equivocarme al afirmar que durante mil ochocientos años, desde la destrucción del. Segundo Templo y hasta la aparición del sionismo, el pueblo judío no realizó ningún esfuerzo serio y significativo para retornar a Eretz Israel y restaurar en ella su soberanía. Ese pueblo, que demostró tanta iniciativa, flexibilidad y astucia para infiltrarse a casi todos los lugares del globo, desde los Montes Atlas hasta el desierto Indico, desde la Tierra del Fuego en Sudamérica hasta las estepas de Siberia, no efectuó ninguna tentativa seria de volver a establecerse en la Tierra de Israel. Los judíos se instalaron masivamente en todos los países del Mediterráneo, fuera de Eretz Israel. En su incesante ambular anduvieron girando en torno del país, atraídos por él y temerosos de él. Resulta deprimente escuchar a esos ideólogos de distinto pelaje que se dedican entusiastamente a contar cuántos fueron los judíos que vivieron en la Tierra de Israel en cada una de las generaciones, a ensalzar a la familia veterana que no se movió de Pekiín desde la antigüedad hasta nuestros días y a alabar a cada rabino que ascendió al país con sus discípulos. Si los judíos se hubiesen atado a Eretz Israel como se vincularon, por ejemplo, a Polonia o a Babilonia; si hubiesen combatido por su derecho a vivir a Eretz Israel del mismo modo que lucharon por su derecho a establecerse en la misma Inglaterra de la que fueron arrojados, no habría existido la patética necesidad de demostrar que los judíos siempre vivieron en la Tierra de Israel y que Rabí Iehudá Haleví, siguiendo sus irreprimibles anhelos, se empeñó en llegar al país y finalmente, pese a todo, lo consiguió. Verdad es que se les prohibió a los judíos venir al país y que las medidas restrictivas fueron muchas. Pero ¿acaso no hubo restricciones y prohibiciones y expulsiones en todos los demás países? Así como lograron filtrarse por las rendijas de las murallas de tantas naciones, as1 también pudieron haberse filtrado los judíos por las de Eretz Israel, que no menos de seis veces cambió de manos desde la destrucción del Segundo Templo.

El sionismo surgió a fines del siglo pasado no por el despertar de nuevos anhelos de Sión ni por un repentino odio a la golá, sino por el miedo a la golá. De pronto, los judíos advirtieron hasta qué punto la diáspora podía resultar peligrosa.

El sionismo comenzó como un movimiento de individuos aislados, combatidos y aún perseguidos por la ortodoxia religiosa y por el Bund. Las masas del pueblo no  buscaron el sionismo ni creyeron en su  panacea. Emitida la Declaración Balfour  y abiertas las puertas de Eretz Israel, mediando los auspicios de una potencia tan  poderosa como la Gran Bretaña, para la  creación de un estado judío en Eretz Israel, el pueblo judío se abstuvo de acudir.  Ningún artificio de la palabra, ninguna  explicación por sofisticada que sea, podrá  disimular ese hecho decisivo, cuyas proyecciones fueron tremendas. El Estado judío pudo haber sido erigido en Eretz Israel en la década del veinte de este siglo.  Cuando centenares de miles de judíos salieron de Europa oriental hacia el nuevo mundo, entre 1917 y 1921, sólo arribaron a Eretz Israel -después de la Declaración Balfour- treinta mil judíos. Y en ese entonces el pueblo judío contaba más de quince millones de almas. ¡Si sólo el diez por cierto de él hubiese acudido a la Tierra de Israel -¡diez por ciento solamente!- el Estado de Israel hubiese podido surgir antes del Holocausto! Un millón y medio de judíos en Eretz Israel en la década del veinte hubieran podido hacer del estado judío un hecho decisivo en un Medio Oriente que despertaba después de un largo letargo. Y si hubiésemos contado con el estado propio antes de la segunda guerra mundial, el Holocausto no hubiese alcanzado sus tremendas proporciones. Por eso, sobre los hombros de nuestro pueblo recae la responsabilidad indirecta por la horrenda sangría que sufrió en este siglo.

Pero si todavía hace falta una demostración más contundente de esa dudosa actitud del pueblo judío hacia Eretz Israel, del hecho de que no intentó seriamente retornar a este país, que temió el retorno y que se aferró a su destierro, basta con reparar en los treinta años de existencia del Estado de Israel. Las pórticos están abiertos de par en par, las posibilidades que ofrece a los inmigrantes son extraordinarias, pero los olim no acuden. Las oleadas de immigrantes llegadas al país provinieron sustancialmente de focos de penuria judíos; remanentes del Holocausto, refugiados de los países árabes, fugitivos de los países comunistas, etc. Sólo una pequeña minoría optó voluntariamente por nuestro  país, y su número está reduciéndose aún  más actualmente.¿Cuál es el común denominador de esa  reticencia a inmigrar a Eretz Israel en sectores judíos tan distintos por sus determinantes sociológicas, a no ser el mismo que durante siglos los mantuvo alejados? Judíos rusos, que arriesgan sus vidas para salir de la Unión Soviética, prefieren radicarse en un suburbio de una ciudad germana y vivir del socorro que les brinda una entidad de beneficencia judía, cristiana, o rusa-blanca, antes que venir a vivir a Israel que le propone condiciones mejores, aunque más no sea que en el terreno económico. Los judíos del Líbano optan por permanecer a cien metros del Centro del Frente de Liberación de Palestina, a escasa distancia del foco mayor del odio a Israel, en el corazón mismo de una ciudad desgarrada por la violencia, sometidos incluso a los ataques aéreos de Israel, antes que decidir instalarse en Israel misma. Judíos de la Argentina preferirán encontrar ubicación en un país con graves problemas políticos y económicos, en el que el antisemitismo está en ascenso, antes que acudir a Israel.

Los ejemplos se multiplican: los judíos de Siria hasta 1967, los de Marruecos, los de Argelia... Cada colectividad, al decidir no inmigrar a Israel, tiene, aparentemente, motivos atendibles. Unas veces, la explicación es de orden económico y otras se da a nivel militar; en algún caso deciden las dificultades del desarraigo y en otro una razón religiosa. Pero por lo mismo que esos motivos son tan distintos, e incluso contradictorios; precisamente por el hecho de que el Estado de Israel ha cambiado tanto en los treinta años de su existencia y de país cooperativista y jalutziano que fue pasó a ser un estado capitalista, y de nación laica que era se convirtió en otra que acentúa la inclinación nacional-religiosa; se hace necesario encontrar una explicación básica, común, a ese apego a la diáspora. No es posible que factores tan cambiantes y opuestos originen consecuente y sistemáticamente idéntico resultado.

Hay veces en que quedo estupefacto ante la gente que pretende explicar la permanencia diaspórica de los judíos con argumentos económicos, como si lo más importante para los judíos fuese realmente "la olla de la carne", como si Marx hubiese tenido razón al afirmar que él dinero es el verdadero Dios de los judíos. Esa clave, invocada a veces por gente bien sería, no sólo es ofensiva al justificar las más groseras teorías antisemitas, sino que es diametralmente errada. Ella pretende presentar a los judíos, a todo lo largo de su historia, como ricos mercaderes al estilo norteamericano (y en los Estados Unidos no escasean los judíos pobres y hay motivos que no pasan de la modestísima clase media).

Hay quienes sostienen que la no venida de los judíos tiene su origen en el miedo a la situación militar. Pero también en este caso se nos da un pretexto y no la razón esencial. Cuando uno repara en cómo los judíos afluyen masivamente a Israel en circunstancias de real peligro para sus vidas; cómo estudiantes judíos luchan a brazo partido para conseguir un lugar en el avión repleto que parte del exterior en paz a Israel en guerra; no se puede sino rechazar esa teoría como falsa. Y como quedó dicho, hay colectividades judías que viven en una inseguridad militar mayor que la de Israel.

Ante ese fenómeno tan antiguo como la diáspora, con sus dos mil quinientos años de duración, ante la abigarrada variedad de las colectividades judías, no se pueden aceptar explicaciones parciales que sólo cabe aplicar a un determinado momento. Es preciso buscar la razón verdadera en una capa mucho más profunda. Y  ese desentrañamiento de las causas profundas se hace imperioso ante el hecho decisivo de que el pueblo judío, en todas  sus manifestaciones espirituales, rechazó  a la diáspora como posibilidad definitiva  para la existencia judía. El judaísmo jamás convalidó legítimamente a la golá.  Todo lo contrario. La golá siempre fue  vista como calamidad, como situación transitoria, inestable, fuente de todo desgracia.  Con ella, hasta la gloria divina permanece desterrada impidiendo la redención  del mundo entero.

Eso significa (y abrevio y generalizo para poder llegar a lo esencial) que si por un lado vemos odio y rechazo de la diáspora, por el otro percibimos su intenso atractivo y el deseo de los judíos de permanecer en su seno. Todos los intentos (que fueron bien pocos) de legitimar la golá terminaron en el fracaso. Tal sucedió, por ejemplo, con los esfuerzos de los reformistas judíos de los Estados Unidos en el siglo XIX, que quisieron dar al nexo judío con Eretz Israel un cariz similar al de los cristianos con la Santa Sede. Los reformistas judíos se desdijeron de sus propósitos después de la segunda guerra mundial y hoy en día bien pueden ser tenidos por sionistas. Al menos, no lo son menos que los miembros de otras respetables organizaciones que integran el movimiento sionista.

Este problema crucial requiere un examen a fondo. Lo que queda al descubierto es una conducta típicamente neurótica (y me valgo de un concepto clínico individual para caracterizar un comportamiento colectivo, porque deseo dar una imagen  clara y no existen vocablos apropiados  para designar neurosis o patologías colectivas). El pueblo odia la diáspora y sueña con Eretz Israel. Rechaza la golá en  todas las capas de su actividad espiritual  auténtica. Pero por otro lado, toda su  acción histórica se dirige hacia una única finalidad: la de prolongar esa existencia que le es odiosa.

Si tuviésemos, por ejemplo, un amigo  soltero que odia su soltería y proclama a  diestra y siniestra que ansía formar una  familia, engendrar hijos, asegurar la continuidad de su estirpe, y si constatásemos  que el tal amigo destruye casi intencionalmente toda oportunidad de contraer enlace; si al intentar vincularlo a alguna  mujer percibiésemos que nuestro hombre  se escabulle no porque la mujer le disguste ni por ser incapaz de amar sino por temor al matrimonio, que por otra parte procura y en el que cree como fuente de felicidad; ¿acaso no nos sentiríamos obligados a ayudar a ese amigo intentando aclarar, por uno u otro tratamiento, los móviles profundos de su conflicto neurótico? Un “tratamiento”  de ese tipo debe aplicarse al pueblo judío, a nosotros mismos. Y el a b c de todo tratamiento es un diagnóstico correcto.

Hasta aquí intenté demostrar, o subrayar, ciertas tesis que para mí son sencillas y triviales por que, como suele suceder, necesitan ser revividas con énfasis. Tales tesis son las siguientes.

1) La Diáspora, como situación y como posibilidad, se encuentra entre los fundamentos primigenios que estructura la esencia del pueblo judío. Integra las moléculas y los átomos que componen nuestra identidad espiritual y existencial. Es parte orgánica de nuestros mitos nacionales. No es un fenómeno exterior, impuesto, sino una situación interna elegida por el pueblo y ansiada por él. La existencia del pueblo, desde el punto de vista religioso -y agregaría también: nacional" está por encima de toda condición. El pueblo puede cometer los mayores pecados ante Dios, puede perder todos los rasgos de su identidad nacional, y aún así su existencia permanece asegurada. Será castigado, pero nunca aniquilado totalmente. En cambio, la existencia soberana judía en Eretz Israel, y hasta puede decirse el asentamiento mismo en ella, están sujetas a condiciones muy duras, y no quedan sobreentendidas. Aunque el pueblo pase transitoriamente por condiciones de vida humillantes en la diáspora, seguirá sobreviviendo. Pocos son los pueblos que pueden pensar en conservar un mínimo de su identidad nacional cuando se encuentran en el exterior, desterrados de su patria.

2) Durante todo el curso de su existencia, el pueblo judío consideró al exilio como una forma de vida denigrante, y como tal la escarneció. En el curso de su historia, jamás legitimaron los judíos la golá en forma alguna, ni la consideraron como una situación permanente. Siempre subsistió el problema de cómo sobrevivir en ella hasta el advenimiento de la gueulá, la añorada redención a la que el pueblo jamás renunció. Y esa gueulá no era un algo abstracto, sino el retorno concreto, físico, a Eretz Israel. La golá fue interpretada como una situación esencialmente falsa. El patriarca Abraham, el primero de los exiliados, llegado a Egipto, se vio en la imperiosa necesidad de mentir en cuanto a su mujer. La mentira y la golá están indisolublemente unidas pero como la existencia del pueblo judío se antepone a todo, el pueblo se ve precisado a recurrir a todo su ingenio y a todas las fuerzas de su ser para perdurar en la golá a pesar de rechazarla espiritualmente.

Así surge una situación paradójica, patológica casi. El pueblo se siente atraído por la diáspora como posibilidad involucrada en su existencia; la odia, pero hace todo lo que está a su alcance para subsistir en su seno hasta que sobrevenga su redención; y aleja constantemente la redención por su habilidad, en constante perfeccionamiento, para amoldarse a la golá. El pueblo teme el retorno a Eretz Israel y siente nostalgias por ella. Se siente culpable por no retornar a ella y por eso mismo le entona loas, le atribuye una esencia profunda y santa, la describe maravillosa, pero todo ello para justificar así el hecho de que él es indigno de volver a ella.

3) Intenté demostrar que todas las razones "aceptadas" de la permanencia del pueblo judío en la diáspora, como el apego a la bonanza de que disfruta, el temor a las condiciones desfavorables, el miedo ante el peligro físico, etc., son meros pretextos exteriores. El hecho de que a lo largo de su prolongada historia de milenios colectividades enteras de judíos no se apegaron a los bienes materiales ni se arredraron ante los peligros físicos puede ser abonado con pruebas contundentes.

Pero entonces, cabe otra vez la pregunta esencial de ¿por qué? ¿Por qué esa elección neurótica, dolorosa y resistida de la golá? ¿Por qué ese miedo ante la vida soberana y normal en Eretz Israel? Para mi, ese es el más cardinal de los interrogantes del pueblo judío. Vale la pena dedicar todas nuestras energías a su clarificación. Intentaré en el marco del presente trabajo esbozar dos intentos de respuesta; por ahora meras especulaciones, a modo de hipótesis para facilitar la labor.

 

La diáspora como conflicto entre la religión y la nacionalidad

El pueblo judío constituye una síntesis interesante y original (si bien no exclusiva) entre una nación y un grupo religioso, o sea entre un sistema natural (familia, tribu, pueblo) y un sistema de valores. La estructura nacional es bien abierta y flexible. La definición del judío como hijo de madre judía (definición bien antigua por cierto) extiende las fronteras de su nacionalidad. La pertenencia del individuo al pueblo judío no compromete a aquel -en lo que a tal definición se refieren vivir en un determinado territorio, ni a hablar una cierta lengua, ni a adherir a valores culturales y espirituales precisos. La mera pertenencia biológica basta para identificarlo como judío. Por otro lado, la estructura de valores es clara, precisa, diferenciada por mil detalles exactos. Claro está que en un comienzo los dos sistemas estuvieron confundidos y entremezclados, pero nunca hasta tal punto de que resultara imposible la distinción entre ambos componentes; el de la identidad y el de la existencia del pueblo.

Precisamente porque la identidad religiosa fue establecida tan específicamente, la identidad nacional pudo asumir una fisonomía tan borrosa. He aquí un ejemplo de ello: puesto que el Día del Perdón une a los judíos con su contenido tan claro, tan excepcional, los judíos que lo observan pueden mantenerse distantes entre sí, dispersos por el mundo, hablando distintas lenguas, consustanciados con diferentes panoramas y viviendo realidades comunitarias dispares. La base religiosa posibilita una existencia nacional sumamente confusa. Y por otro lado, debemos tener siempre presente que la nacionalidad delimitó la religión. Eso significa que el evangelio y el contenido religioso del judaísmo no fueron apropiados para el mundo entero sino solamente para el pueblo judío, que se autodefinió por su esencia nacional (hijo de madre judía) y no por sus rasgos religiosos. Dicho de otro modo, la religión legitimó la identidad del judío incluso cuando el mismo dejó de estar vinculado a ella. La religión legaliza la identidad más indefinida. Un judío puede estar asimilado enteramente a su medio (y hay quienes dicen: incluso convertido a otra religión) y no conservar ningún nexo con su pueblo a nivel nacional, y aún así el sistema religioso lo seguirá considerando judío y hasta potencialmente creyente en su fe, es decir, un eterno candidato al arrepentimiento. Si el pueblo judío se hubiese autodefinido pura y exclusivamente desde el punto de vista nacional, no hubiese podido mantenerse en ese encuadre tan poco consistente.

Entre los sistemas nacional y religioso se da una tensión constante que proviene de la perpetua contradicción entre sus respectivos fines. Por un lado está el marco nacional normal, que funciona conforme a las necesidades básicas de la existencia nacional sobre un territorio concreto, y por el otro, enfrentándolo, el encuadre espiritual, que establece metas espirituales por las que el pueblo debe bregar y que intenta imponerle al mismo inviolables normas religioso-espirituales.

Al examinar la historia de nuestro pueblo saltará a la vista cómo esa contradicción fue nutriendo permanentemente graves conflictos. Ahí está la confrontación entre Moisés y las masas judías durante el éxodo, en el desierto: la rivalidad entre el sacerdote y el rey; el conflicto entre el rey y el profeta. En un comienzo, Samuel se resiste a ungir un monarca que reine sobre el pueblo de Israel, viendo en ello un acto de traición a sí mismo. El no logra comprender para qué hace falta un rey. Los profetas persiguen a los reyes implacablemente con sus anatemas; se niegan a aceptar la natural dinámica nacional, considerándola una calamidad, una inautenticidad, una renuncia al destino que le fuere fijado al pueblo por Dios: "reino de sacerdotes y pueblo sagrado". Puede afirmarse que en todos los pueblos se libraron permanentes luchas entre el poder mundano y la potestad religiosa y que ese rasgo no es exclusivo del pueblo judío. Eso es verdad. Pero en el seno de éste, el enfrentamiento cobró un cariz particularmente grave por dos razones fundamentales:

a) La arena del enfrentamiento quedó limitada exclusivamente al marco del pueblo judío. Las grandes religiones monoteístas excedieron el marco nacional y encontraron salidas para su energía. Al ver que no podían imponérsele a la autoridad nacional, se dirigieron con su evangelio a otros pueblos. Los conflictos entre la Iglesia y el Estado a fines del medioevo y la victoria del poder terrenal encauzaron a la cristiandad hacia las conquistas misioneras. En lugar de medirse y desangrarse en los lindes de la nación, la energía religiosa se desagotó arremetiendo contra los herejes. El sistema religioso de los demás pueblos siempre encuentra vías indirectas para su guerra ideológica, y la esencia universal del cristianismo y del mahometanismo las exime de la necesidad de enfrentarse hasta sus últimas consecuencias con un determinado poder nacional. En cambio, la religión judía está despojada de todo designio universalista. Ella está destinada pura y exclusivamente al pueblo judío y no tiene interés proselitista fuera de él. Por lo tanto, ella no puede renunciar a su dominio sobre el pueblo judío. Su éxito o su fracaso sólo tienen un único contexto. Y de ahí que la intervención de la religión judía en la política no sea fruto de la antojada iniciativa de un rabino sediento de poder ni tampoco un error, sino un acto forzoso, expresión de una esencia.

b) La especificidad de la religión judía, exteriorizada en el hecho de que ella cubre todos los aspectos de la vida humana, sin renunciar a ninguno, y sin dejar por 1o tanto ámbitos reservados puramente a la actividad nacional.

Ese conflicto permanente entre los sistemas religioso y nacional perturba de continuo el ánimo del pueblo y amenaza con provocar un estallido. Todos los demás conflictos -clasista, de poder, espirituales- empequeñecen cuando se miden con esa disensión. Los debates sobre el contenido de la identidad son secundarios por su esencia. Claro está que lo dicho es una generalización; no faltaron los conflictos internos sobre el contenido de la identidad judía -como los que dividieron a los jasidim de los mitnagdim y los que se plantearon entre diversos rabinos- pero esos enfrentamientos fueron teóricos y no buscaron el dominio concreto de bienes o de posiciones de fuerza política. En todos los demás pueblos se dieron guerras civiles porque los fines de guerra fueron concretos. Entre nosotros, las partes enfrentadas en la discusión dependieron todas de la gracia de un tercero -de un poder extranjero esencialmente hostil- que fue el que representó la verdadera amenaza para ambas.

La golá liberó a los dos grandes sistemas -el religioso y el nacional- de la imperiosidad de un enfrentamiento. La diáspora suavizó la lucha, la frenó. Un ejemplo: el rabino de Lubavich, que vive en Nueva York, sólo puede solicitar de los judíos de su ciudad que no viajen los sábados, que envíen a sus hijos a institutos de educación religiosa judía y que sólo ingieran alimentos ritualmente puros. El puede convencerlos o no. Pero si el mismo rabino viviese en Israel, hubiera podido imponerles a los habitantes judíos del país -y su deber seria el de imponerles- todas esas normas. El marco nacional judío, al abarcar la totalidad de la vida, actualiza la imposición. Se puede perorar, predicar, persuadir, educar y convencer, pero forzamente llega el momento de la decisión concreta en un país que es judío, y esa decisión sólo puede ser mundana o religiosa. La vida en la diáspora posterga la imperiosidad de la decisión. Parecería que el pueblo comprende cuán peligroso es ese conflicto interno que lo escinde y por lo tanto procura diferir la creación de una situación en la que el conflicto no puede menos que estallar, o sea la situación que se da en una vida judía soberana, que solamente existe en Eretz Israel.

El judío religioso puede soportar la profanación de la santidad sabática en el destierro, pero un acto de lesa santidad en Eretz Israel lo subleva. El prefiere no venir a ella y no ver la herejía con sus propios ojos, para no convertirse en cómplice del pecado. El fenómeno se da también en lo referente a toda otra escala de valores, aunque desde el punto de vista  histórico al proceso es nuevo. El judío  que cree en la sociedad progresista, por  ejemplo, y que pretende definir el judaísmo como un sistema de valores propios de una sociedad justa, preferirá continuar viviendo con su sueño de un "judaísmo progresista" antes de constatar cómo la concreción histórica de la soberanía judía echa por tierra su caro sueño. Viviendo en París o en Buenos Aires, él no se enfrasca en un conflicto concreta de valores con otros judíos porque sus disensiones no se dan en una realidad totalmente judía. Todo lo que puede pretender es solicitar, procurar, convencer educar a los demás judíos a que sean pacifistas, socialistas o humanistas. Pero cuando el sistema en que se desenvuelve la vida judía no abarca la totalidad de la existencia sino una parte de ella, las cuestiones más trascendentales quedan fuera de su ámbito y de su decisión. Y los judíos en cuanto tales no afrontan entonces una decisión real, concreta, sino sólo teórica.

 

La diáspora como solución frente  a la necesidad de ser distinto, elegido

Dentro de los átomos que constituyen la parte más íntima de nuestra identidad, queda englobada la exigencia de ser distintos, únicos, singulares, diferenciados de la familia de los pueblos. Ese reclamo nace del elemento de la diáspora que vive con nosotros y que a nosotros está ligado. Y dado que el límite de lo nacional puede ser borroso y puesto que la patria puede ser ajena, existe la imperiosidad de ser diferente. El sistema religioso consagró esa diferenciación y esa singularidad con el concepto de “Tú nos has elegido", que impregna todo el contenido espiritual de actividad religioso-nacional. El pueblo de Israel no es como todos: "Un pueblo que morará sólo y que entre los demás pueblos no será contado". El concepto de "ser como todos los demás pueblos" lleva consigo una connotación negativa.

Pero, ¿acaso esa pretensión de ser un pueblo distinto de la comunidad de los pueblos, no es un imposible? Acaso existe realmente un concepto común de "todos los pueblos"? Si nos ubicásemos en el terreno de los conceptos individuales descubriríamos de immediato el absurdo de esa pretensión de ser distinto de todos los demás. El hombre que así lo sostiene no hallará otra respuesta que la afirmación de que todos los hombres son distintos entre si. Puesto que todos somos diferentes, es imposible ser diferente de un modo distinto, o ser más diferente que la diversidad existente entre los seres humanos. Quien pretenda ser más distinto que todos los demás, será tenido por alucinado, porque su afirmación implica poner de un lado a los miles de millones de hombres del mundo afirmando que ellos se comportan como todos los hombres, y del otro lado a un solo individuo "diferente". Es decir, que ese título de hombre elegido y distinto de todos los hombres nos resultaría alocado y absurdo en el plano individual. Resulta por lo tanto sorprendente que en el plano nacional adoptemos una concepción tal. Más de una vez quedé alelado al escuchar que gente de opiniones totalmente encontradas coincidía en afirmar que a nosotros, los judíos, nos está prohibido ser como todos los demás pueblos, como si no hubiera, cosa más ofensiva para el judío, y a veces para el israelí, que decirle que su pueblo es como todos los demás.

¿Tiene sentido, acaso, el concepto "como todos los pueblos? ¿Acaso puede incluirse en una categoría única a todas las variedades nacionales, a todas las tribus y a todos los pueblos, con su multifacética gama de costumbres y de religiones, sosteniendo que todos ellos son "como todos los pueblos" y que sólo el pueblo judío es distinto? Para subrayar este punto, el profesor Isaías Leibovich repite una y otra vez que los judíos comen, visten y se aparean de un modo distinto al de los demás pueblos como si los japoneses, los hindúes, los pakistanos o lo esquimales no realizaran esas actividades cada uno a su modo, distinto del de los demás.

¿Se puede realmente ser distinto "de los demás pueblos"? Se puede ser distinto en el marco de la diversidad relativa existente entre todos los pueblos, pero esa diversidad no es jamás absoluta. Y esa diversidad relativa es propia de todos los pueblos. Sólo que al pueblo judío se le exige de un modo terminante ser distinto de todos los demás, ser de otro modo. Sobre esta cuestión de la diversidad se han escrito montañas de interpretaciones. Y el pueblo judío gime bajo el peso de ese reclamo que no puede satisfacer en los marcos de la vida soberana y normal en su tierra. La única manera de ser fiel al reclamo está en vivir en la golá. Viviendo desterrado, se es efectivamente distinto de todos los demás pueblos.

Supongamos que tenemos ante nosotros una tabla de colores: rojo, azul, verde, amarillo, etc. Si pretendemos convertir al color rojo en "más distinto" de los demás sin alterar su esencia, deberemos cambiar su ubicación. Si tomamos la mancha roja, la pulverizamos y la sembramos sobre las demás manchas, el rojo será en efecto distinto de los demás. No por su esencia, sino por su situación. No otra es la solución de la diáspora. Es ella la que crea la diferencia entre nosotros, los judíos, y los demás pueblos. No podemos ser distintos por nuestra esencia; al parecer no existe posibilidad alguna de que logremos serlo en el futuro. Lo que sí podemos es diferenciarnos técnicamente de los demás, si es que el término resulta aceptable. Y la diferenciación técnica crea una nueva esencia, que no nos es grata y que nos provoca no pocos sufrimientos físicos y espirituales, pero ella representa la salida neurótica de una exigencia imposible de satisfacer.

He sugerido, por vía de especulación,  dos soluciones para la incógnita de porqué el pueblo judío se siente atraído por la  golá. Estoy convencido de que la resistencia que despiertan ambas explicaciones se debe a su calidad tan abstracta. ¿Acaso lo que hace que el judío fulano no llegue a Israel de tal país en tal situación,  es realmente una causa tan espiritual? Me    arriesgaré a contestar afirmativamente. Incluso de rechazarse las especulaciones que    preceden, debe haber alguna respuesta al incisivo interrogante que he presentado; una respuesta que sea general, intima, porque todas las circunstancias exteriores nada explican. Hay una neta incongruencia en exponer la historia judía como una fidelidad excepcional de una comunidad a principios religiosos y espirituales y, al mismo tiempo, sostener que lo que a esa comunidad más le importa es la bonanza de la que no quiere, desprenderse en la diáspora.

Mi impresión es que si despojásemos a las situaciones de la historia judía, a lo largo de todas sus generaciones, de sus envoltorios de tiempo y de lugar, llegaríamos a ciertos denominadores comunes, ubicados fuera del tiempo, a una especie de mitos y de conceptos infraestructurales,  que son los que nos accionan a todos nosotros. Obramos ateniéndonos a varias pautas fundamentales. El decorado de las escenas va cambiando vertiginosamente, los actores se van alternando, los estilos se suceden uno al otro, pero el texto, en su esencia, se va repitiendo.

Si realmente tenemos el propósito de enfrentar a la golá que vive en nuestro seno, nos veremos en la imprescindibilidad de cambiar varios de nuestros conceptos infraestructurales judíos. El destino del tercer estado judío será como el de los dos que le precedieron a menos que cambiemos las cosas de raíz. El sionismo, en sus mismos comienzos, inauguró una serie de experimentos intelectuales de largo alcance destinados a reexaminar diversas concepciones básicas judías. La mera continuidad encerraba, para los sionistas preclaros de primera hora, tan graves peligros que la despojaban de toda perspectiva de éxito. Las fuerzas atávicas del pueblo son titánicas y el sionismo no podía pasarlas por alto. Pero la guerra física que debió librarse para crear el Estado de Israel agotó todas las fuerzas espirituales que estaban encaminadas a clarificar a  fondo los problemas cardinales. Y el Holocausto creó la ilusión de que el gran enfrentamiento con las fuerzas de la golá  había quedado zanjado irremisiblemente por la historia implacable.

Lo increíblemente asombroso es que el horrendo Holocausto que aniquiló a la tercera parte de nuestro pueblo por culpa de su existencia en la golá, no destruyó al virus de la diáspora del que está contaminado nuestro pueblo. Con una celeridad asombrosa, nuestro pueblo retornó a su viejo cauce. El sionismo supuso que la historia había demostrado de un modo terminante y definitivo que la golá implica un peligro mortal. pero la mayoría decisiva de nuestro pueblo piensa de otro modo. El Holocausto fue convertido por el pueblo judío en un episodio más de su dilatada historia, regida por el impenetrable destino de la Casa de Jacob.

En los últimos años, la golá tiende a robustecerse nuevamente -si bien no de un modo absoluto- porque el proceso de la asimilación continúa. El pueblo judío es un permanente resabio de si mismo. La diáspora se robustece en comparación con Israel. Ella, considerada la salvadora de Israel, representa simultáneamente una amenaza para ésta. Y el conjunto nada desdeñable de judíos israelíes, que en lo que hace a su identidad prefirió apostar por Israel, se ve en la necesidad de mantener su existencia frente a una golá que con sus fuerzas puede poner en jaque la existencia soberana conseguida con tantos esfuerzos. Es imperioso retomar el viejo gran debate que Ben Gurión intentó promover a nivel emocional e instrumental, y es preciso profundizarlo.

La golá, como existencia, es auténtica y subyace en la base de nuestra historia. La diáspora es el útero en el que plasmó nuestro pueblo. Y para usar un lenguaje psicoanalítico, nuestro pueblo tiene nostalgias uterinas, sobre todo cuando debe hacer frente al reclamo nacional o cuando la realidad lo rebasa. Ontológicamente, no se puede saber quién precedió a quién. Lo más probable es que todos los elementos -religión-nación, la condición de "pueblo elegido", la diáspora- se formaron coetáneamente.

La golá -esencia anormal- resultó ser útil: ella posibilita la vida judía. Lastima, duele, pero evita un mal peor. Como toda solución neurótica, tampoco la solución diaspórica puede brindar la felicidad ni puede ser tenida como definitiva. Lo que hace, sí, es evitar al menos una crisis cuyo tratamiento desconcierta. Es preferible una neurosis conocida y controlada, el modus vivendi de la diáspora, a un abismo ignoto junto al cual debe pararse el pueblo frente a un Dios celoso y exigente, mientras intenta demostrar que es el pueblo elegido entre todos, "reino de sacerdotes, pueblo sagrado." El pueblo teme que de pronto se revele su vacuidad, su incapacidad, o que, por el contrario, salga a luz la inconsistencia o la intrascendencia de su Dios.

Solo que en nuestro siglo se ha hecho repentinamente claro que la salida neurótica se ha transformado en un grave caso patológico, en la fuente de un sufrimiento demasiado intenso que afecta la capacidad del pueblo judío de enfrentarse a la realidad. A fines del siglo XIX, en los estados europeos laicos y modernos, los judíos comenzaron a experimentar toda la crudeza del antisemitismo contemporáneo. El Holocausto puso al descubierto la profundidad del abismo a cuyo borde se encuentran los judíos, sin intención de apartarse de él. El grave conflicto con el medio parece mucho más aterrador que los conflictos internos del judaísmo, incluyendo aquellos que los judíos intentaron eludir o postergar.

El sionismo es un proceso de autoliberación del "miedo a la independencia" especialmente al poner al descubierto una alternativa peor que la independencia misma. En sus orígenes y en sus mejores épocas, el sionismo fue el comienzo de un proceso de toma de conciencia, de ruptura del círculo vicioso en el que quedé atrapado nuestro pueblo desde la cuna:

diáspora, condición de pueblo electo, religión-nación. La vitalidad del sionismo provino de las penurias del pueblo.

El impresionante éxito del sionismo se debió fundamentalmente a la ayuda que le prestó la realidad, por lo objetivamente insoportable de la situación judía. Curiosamente, por diversas razones, los demás pueblos favorecieron al sionismo. Ellos comprendieron cuán poco cómoda era la existencia judía y temieron el sangriento conflicto a que la vida de los judíos podía terminar por arrastrarlos. El paso decisivo fue dado y una nueva realidad, todo judía, fue dada a luz. La independencia judía fue restaurada. Pero a escasos treinta años desde la creación de Israel, ya se advierten inquietantes síntomas de desentumecimiento de la golá. El más moldeable de todos los pueblos del mundo aprendió rápidamente las leyes de la nueva realidad y comienza a adaptar la vida de la diáspora a ésta. La aparición de un centro le permite echar raíces en la periferia. Ahora cuenta con una póliza de seguro. Pero en Israel ese hecho provoca extrañas reflexiones. La diáspora es una alternativa concreta a la vida en el propio país, es una presencia constante que de pronto se les presenta a numerosos jóvenes. ¿Qué es lo que debemos hacer nosotros para que el tercer Estado de Israel no se derrumbe? ¿Cómo asegurar que esa quinta parte del pueblo judío radicada en su patria independiente viva confiada en la continuidad de su existencia y en el futuro de este nuevo retorno a Sión?

El cambio o la adecuación de los conceptos infraestructurales

En mi trabajo “En Defensa de la Normalidad” procuré analizar la imperiosa necesidad de subrayar el valor de la normalidad y de oponernos internamente a los conceptos de “pueblo elegido” y "pueblo distinto". Debemos vernos como parte integral de la humanidad, ni inferior ni superior a ella, parte diferente en el sentido de la diferencia corriente existente entre todos los pueblos, las razas, las religiones y las tribus. Debemos adoptar esa posición básica como concepción esencial y terminante, sin peros y sin interpretaciones capciosas. Y si somos mejores que otros pueblos, que así lo determinen los demás, y no nosotros con nuestro ensoberbecimiento. De todas maneras, nada ganaremos proclamando que somos mejores. Esa posición despierta desconfianza en torno nuestro y nos impone una escala de medida que nos hace imposible afrontar y que nos conduce a la frustación y a los sentimientos de culpa.

El Estado de Israel tiene todo el derecho de existir -derecho moral y existencial- aún habiendo en él delincuencia organizada, corrupción e injusticia social. Queremos mejorar la esencia y la calidad de nuestra vida no porque estemos en el deber de demostrarle a nadie nuestra superioridad moral ni para justificar nuestro derecho a la existencia, sino porque sencillamente queremos beneficiarnos con las mejoras. Es preciso sacudirse de una vez por todas de ese sentimiento de inferioridad, de un pueblo de siervos, que se ha convertido en un sentimiento misionario, de superioridad y de elección.

Cuanto más conciencia tengamos de las necesidades “inferiores” de ese sentimiento de superioridad, tanto más plausible será  la tarea de erradicarlo.

Insisto en esa sencilla verdad en toda ocasión y me sorprende constatar hasta qué punto resulta ininteligible para muchos de entre nosotros. Esa es la raíz del mal. Para gran asombro mío, encuentro que numerosos israelíes, incluyendo a sabras corrientes, no tienen en claro este concepto tan básico de la normalidad, de la igualdad fundamental entre el pueblo judío y todos los demás pueblos. Imposible es reclamar insistentemente la igualdad jurídico-política para el pueblo judío, cuando nos   resistimos a reconocer nuestra igualdad espiritual con respecto a la humanidad. La Biblia, nuestras oraciones, capítulos del libro Hacuzari, secciones íntegras de nuestras tradiciones y de nuestra cultura, están impregnados de ese elemento de nuestra condición de pueblo elegido. Ninguna disposición humana podrá erradicar del todo ese elemento. Pero debemos llegar hasta ese concepto infraestructural y erradicarlo,  o darle un cauce sublimado que lo neutralice. No seremos ni el primero ni el último pueblo que deberá enfrentar el problema de desembarazarse de ciertos conceptos infraestructurales.

 

La cuestión religiosa

El sionismo laico percibió intuitivamente que la cuestión religiosa representaba una  de las vallas más formidables en su camino y prefirió, por eso, maniatar al ”león aletargado” con las ligaduras de las coaliciones gubernamentales. El concepto del statu-quo está impregnado de tensiones bélicas. Lo que se da entre el sionismo laico y la religión es una guerra sorda que se prefirió paralizar en el cepo de los convenios atendiendo al hecho de que los   instintos de las partes encontradas eran  muy vigorosos y que toda transgresión, por mínima que fuese, podría provocar una guerra sin cuartel. Es posible que se tuvo la impresión (que se reveló equivocada) de que la religión estaba condenada a perder su influencia a corto plazo y que el sistema adoptado, que congelaba el statu-quo y legitimaba a la religión por el  poder laico, la convertían en prisionera del establishment, despojándola de su vigor hasta su total desaparición. Quizás, por   el contrario, se pensó que antes del despertar religioso llamado a sobrevenir, convenía dejar establecido un sistema rígido de acuerdos capaz de evitar el desmoronamiento del sistema entero. Lo cierto es  que la consagración del statu-quo tuvo por finalidad congelar el enfrentamiento entre la nación y la religión, reemplazar a la vivencia del destierro como factor encaminado a frenar y a ablandar el conflicto eterno en los nuevos marcos de una vida totalmente judía. La difícil situación militar ofreció en todo momento un pretexto útil para el mantenimiento del statu-quo,  pero siempre tuvo el pueblo una sorda impresión de que el advenimiento de la paz abriría las esclusas y que la "guerra de los judíos" estallaría irrefrenada en torno de la cuestión religiosa. Los choques más   violentos entre los ciudadanos y el poder, así como en el seno del pueblo entre los propios ciudadanos, tuvieron siempre un   trasfondo religioso.

Creyentes como el profesor Ishaiahu Léibovich y otros se pronunciaron desde el primer momento contra el mantenimiento del statu-quo, que paralizaba la lucha por la fisonomía y la esencia del Estado, puesto que bajo su imperio inclusive los creyentes se sintieron dispensados de batallar por sus fines. Nosotros, el bando laico, vimos en el sistema de acuerdos una muralla llamada a defendernos de los elementos religiosos, mientras que éstos lo tomaron no sólo como una defensa contra el imperio laico, sino también como una valla natural que los dispensaba de librar su lucha, que en realidad los atemorizaba por no estar preparados anímicamente para ella. Los creyentes, en efecto, carecen de respuestas generales y auténticas para poder gobernar un estado moderno ateniéndose a las normas de la Halajá.

Me abstengo de ingresar en el marco de este trabajo a las complicadas cuestiones que despierta el conflicto entre la religión y el Estado. Sólo quiero dejar constancia de que ese problema siempre origina una huida hacia la golá y como en el fondo es imposible evitarlo, se eterniza, en toda su profundidad, creando la necesidad de plantearlo, de analizarlo, y de hacerlo estallar en un momento dado. El dolor de la decisión es preferible a veces al temor ante la amenaza.

Si realmente se desea erradicar la diáspora como posibilidad -por lo menos para los israelíes- es preciso pensar en un cambio de la religión desde dentro. Se hace necesaria una reforma religiosa, el cuestionamiento de varios de los sistemas básicos de la religión, la concreción de su horizonte nacional y, sobre todo, la creación de instancias nuevas y separadas en su seno.

Necesitamos hoy nuevos y verdaderos "reformadores" de la religión. Necesitamos un Lutero judío. Los reformadores de la religión podrán provenir de las márgenes del sistema ortodoxo y obtener un fuerte apoyo de los movimientos reformista y conservador, después de pasar por un proceso de "israelización". Para decirlo con crudeza, no cabe la posibilidad de dejar los problemas de la religión en manos exclusivas de los religiosos embanderados. Los elementos laicos, o llamados laicos, deben compenetrarse de los problemas de la religión, no como "arrepentidos" románticos, sino como osados "reformadores".

La frialdad con que el poder laico trato a los movimientos religiosos reformistas y la escasa o ninguna ayuda que les prestó, provocan nuestra consternación. Con todo, varias razones determinaron esa actitud: 1) para el bando ortodoxo, la cuestión era sumamente delicada; dispuestos como estaban a transar en diversos puntos, no aceptaban de ningún modo la menor renuncia a la exclusividad de su potestad; 2) el matiz norteamericano de la religión se les presentaba a los dirigentes israelíes como algo artificial e inauténtico, dada su raigambre europeo-oriental.

Si Ben Gurión, hallándose en el pináculo de su poder y de su influencia espiritual, hubiese acudido el Día del Perdón a rezar en una sinagoga reformista al estilo israelí en lugar de permanecer en su casa leyendo a Spinoza o a Aristóteles, su autoridad gigantesca hubiese legitimado de un modo decisivo el pensamiento reformista, estimulando su israelización. Con el ascenso de Beguin al poder se hace clara la inmensa diferencia entre el nuevo régimen y el anterior en su actitud ante la religión. Los dirigentes del movimiento obrero fueron mucho más laicos que el israelí medio de hoy en día.

No existe ninguna esperanza seria de normalización del pueblo judío sin un tratamiento profundo de las cuestiones religiosas. Si queremos que dentro de un siglo sobrevenga un cambio sustancial, es preciso que ya hoy comencemos a interesarnos con nuestro enfoque laico en el tema de la religión. Dentro del pueblo judío no existe un factor más poderoso que la religión. Una guerra sin cuartel contra el culto no tendrá sentido; la religión es una profunda necesidad psicológico-colectiva, con sus propias leyes de flujo y re-flujo. La única reforma religiosa deseada por los laicos es la que podría traerles cierto alivio en las imposiciones de los ortodoxos militantes. Pero esa es una suposición errada. El problema no esta en aligerar la carga de los preceptos, sino dejar que sobre éstos se ejerza la influencia de la vida en toda su complejidad, para que los preceptos sean cumplidos después de haber sufrido una modificación. Sorprende ver hasta qué punto la religión judía consiguió incluso en Eretz Israel, bajo soberanía judía, conservar intacta su esencia. La ortodoxia judía no es capaz de cambiar ni tiene interés en ello. El cambio sólo sobrevendrá con la creación de nuevos focos de potestad religiosa.

Como conclusión: se impone profundizar el pensamiento, ampliar la intervención, y sobre todo, osar, para poder descender a las raíces mismas del virus de la diáspora que nos aqueja. Brener dijo en cierta oportunidad: "Ese es el problema. Para que nuestro carácter cambie en la medida de lo posible necesitamos contar con un medio que nos pertenezca. Y para lograr ese medio con nuestras propias manos, necesitamos cambiar radicalmente nuestro carácter". Ya contamos con un medio propio. No queremos cambiar nuestro carácter porque sí, sino en el punto concreto vinculado a la lucha permanente con la golá que vive en cada uno de nosotros.

 

Actividades inmediatas

Lo dicho tiene diversas aplicaciones prácticas, atinentes a vías de acción inmediata.

Si el jefe del gobierno de Israel se presentase en el acto de apertura de la acción financiera de apoyo a Israel en los Estados Unidos, y en lugar de hablar sobre Israel, sobre los territorios y sobre las relaciones entre nuestro país y los Estados Unidos, optase por anunciar categóricamente que el Estado de Israel se rehusa a seguir aceptando fondos de la diáspora, como protesta ante el hecho de que sólo fondos judíos inmigran y no judíos de carne y hueso; si el jefe de gobierno del Estado de Israel o sus representantes más conspicuos condenasen demostrativa y enfáticamente a la diáspora por su abstención de inmigrar al país y anunciasen la devolución a la golá del dinero enviado por ésta para que el mismo sea destinado a un único fin -la aliá-; si el Estado de Israel cesase de enviar maestros y emisarios a las comunidades judías que no cumplen en una mínima medida el deber de la aliá; quizás tales pasos dramáticos lograrían colocar en el centro de la opinión pública judía el problema que implica la golá. No me ilusiono con el arribo de millones ni de centenares de miles de inmigrantes, pero bastaría con que de ese modo acudiesen varios millares más. Eso implicaría una revolución.

Hoy en día inmigran desde los EE.UU. dos mil judíos por año. Si por año inmigrasen a Israel veinte mil judíos norte-americanos, su llegada implicaría en el país una revolución sin precedentes. Y en lo que al judaísmo estadounidense respecta, aunque veinte mil almas no significan ni siquiera medio por ciento de su  número, el efecto sionista de ese paso  sería el de un drástico vuelco. La inmigración de veinte mil judíos norteamericanos frenaría la ieridá y vincularía con Israel, estrechamente, a cien mil parientes  y amigos de los inmigrantes. En lo que  a la ciencia y a la cultura israelíes respecta, tal inmigración nos traería un precioso potencial humano. ¿Es posible llegar a ello? Por lo menos resulta posible  proponerse esa meta. Al menos, cabe pensar que ese objetivo es factible?

En los últimos años, Israel se ha con-vertido en una presencia demasiado conocida en los países de la diáspora y sobre todo en los Estados Unidos. Paradójicamente, ya no hay necesidad de inmigrar a Israel para estar en ella. Hoy se puede contar con aspectos significativos de la realidad israelí permaneciendo en el exilio. La distancia se acorta, el misterio se esfuma. Contribuyen a ello los medios de comunicación modernos, pero la culpa no es sólo de ellos. La relación cercana y profunda entre la diáspora e Israel terminó por borrar la diferencia entre una y otra. Quizás se esperó que esa cercanía hiciese madurar en los judíos de la diáspora la decisión de ascender a Israel, pero la realidad echa por tierra esas esperan-zas. Se creó toda una realidad legítima de subrogados de la aliá, de una aliá aparente. Se hace preciso resucitar una cierta sensación de alienación entre la golá e Israel, una especie de desconección controlada.

Un grupo no pequeño de judíos ha creado un marco de relaciones sumamente íntimas con la conducción israelí. Ese grupo está al tanto de los secretos del Estado  de Israel, más aún que grupos israelíes  paralelos. Cubriendo cinco por ciento del  presupuesto del Estado, la diáspora adquirió su legitimación. La diáspora se convirtió en el intermediario reconocido en  nuestras relaciones con los gobiernos del  mundo, cosa que evitamos con toda razón,  a mi entender, durante los primeros años  de existencia de Israel.

La interdependencia entre Israel y la  diáspora se profundizó. Espiritualmente la golá depende de Israel. Nuestros conflictos políticos, nuestros problemas económicos y en cierto sentido también la  cultura israelí, son el alimento espiritual de la identidad judía en la diáspora. Ellos han venido a subrogarse al Talmud, a la Cábala, a las consultas que solían dirigirse a los rabinos. Por lo tanto, no existe ningún riesgo de que la diáspora se desconecte de Israel en cuanto ésta plantee abiertamente un conflicto ideológico con la dispersión sobre el tema de la aliá. Aún cuando un sector adopte una posición distinta, ese sector del pueblo judío (al que llamará A por razones técnicas de identificación) que cuenta con tres millones de almas de los once millones de judíos de la diáspora, que está indisolublemente unido a Israel y al judaísmo y que es el que presta sus servicios judíos a otros cinco a seis millones de judíos (a los que denominaré grupo B), ese sector ya no podrá desconectarse de nosotros. Antes de que sea tarde -todavía estamos a tiempo- debemos provocar en él sector A una conmoción, exigiéndole resolver de una vez esa situación de ambivalencia en la que se halla sumido. Y dado que las manos de Israel y de la diáspora están estrechadas, podremos lograr que el sector A se pliegue a nuestro bando a través de un juego de movimientos de alejamiento y de ruptura.

La paz nos liberaría de nuestra dependencia de la diáspora, permitiéndonos erguir nuestra encorvada espalda. Pero hasta que la paz sea un hecho, debemos comenzar el proceso de presentarnos ante la diáspora con nuestra propia posición digna. En lugar de dedicarnos a la educación judía de la diáspora, debemos consagrarnos solamente a la aliá. El exceso de educación judía atenúa la necesidad de venir a Israel. En lugar de intentar con-vencer a los judíos a que vengan, es preciso poner al descubierto el carácter patológico de la golá, su amoralidad, su hipocresía. Debemos retar a duelo a los judíos que nos son más fieles y adictos, precisamente porque están con nosotros. Y aunque con ello provocaremos un duelo entre hermanos, esa lucha es preferible a la paz que sigue reinando entre nosotros, porque ésta terminará por provocar la disgregación del Estado de Israel. Según los estudios más optimistas, en el año dos mil serán judíos solamente 52% de los habitantes de la Eretz Israel indivisa, siempre y cuando inmigren al país anualmente veinticinco mil judíos y casi no salgan emigrantes de él. Dentro de cincuenta años corremos el riesgo de perder la mayoría judía incluso dentro de las fronteras de la línea verde. Establecida la paz, por supuesto, se abrirá la posibilidad de una gran inmigración, pero también, no lo ocultemos, la de una ieridá sin sobresaltos y la de una dispersión en toda la zona adyacente al país. Con los adelantos modernos y la bonanza económica, en un mundo en el que las distancias se acortan, un judío podrá vivir en Túnez y enseñarle Judaísmo a su hijo con ayuda de la televisión educativa israelí. No olvidemos que el virus de la diáspora permanece en nuestra sangre. Somos descendientes de los judíos a los cuales ya en la época del Segundo Templo, en las difíciles condiciones de la antigüedad, se refirió el famoso geógrafo griego Estrabón del siguiente modo: "Difícil es encontrar en el mundo un lugar en el que no se halle radicado ese pueblo".

Gershom Sholem dijo cierta vez que Israel parece haber absorbido en su seno los destellos de la redención de la diáspora, liberando en cierto modo a ésta, con su mismo surgimiento, de la necesidad de la redención y del estigma de la irredención. El patrón de medida absoluto en el cuadro de nuestras relaciones con la diáspora debe estar dirigido por la consideración esencial de qué es lo que estimula o disminuye la aliá. Claro está que hay que condenar a los iordim y no ofrecerles trabajo en las instituciones judías, pero la condena de los iordim no tiene sentido moral ni no se condena la vida en la golá.

¿Necesitamos acaso de otra fuente de disenciones internas? ¿Serán éstas, acaso, fecundas?

Mi respuesta es afirmativa. El enfrentamiento a la golá pondrá en descubierto, en primer lugar, lo que tenemos en común los que vivimos en Israel frente a los que habitan fuera de ella. Nuevamente aflorarán los conceptos fundamentales por los que luchamos aquí: la libertad, la independencia. En lugar de combatirnos empecinadamente por uno u otro palmo de terreno, constataremos que las cuestiones básicas son otras. La esencia de nuestras vidas -aquí y en la golá- son distintas y no hay por qué disimular las diferencias. La vida espiritual en la diáspora se asemeja a la del hombre que habiendo construido su vivienda a orillas del agua, se pasa los años preocupado por una única cuestión -la de evitar que el agua inunde su casa- y entregado a una única actividad -la de evitarlo por los más distintos medios- Nosotros nos asemejamos al hombre que, en esas condiciones, opta por reedificar su hogar lejos de las crecientes. Con ello, la preocupación absorbente deja de ser tal, y el hombre deja libres sus energías vitales para embellecer su hogar y para crear.

Estoy convencido de que la voluntad de redimirse alienta en todos los hombres, y que su impulso tiene una vitalidad insospechada. Nunca olvidare la maravillosa anécdota de los tiempos de la inmigración ilegal de Marruecos, a comienzos de la década del sesenta de este siglo, cuando los barcos se dedicaban a recoger a judíos marroquíes que habían quedado bajo la férula musulmana. Cierto día, uno de esos barcos llegó a un puerto en el que debían ascender los judíos de una alejada aldea. Por alguna razón los refugiados no llegaron a la hora convenida de antemano. El barco no podía quedar en el lugar. Debía levantar anclas al amparo de esa misma noche. Los emisarios de la aliá ilegal se dirigieron a la aldea más próxima, llamaron a las puertas de los judíos que la habitaban, y les preguntaron: "¿Están dispuestos Uds. a ascender a Israel ya mismo, sin pensarlo dos veces? Si quieren, tomen lo que les sean necesario y vengan. Esta es vuestra oportunidad." Y un número nada desdeñable de judíos asintió y lo abandonó todo, sin pensarlo dos veces. Ese elemento está en cada uno de nosotros.

Sorprende siempre de nuevo constatar en las conversaciones con judíos de la diáspora, intelectuales y no intelectuales, personas acomodadas con profesiones y negocios, que ellos no desechan la posibilidad que ascender cierto día a Israel. Noventa y nueve por ciento de años no llegarán jamás al país, pero no obstante ello no niegan la posibilidad de su aliá personal. Eso habla por sí solo. No se trata de una mera postura. El anhelo de la redención existe en cada judío. En su camino a Israel se interponen millares de obstáculos personales y colectivos. Lo decisivo es en que efectivamente existe una minoría que ascendió voluntaria y libremente a Israel.

Estamos viviendo el proceso que debe conducirnos a la paz. Entre los argumentos en favor y en contra de las concesiones territoriales, por alguna razón, se pasa por alto el argumento decisivo. La paz puede acrecentar la inmigración a Israel, liberar recursos que podrán favorecerla. La paz puede liberar a los judíos soviéticos de su prisión. La historia no nos hizo responsables por la tierra, sino esencialmente por los hombres. Ella no nos perdonará si por nuestro apego a Anatot, o por "nuestro derecho a establecernos en todas las partes de Eretz Israel", nos desentendiéramos prácticamente del destino de la nutrida colectividad de nuestros hermanos de la UR.SS., entregándolos al antisemitismo y a la asimilación.

Durante miles de años repitieron los judíos la oración de "el año venidero en Jerusalén," mientras ambivalentemente, tenían y a la vez no tenían la intención de que el dicho se cumpliese. Lo mismo sucede hoy en día. Sólo que en la última generación surgió un sector del pueblo judío que ya no puede tener la intención contenida en la oración. Se trata de los judíos que viven en ya en Jerusalén, la terrena, la concreta. Ese sector ya no se contentará con El concepto abstracto de la Jerusalén de los cielos (que es un concepto cristiano, que aparece por primera vez en el Nuevo Testamento).

¡El gran debate entre Israel y la golá debe reabrirse vivamente, sin hipocresía con toda honestidad!

Tomado de: Dispersión y Unidad Número 24/25 - Reseñas y ensayos sobre los problemas contemporáneos del pueblo judío. Publicado por el Departamento de Organización e Información de la Organización Sionista Mundial, Jerusalén.