LA ACTITUD DEL SIONISMO ANTE LA CUESTION ARABE

LA ACTITUD DEL SIONISMO ANTE LA CUESTION ARABE

por Iosef Gorni

 El Profesor Iosef Gorni es el Director del Instituto para la Investigación del Sionismo en la Universidad de Tel  Aviv. 

El trabajo que publicamos apareció en Hatzionut IV

Introducción

La actitud del sionismo hacia los habitantes árabes de Eretz Israel - la "cuestión ignorada" según la definió Itzjak Epstein[1] hace setenta años - se convirtió, con el pasar de las generaciones, en un problema visible, doloroso, influido por poderosos instintos nacionalistas y anegado en sangre. La violencia del enfrentamiento judeo-árabe, su duración, su envergadura, su significación regional e internacional, comunican a la investigación de las raíces del fenómeno singular importancia.

Una elucidación del problema que se remonte a sus mismos orígenes, puede brindar la respuesta a diversos interrogantes respecto a la actitud del sionismo ante la cuestión árabe. Los mismos interrogantes sugieren, además, distintas posibilidades de comprensión de las raíces del enfrentamiento nacional en Eretz Israel. La primera de las cuestiones es saber si el movimiento sionista se sumergió en el conflicto judeo-árabe inadvertidamente, por haberse desentendido del problema, ya sea por ingenuidad o por ignorancia.

La segunda - antítesis de la anterior - contempla la posibilidad de que en lugar de imprevisión, ingenuidad o desconocimiento, haya habido en la actitud sionista un error político, es decir, una falla en la selección adecuada de los medios políticos o en el aprovechamiento de las oportunidades que pudieron haberse presentado para lograr un acuerdo con los árabes.

La tercera pregunta gira en torno de una probabilidad que niega las dos anteriores: la de que el problema haya sido consciente desde un comienzo; la de que ya en sus primeros estadios el enfrentamiento haya sido captado en toda su intensidad. El interrogante respectivo podría ser expuesto de este modo: ¿Previeron acaso los miembros del movimiento sionista, ya en los comienzos del mismo, la posibilidad de un conflicto nacional, y estuvieron consecuentemente dispuestos - ideológica y anímicamente - a su inevitabilidad?

La hipótesis fundamental de este artículo es que la respuesta a la disyuntiva debe comenzar a buscarse en una elucidación previa de ciertos principios de la ideología sionista que influyeron el sistema de las relaciones entre los dos pueblos y fijaron el ámbito de su desenvolvimiento.

El sionismo, como movimiento nacional, se basó desde un principio en cierto número de postulados sociales y políticos que constituían su razón de ser, a tal punto que su desconocimiento hubiese condenado al fracaso todos sus esfuerzos. Me refiero a cuatro principios que, directa o indirectamente, tuvieron un peso definitorio en la definición de la posición sionista  respecto de los árabes.

El primero de esos postulados fue la aspiración a la concentración territorial del pueblo judío en Eretz Israel, su cuna histórica. La reclamación de una patria, en nombre de un derecho histórico, por parte de un pueblo que no se hallaba asentado en ella, cuestionó por sí misma, anticipadamente, ya sea de un modo moderado o extremo, el derecho exclusivo de los habitantes árabes de ese país. Dicho de otra manera, la tendencia a la concentración territorial tendió a cambiar fundamentalmente la situación existente en cuanto a la propiedad del país. Con ello surgió una situación histórica mucho más grave que la que se da cuando dos pueblos, habitantes de un mismo territorio, luchan entre sí manteniendo una cierta relación permanente de fuerzas.

La prolongación lógica e indispensable de la aspiración a la concentración territorial fue el deseo de crear una mayoría judía en Eretz Israel. Sin esa pretensión, el sionismo hubiera perdido todo su sentido después que la historia de la diáspora probó irrefutablemente la precaria situación a que se ve reducida una minoría eterna. Por eso, la tendencia a asegurar una mayoría judía en Eretz Israel se convirtió en una cuestión clave. La concreción de los ideales sionistas estaba condicionada, pues, al tránsito judío de la condición de minoría a la de mayoría, es decir, a un viraje radical en el status internacional del pueblo judío y en su historia.

La persecución consecuente de ese objetivo, por distintas vías, implicaba la anulación del status anterior de los árabes de Eretz Israel como mayoría nacional dominante. Las raíces del conflicto judeo-árabe radican, pues, en un proceso continuado de negación del status nacional árabe y de la anterior relación de fuerzas en Eretz Israel.

El tercero de los principios invocados fue el de la productivización de las masas del pueblo judío. De esa premisa nació la ideología del trabajo hebreo como condición sine qua non de la existencia independiente de una sociedad judía en Eretz Israel. Conforme a dicho principio, el movimiento sionista tendió a crear una sociedad autárquica, distinta de la sociedad no-judía circundante. La lucha por la "conquista del trabajo hebreo" - que ya a comienzos del siglo se entabló con miras a la creación de una autarquía nacional amplia y no sólo para proveer de lugares de trabajo a los obreros judíos desocupados - estableció pautas de relación política respecto del pueblo vecino. Además, es imposible desentenderse del hecho que los combatientes por el trabajo hebreo - los obreros llegados al país con la ola inmigratoria llamada Segunda Aliá - se convirtieron en los dirigentes del ishuv - la población judía de entonces - y del movimiento sionista, en el curso de las décadas del veinte y del treinta de este siglo.

El cuarto principio fue el del renacimiento de la cultura hebrea como presupuesto del renacimiento nacional. El resurgimiento de la cultura nacional hebrea en Eretz Israel se hallaba peligrosamente amenazada por dos procesos culturales opuestos de la diáspora judía: el fomento de la cultura idish, por un lado, y la asimilación cultural al medio gentil, por el otro. Los temores nacidos de la debilidad de la cultura hebrea fueron importados a Eretz Israel y su lógica derivación fue la máxima separación entre ella y la cultura árabe circundante.

El común denominador de esos cuatro postulados sionistas fue la aspiración consciente a erigir en Eretz Israel una sociedad nacional judía separada, defendida por altos y gruesos muros políticos, sociales, económicos y culturales. El atrincheramiento fue captado como un requisito indispensable para el fortalecimiento y el desarrollo de la débil sociedad nacional hebrea en sus primeros pasos. Recalcamos que la ideología separatista fue hija de la debilidad y no corolario de la fuerza.

El reconocimiento de esa debilidad nacional objetiva plantea de inmediato varias cuestiones. El crecimiento de la fuerza del ishuv judío en Eretz Israel, ¿fue captado en su tiempo como un medio y como una condición previa para la regularización de las relaciones con los árabes a través de la moderación y del entendimiento o, por el contrario, como parte de la tendencia a la acumulación de fuerzas, imprescindible para una definición del conflicto por la fuerza?

Más aún: dado que dimos por sentada la existencia de un consenso ideológico sionista, ¿acaso hubo unanimidad en cuanto a la actitud frente a los árabes o, por el contrario, se registraron divergencias nacidas de concepciones de mundo opuestas, intereses económicos contradictorios y trasfondos sociales divergentes?

Los interrogantes consignados nos conducen a otra cuestión, que contiene en sí una paradoja. Al pretender construir una sociedad nacional judía separada en Eretz Israel, ¿acaso no reconoció el sionismo la existencia de una sociedad nacional árabe? Pues de no ser así, ¿a qué venía esa aspiración separatista?

Esas preguntas - y otras que se plantearán en el curso del artículo - orientan nuestra consideración del problema. La investigación histórica del enfrentamiento judeo-árabe se encuentra aún en sus comienzos, por más que ya ha brindado varios trabajos importantes. Me refiero al amplio libro de Mijael Asaf - "Las relaciones entre los árabes y los judíos en Eretz Israel en los años 1860-1948" (Tel Aviv 1970) y a los instructivos artículos de P. A. Elsberg, "La cuestión árabe en la política del Ejecutivo Sionista antes de la Primera Guerra Mundial"[2] y de Yaacov Roy, "La posición sionista respecto de los árabes entre 1908 y 1914".[3] El autor de estas líneas publicó un artículo acerca de las consecuencias que la lucha por imponer el trabajo hebreo tuvo sobre la actitud de los obreros judíos respecto de los árabes. [4]

La particularidad del presente trabajo radica en el hecho de basarse en fuentes que no han sido debidamente aprovechadas hasta ahora y en un enfoque diferente del tema. Mi propósito es el de analizar las diversas actitudes públicas hacia el problema árabe, tal como las recogió la prensa hebrea desde comienzos del siglo XX y hasta la primera guerra mundial. La consideración se basará fundamentalmente en el periodismo de la época. La fuente a que recurrimos es valiosa y única por diversas razones. En primer lugar, el periodismo polémico des es período demuestra palmariamente el gran interés que el problema despertó. Además, el periodismo extrajo la cuestión del ámbito privado y la convirtió en tema de discusión pública, con lo que su importancia como fuente histórica no cede en nada a la de los archivos. En segundo lugar, el debate público, que básicamente es teórico ideológico más que táctico-político, permite un atisbo a las concepciones encontradas que sustentó el ishuv de ese entonces. Lo dicho presupone, naturalmente, que el periodismo y las corrientes de opinión pública se hallan en una relación de interdependencia mutua. Incluso absteniéndonos de asignar a la prensa hebrea de comienzos del siglo - por su limitada difusión y su carácter - la misma capacidad de modelamiento de la opinión pública que suele atribuírsele a los medios de comunicación modernos, resulta imposible negar del todo su ascendiente. Hasta es posible que por el hecho de haber estado dirigida a un público culto y perfectamente definido de antemano, su influencia no fue menor - y quizás fue mayor - que la del periodismo actual. Por otra parte, quien sostiene que la ideología contribuyó a moldear el período que consideramos, no puede menos que aceptar la importancia que le cupo al periodismo polémico e ideológico de entonces.

Decimos que nuestra actitud ante el tema es distinta porque intentaremos analizar el debate en torno de la cuestión árabe conforme a los diversos tipos de actitudes. Nuestra finalidad será la de probar que sobre la base del consenso sionista general, se perfilaron cuatro tendencias distintas frente al problema.

La primera tendencia fue la integración altruista; la segunda, el separatismo nacionalista; la tercera, el liberalismo práctico; la cuarta, el socialismo constructivo.

La pregunta que va aquí de suyo es si existió un trasfondo o una base social y sociológica para la diferenciación ideológica entre los distintos grupos. La respuesta a ese interrogante sólo podrá ser dada al concluir el trabajo.

 

A. LA CONCEPCION INTEGRACIONISTA-ALTRUISTA     

La actitud integracionista-altruista se originó en el intento de hallar una respuesta al reto que representó para el sionismo la aparición de las primeras manifestaciones

antisionistas en el periodismo árabe de Siria y de Eretz Israel a comienzos de este siglo. Ya en 1900, Eliahu Sapir[5], nativo de Jerusalén y estudioso de Eretz Israel, llamó la atención del ishuv sobre el fenómeno inquietante de la propaganda antisionista en la prensa árabe. Sapir distinguió en su artículo dos actitudes árabes: la de los agitadores antisionistas, provenientes en su mayoría de la comunidad cristiana minoritaria, y la de la mayoría musulmana de Eretz Israel, que hasta ese momento no había revelado síntomas de animadversión contra el sionismo. A la luz de esa realidad, cuyos peligros no debían pasarse por alto, Sapir llegó a la conclusión de que el futuro del sionismo dependía de la colaboración estrecha entre el mismo y la mayoría musulmana de Eretz Israel. La causa de ello estaba, para él, en que el pueblo árabe musulmán era "un pueblo, o el único pueblo, cercano a nosotros y a nuestro corazón, cuyo favor, amor y amistad hacia nosotros experimentamos ya en el pasado y aún pueden tener lugar en el futuro"[6] El optimismo de Sapir derivaba no sólo de las enseñanzas del pasado histórico - el florecimiento de los califatos árabes en la Edad Media - sino también de otras causas. Una de ellas era su apreciación del carácter de los árabes, sensibles, según él, a la justicia, la moral y el amor a los hombres. Aunque esas cualidades no siempre son visibles, la culpa de ello no es de los árabes sino de las difíciles condiciones en que se desenvuelve su vida. Otra razón del optimismo de Sapir estaba en su captación de la diferente actitud de los musulmanes hacia los judíos, en comparación con la de los cristianos. El odio de los árabes hacia los judíos provenía de disparidades políticas. Los árabes persiguieron a los judíos todo tiempo que los mismos representaron un escollo a la difusión del Islam. Una vez que lograron la victoria, su animosidad hacia los judíos sometidos se esfumó. Distinta fue la actitud de los pueblos cristianos, que siguen odiando y oprimiendo a los judíos a pesar de que éstos no compiten con ellos en el terreno político-nacional. Su enemistad es, pues, principista y eterna y no político-pasajera como la de los árabes. Por eso la ilustración europea acarreó el desarrollo del movimiento antisemita, mientras que el florecimiento de la Edad de Oro musulmana puso fin al odio antijudío.

Esa confrontación de las relaciones entre los judíos, por un lado, y los cristianos y los árabes por el otro, condujo a Sapir a la siguiente conclusión:

En Europa trabajaremos inútilmente por extirpar el odio hacia nosotros, legado de generaciones arraigado en el corazón de las naciones. Por eso, el único medio de salvar nuestra dignidad y nuestra fuerza es el de sustraernos de la influencia del   "consenso general". En cambio aquí, en los países que he citado, debemos evitar que otros se sometan a esa influencia. En la tierra de nuestros antepasados y en los    países vecinos tenemos que hacer público nuestro modo de ser, y a través de  uestra existencia misma y de nuestra actividad tenemos que convertirnos en una   protesta abierta contra toda la difamación en contra nuestro. Y fundamentalmente, debemos ser, en esos países y en su lengua y en su literatura, importantes "dueños de casa" y no huéspedes[7]. 

La concepción de E. Sapir merece ser analizada a fondo por varias razones. En primer lugar, su artículo es la primera manifestación pública en el periodismo hebreo que atribuye importancia al despertar nacional árabe y a la propaganda antisionista que lo acompaña. En segundo lugar, Sapir echó los primeros fundamentos de la concepción integracionista-altruista. El concedió gran importancia a la posición de los árabes frente al sionismo y creía que su concreción dependía en gran medida de la actitud árabe. Por eso preconizó que los judíos se condujesen en Eretz Israel de un modo ejemplar. Su fe en la reintegración de los judíos a la zona geográfica y al ámbito cultural-espiritual del que fueron desterrados, iba acompañada de una severa censura del cristianismo y del occidente, así como de una idealización del oriente musulmán. Las cualidades que atribuyó a los árabes y su propuesta de estudiar la cultura musulmana lo sindican como el fundador de la concepción integracionista.

El artículo de E. Sapir no despertó ecos en la prensa hebrea. Pasó desapercibido, quizás porque se abstuvo de criticar a los colonos judíos o al movimiento sionista.

El artículo que inició la polémica pública sobre la cuestión árabe y fundamentó ampliamente la concepción integracionista fue el de Itzjak Epstein - "La cuestión ignorada" aparecido en 1907 en Hashiloaj  (5667-5668). En su extenso y exaltado trabajo, I. Epstein criticó acerbamente el sistema de adquisición de tierras por parte de los judíos de Eretz Israel. Dicho sistema, que privaba de sus tierras a campesinos pobres, representaba a su juicio una inmoralidad que acarrearía a la larga un daño

político, puesto que los árabes no soportarían durante mucho tiempo ese trato y terminarían rebelándose contra la colonización judía. Como alternativa de ese método injusto y peligroso de colonización, propuso Epstein abstenerse terminantemente de expulsar árabes de sus tierras, limitarse a efectuar adquisiciones de zonas no pobladas y labrar sólo los suelos que hasta ese momento eran considerados ineptos para el cultivo.

A los fines de nuestro trabajo, no son importantes ni la descripción hecha por Epstein ni las propuestas que él formula. Lo que nos ocupa es la concepción político-ideológica sobre la que el autor basó su crítica y sus soluciones.

Al comienzo de su artículo, I. Epstein expuso una concepción política de gran significación en la historia de las relaciones entre los judíos y los árabes. A juicio suyo, "entre los problemas difíciles vinculados a la idea del renacimiento de nuestro pueblo en su país, hay uno cuya importancia equivale a la de todos los demás: nuestra actitud hacia los árabes. Esa cuestión, de cuya correcta solución depende el destino de nuestra esperanza nacional,  no fue olvidada sino que pasó totalmente inadvertida por los sionistas, y casi no es mencionada en su verdadero significado en la literatura de nuestro movimiento". Epstein fue, pues, el primero que supeditó expresamente la concreción del sionismo a la aquiescencia árabe. Más aún, él incluso llegó a decir que el país pertenece de hecho a dos pueblos, el judío y el árabe. El criticó a los dirigentes del movimiento sionista, ocupados en cuestiones de alta política, por no prestar atención "ni en la teoría ni en los hechos, al problema del pueblo que está asentado en el país, lo trabaja y es su verdadero dueño". Esos políticos se desentienden del hecho de que "hay en el país de nuestros anhelos todo un pueblo aferrado a él desde hace siglos, sin que jamás se le haya pasado por la mente abandonarlo" (pág. 193). Ese pueblo, según Epstein, no sólo está vinculado al país por los lazos del tiempo, sino también por los de sus sentimientos y las fibras de su ser. Por lo tanto "nos equivocamos de medio a medio sobre la psicología de un gran pueblo, vigoroso y fanático. Al sentir nosotros en toda su intensidad el amor a la patria de nuestros antepasados, olvidamos que también el pueblo que vive hoy en ella tiene un corazón sensible y un alma amante. Al igual que todos los hombres, el árabe está atado a su patria por poderosos nexos (págs. 194-195. El subrayado es mío).

Para Epstein, el hecho de que Eretz Israel fuese para los judíos el país de sus antepasados y para los árabes la tierra de su radicación, no se traducía en diferencia alguna en cuanto a la intensidad de sus sentimientos nacionales. Tanto los unos como los otros sentían idéntico amor por el país y lo consideraban su patria.

Al igual que E. Sapir, también Epstein estimó muy positivamente los rasgos del carácter del pueblo árabe. Sin duda alguna, su apreciación fue influida por una modalidad romántica en boga y por el anhelo confeso o inconfeso de muchos de los teóricos del sionismo de asistir a una renovación anímica y física del pueblo judío en Eretz Israel. Su artículo está colmado de manifestaciones de afecto y estima hacia los árabes, "pueblo grande y decidido", que "en su desarrollo corporal supera a todos los pueblos de Europa, que siendo casi vegetariano y limitándose a beber sólo agua, es más fuerte que los comedores de carne y bebedores de alcohol". El pueblo superior a todos es el druso, "la más noble entre las tribus árabes, célebre por su coraje, su arrojo, su contextura física, su esbeltez y numerosas otras virtudes espirituales" (pág. 196). Probablemente, la idealización de los árabes como contraste a la caracterización de los europeos estaba impregnada de la concepción sobre la decadencia de occidente y el renacimiento del oriente.

Fue en base a esas premisas, basadas todas ellas en el pueblo árabe - su status actual de dueño del país, sus derechos a esa patria y su noble carácter - que Epstein decantó su concepción ideológico-política sobre la cuestión árabe. En esa concepción se unían el utilitarismo, el altruismo y no poco de la tendencia misionera contenida en la idea de que el pueblo de Israel tiene encomendada una misión divina.

Antes que nada, Epstein quiso poner en guardia al movimiento sionista contra el peligro de crearse una imagen de movimiento colonialista, y particularmente contra su identificación con el carácter de la colonización alemana en Eretz Israel. Lo mueven a ello, a la vez, razones morales y utilitario-políticas: "Nos está prohibido causar daño a otro pueblo, máxime tratándose de un gran pueblo cuyo odio puede resultarnos sumamente peligroso" (pág. 198). La posibilidad de una coexistencia pacífica entre los judíos que retornaban a su patria y los árabes establecidos en ella derivaba de la autolimitación de los judíos, pero era también una resultante de la realidad objetiva. En esa realidad, el pueblo árabe, por dominar inmensos territorios, podía permitirse acoger en su seno a la colonización agrícola judía: más aún, ese pueblo debía "para su propio bien, introducir a los judíos a su país, porque él mismo carecía de fuerzas para mejorar su situación y evadirse de su pobreza y de su ignorancia. Sólo nuestro pueblo puede suplir las carencias del pueblo árabe" (El subrayado es mío). La utilidad resultaba, pues, recíproca: mientras un pueblo lograría nuevamente una patria, el otro alcanzaría el progreso. Así se produciría "el renacimiento de dos antiguos pueblos semitas, talentosos y de promisorio futuro, que se complementan mutuamente". Pero Epstein no se contentó únicamente con una alianza con los árabes basada en un acuerdo "que reportará grandes beneficios a ambas partes" (pág. 204). El enunció también ideas totalmente altruistas. A juicio suyo, el movimiento sionista, a más de brindar su ayuda a los campesinos árabes en el ámbito de la agricultura, debía ofrecerles toda la ayuda posible en otros terrenos:

Abriremos de par en par a los habitantes del país nuestros establecimientos públicos, como hospitales, dispensarios, bibliotecas, salas de lectura, comedores populares, cajas de ahorro y préstamos; organizaremos conferencias populares, representaciones teatrales y conciertos de canto acorde al espíritu y en la lengua de otros pueblos; dedicaremos un lugar destacado a la lengua árabe en nuestras escuelas y admitiremos en ellas, con la mejor voluntad, a los niños árabes; pondremos nuestros jardines de infantes a disposición de sus criaturas y con ello beneficiaremos en mucho a las familias pobres, tanto a nivel económico como en el campo de la higiene, y más todavía en el ámbito espiritual y moral.

El ideal altruista de Epstein ofrecía también un aspecto pragmático. Siendo, como lo fue, maestro, estaba convencido de que la educación tenía un efecto decisivo sobre el modelamiento de la sociedad. Por lo tanto pensaba que "ha llegado el momento de que comprendamos que la educación es nuestro gran móvil político y que le dediquemos lo mejor de nuestros desvelos públicos. (Págs. 204-205).

Epstein no dejó de captar la semejanza existente entre sus propuestas y la actividad de los misioneros cristianos. Lo que importaba, para él, era la diferencia entre la vocación religiosa de los misioneros y la buena voluntad desinteresada de los sionistas. Con todo, Epstein no se contentó con querer difundir la cultura entre los árabes, sino que preconizó una intervención más activa en otros terrenos de su vida. El sionismo, propuso, debe tomar a su cargo la función de "ángel de la paz" entre los árabes, promoviendo el entendimiento de las fuerzas en rivalidad, fomentando la cristalización y el desarrollo de "su conciencia nacional" (pág. 203).

Epstein creyó, pues, en la coexistencia de dos naciones en Eretz Israel. Fuera de ello, temió el despertar de un movimiento nacional árabe de tendencia antisionista (pág. 196). Por lo demás, aunque reconoció la nacionalidad árabe y le profesó gran estima, no le concedió en su visión el mismo status social que a la judía, puesto que a los judíos les estaba reservada, a su entender, el papel de educadores y guías de los árabes.

Concepciones parecidas a las de I. Epstein expuso ese mismo año Rabí Biniamín[8]  en las páginas de Hameorer. Pero mientras que I. Epstein, que conocía la realidad del país, abogó por una integración basada en la coexistencia de las dos naciones, Rabí Biniamín, alejado del país, preconizó una integración basada en la asimilación de los árabes en el seno de los judíos. Rabí Biniamín pensaba no sólo en una asimilación cultural, basada en la educación y la ayuda al otro pueblo, como lo propuso I. Epstein, sino también en una verdadera fusión con él. Los matrimonios mixtos entre judíos u árabes le parecieron un camino adecuado para mejorar el organismo del pueblo judío: "Y le darás tus hijos y tomarán de los suyos. Y su sangre de héroes se mezclará con tu sangre y así crecerás y una especie hallará a la que le cuadra y se convertirán en una sola".[9]

Tal fue la imagen que ofreció la concepción integracionista antes de la revolución de los "Jóvenes Turcos". Después de ella, al acrecentarse la fermentación nacional árabe antisionista en Eretz Israel, y en vista de los temores que provocó ese fenómeno entre diversos periodistas hebreos - tal como lo veremos más adelante - los partidarios de la salida indicada no renunciaron a su visión sino que, por el contrario, se afirmaron en sus posiciones, corroboradas, a su entender, por los acontecimientos. La oposición árabe a la colonización judía fue interpretada por ellos como una consecuencia del alejamiento judío de los árabes y de su consciente aislacionismo. La "orientación arabizante" de los partidarios de la posición que analizamos, orientación que derivó de su evaluación de la fuerza del pueblo árabe y de su desdén hacia el sionismo de tipo político, se intensificó después de la revolución de los jóvenes turcos debido a la decepción que le ocasionó al movimiento sionista la actitud hostil del nuevo régimen. La hostilidad del poder turco hacia la inmigración judía a Eretz Israel y la impotencia que revelaron los judíos de Turquía en la tarea de apoyar al sionismo en el parlamento, llevaron a Iosef Luria[10] a la conclusión de que "la principal fuerza en Eretz Israel son los árabes". Siendo ello así, cabría la posibilidad de que éstos depusiesen su oposición a la inmigración judía a Eretz Israel. El expuso el mea culpa del movimiento sionista”: Es preciso confesar la verdad".

Durante todos los años que realizamos nuestra actividad en Eretz Israel olvidamos por completo que en ella también hay árabes. Estos fueron "descubiertos" sólo en los últimos años. En todos los pueblos europeos vimos opositores a nuestra colonización y sólo olvidamos un único pueblo, el pueblo establecido en este país y aferrado a él. Casi no prestamos atención a la actitud de los árabes frente a nuestra inmigración, como si los árabes frente a nuestra inmigración, como si los árabes no formasen parte de la realidad".[11]  A su juicio, la actitud de los árabes frente al sionismo se había tornado más decisiva que la de los turcos. Estos nada podían hacer contrariando la voluntad de los árabes, que dominaban un importante sector del parlamento y tenían influencia, igualmente, sobre el aparato gubernamental. El sionismo se había desentendido y seguía desentendiéndose de los árabes. El ishuv judío no buscaba un acercamiento cultural y social a los árabes y, lo que era aún más peligroso, tampoco intentaba explicar sus intenciones a la mayoría musulmana de Eretz Israel, abandonándola a su suerte frente a la propaganda hostil de los árabes cristianos. Por si fuera poco, el ishuv judío no se preocupaba por disipar las naturales sospechas de las masas musulmanas árabes, que temen que "los judíos los expulsados del país". Luria concluyó su artículo con una grave advertencia: "Hemos permanecido callados durante todos estos años y seguimos callando actualmente. El destino de nuestra labor y su desarrollo están en manos de ellos y nosotros seguimos guardando silencio y esperando".[12]

Para los partidarios de la concepción que consideramos, la suerte de la actividad práctica sionista e incluso de las aspiraciones máximas sionistas, dependían de un acuerdo con los árabes. Ese acuerdo estaba supeditado a su vez a la integración judía al oriente, a la ayuda que el sionismo prestase a los árabes y a su capacidad de ganarse su confianza. En 1912, Rabí Biniamín rechazó públicamente los conceptos de Ajad Haam sobre el futuro de la colonización judía en Eretz Israel.[13]  El acusó a Ajad Haam de que al poner en tela de juicio la posibilidad de la creación de una clase de campesinos y trabajadores agrícolas judíos, renunciaba de hecho a la idea de una colonización judía masiva en Eretz Israel. Al pasar a considerar las posibilidades prácticas de tal colonización masiva, Rabí Biniamín sostuvo que en el país había lugar para cinco millones de habitantes y la presencia de algunos centenares de miles de árabes no implicaba un escollo insuperable en ese sentido. Eso, claro está, a condición

de que los sionistas supiesen ganarse su buena voluntad y obrar al unísono con ellos en la tarea de desarrollar y hacer progresar al país. En su opinión, no existía una contradicción esencial y eterna entre los pueblos judío y árabe. Los roces actuales eran transitorios y secundarios. El verdadero interés de los dos pueblos estaba en su unión, "para una única meta y para la ayuda mutua". Pero la reciprocidad de que hablaba Rabí Biniamín no reflejaba sino su intención de incorporar a los árabes a la sociedad judía. Pero eso fue que propuso educar a los árabes hacia una "vida culta e higiénica", recurriendo al expediente de "construir barrios cuidados para los elementos autóctonos urbanos".[14]  En su entender, esa construcción no requería la inversión de fondos judíos, bastando a ese fin un aporte en talento, experiencia y energía. Una actitud tal, sostuvo Rabí Biniamín, no sólo traería aparejada una utilidad política inmediata, sino que serviría también de expresión principista de nuestra actitud hacia los árabes. "La cuestión de la actitud del judío hacia el árabe no es cosa de política práctica y de intereses, de cálculo y de astucia, sino un problema fundamentalmente moral y social, dentro del ámbito de las relaciones humanas".[15]    

El ideal moral altruista de Rabí Biniamín excedió, pues, el ámbito de las relaciones entre judíos y árabes cobrando visos de ideal universal. Un año más tarde, en 1913, propuso el rabino construir en Jerusalem un "Templo de la Paz"; "Puesto que Jerusalén se singulariza en el mundo por su santidad para los tres cultos monoteístas, corresponde que los representantes de los tres credos se unan en un culto común en el "Templo de la Paz".[16]El Templo de la Paz, que se construiría con fondos del pueblo judío, estaría destinado a servir de centro cultural para todos los pueblos. Los miembros de todas las naciones se educarían en él hacia una vida de paz y de cooperación internacionales y de él saldrían emisarios y educadores, hacia todos los rincones del mundo, a propagar los ideales de la paz universal.

Esas ideas condujeron a Rabí Biniamín a criticar abiertamente la posición del movimiento obrero en cuanto al trabajo hebreo. A pesar de sus simpatías por los jóvenes judíos que luchaban por "la conquista del trabajo", y a pesar de reconocer que el principio del "trabajo propio" abrazado por esos jóvenes de la Segunda Aliá  era un requisito indispensable del renacimiento nacional, negó su actitud irreductiblemente opositora al trabajo de los obreros árabes en las colonias judías. Su argumento era que nos estaba prohibido basar la vida nacional judía en una única premisa, la del "trabajo propio", puesto que "la vida nunca se basa en una única condición. En la vida hay 613 condiciones e incluso más aún, y el ishuv es una forma de vida. La vida del ishuv depende, pues, del cumplimiento de diversas condiciones. Y una condición imprescindible en la vida del ishuv es la creación de un vínculo amistoso con el pueblo establecido en el país".[17] 

El expositor más extremo de la tendencia integracionista en el oriente fue un hijo de la comunidad sefardita, nativo de Eretz Israel y discípulo de la Universidad de El Cairo - e incluso docente en ésta - el doctor Nisim Malul.[18] El abogó por una incorporación absoluta a la cultura árabe como requisito previo para la renovación de la primitiva cultura hebrea. Si nosotros - sostuvo - los herederos de Rabí Iehudá Halevi y Maimónides, deseamos ir en pos de esos maestros, debemos dominar perfectamente el idioma árabe y fundirnos con los árabes… Como nación semita, debemos "apuntalar nuestra nacionalidad semita y no diluirla en la cultura europea. A través del árabe podremos crear una cultura realmente hebrea. Pero si introducimos en ella elementos europeos, prácticamente nos suicidaremos".[19]  La aspiración a una síntesis cultural total hebreo-árabe como antítesis de la cultura occidental, llevó a Nisim Malul a proponer la creación de una organización común a los maestros judíos y árabes. Una de las finalidades de dicha asociación sería la de buscar un nuevo sistema de enseñanza del idioma árabe.[20]

En la polémica con sus detractores - tema sobre el que volveremos más adelante - Nisim Malul llegó a afirmar que la existencia nacional o el renacimiento nacional no dependen del renacimiento idiomático. Para probar su acierto invocó el caso de los judíos europeos reputados nacionalistas, como Max Nordau, que "hablan y escriben en un idioma extraño".

Creo que fue en esa concepción tan desafiante y herética de Nisim Malul que la tendencia a la integración altruista alcanzó su punto culminante. A pesar de las diferencias de actitud entre sus expositores, éstos se caracterizaron por el sustentamiento de varios principios comunes. Todos ellos reconocieron la existencia de una nación árabe en el Imperio Otomano en general y en Eretz Israel en particular; revelaron una actitud de profunda estima por el carácter del pueblo árabe y por la cultura árabe-musulmana; propugnaron la máxima ayuda a los árabes por parte del movimiento sionista como imperativo moral y como norma de utilidad práctica. Políticamente, supeditaron la realización del sionismo, en el presente y en el futuro, al consentimiento de los árabes. Pero ninguna de esas premisas atentaba contra su sionismo maximalista. Todo lo contrario. Precisamente en la materialización de su concepción integracionista, veían la condición indispensable para la concreción de un ideal sionista de vastos alcances.

2º.    LA CONCEPCION AISLACIONISTA

La concepción aislacionista se contrapuso diametralmente a la que acabamos de revistar. Nacida de la confrontación con las ideas de I. Epstein, fue   cristalizando en un sistema de posiciones ideológicas que contradijo en todo y en cada una de sus partes la concepción de Epstein y de quienes se identificaban con sus puntos de vista. Al sentimiento de respeto y valoración respecto de los árabes opusieron los partidarios de la escuela separatista una actitud desdeñosa; a la igualdad de derechos de ambos pueblos, la pretensión de una propiedad exclusiva hebrea sobre Eretz Israel; a la aspiración de integración y reciprocidad, la idea del distanciamiento cultural; a la esperanza en la paz, la convicción de la inevitabilidad de la confrontación nacional.

La primera manifestación de esa escuela de pensamiento puede hallarse en el artículo del historiador y escritor judío Iosef Klausner, aparecido casi simultáneamente con el de I. Epstein. Klausner se pronunció decididamente en contra de una posible asimilación de los colonos judíos de Eretz Israel a la cultura árabe, viendo en ella un peligro. Tal peligro se evidenciaba para él en la conducta de los jóvenes de las colonias judías que imitaban los usos de los árabes, y en la de ciertos escritores judíos de Eretz Israel que aplaudían esa imitación. La imitación de los actos de arrojo beduinos y la admiración por ellos, manifestó Klausner, es peligrosa por dos motivos. Dado que "nosotros los judíos, desde hace dos mil años y más, vivimos entre pueblos cultos, es imposible e indeseable que descendamos otra vez al nivel de cultura de los pueblos semisalvajes. Fuera de ello, toda nuestra esperanza radica en que algún día seremos los dueños del país y esta esperanza no se basa ni en la espada ni en los puños, sino en la ventaja cultural que tenemos sobre los árabes y los turcos, ventaja que nos irá otorgando paulatinamente una influencia mayor".[21] Los fundamentos de la concepción separatista - el aislacionismo, el ensoberbecimiento y el propósito de poseer el país con exclusividad - se encuentran, pues, expresados ya en el párrafo citado.

Klausner entendió que el enfrentamiento nacional entre los dos pueblos era inevitable. Refiriéndose a los choques que estallaron en Iafo en 1908 entre obreros judíos de la Segunda Aliá y las muchedumbres árabes, escribió: "Me consta que en definitiva no podrá edificarse un pueblo sin choques y sin derramamientos de sangre, pero por ahora no hay necesidad de ellos y es preciso posponerlos en la medida de lo posible.[22] 

El enfrentamiento es pues inevitable, pero la prudencia política y nacional dictan su postergación.

Las reacciones más violentas e indignadas contra el artículo de I. Epstein por parte de los que compartían puntos de vista similares a los de I. Klausner, provinieron de escritores y colonos judíos de Eretz Israel. El primero en levantar su voz fue Moshé Smilansky, quien utilizó la tribuna de Hapoel Hatzair. En las ideas altruistas de I. Epstein vio M. Smilansky una amenaza a la causa nacional. El concede que sea impropio incitar a los campesinos árabes por medio de una política dura a levantarse en contra de la colonización judía, pero "nosotros no debemos ayudarlos a fortalecerse. Nuestro objetivo fundamental debe ser lograr ser la mayoría en nuestro país. Todo lo que atente contra esa meta es un pecado de lesa nacionalidad". El medio para lograr la mayoría en el país es la separación, que permitirá fortalecer a la población judía a través de la concentración de los recursos nacionales en su exclusivo favor. El aislamiento evitará la corrupción de las costumbres y el descenso del nivel cultural de los judíos que sobrevendrían como consecuencia del contacto con los árabes: "No nos acerquemos

demasiado a los falajim árabes, para que nuestros hijos pequeños no vayan por su camino y no imiten sus feas acciones. Quien es fiel a la Torá se apartará de la fealdad y de lo que se le asemeje; se alejará de los falajim de viles costumbres".

Refiriéndose a la cuestión moral que planteaba esa concepción aislacionista, adujo M. Smilansky:

¿No es moral? Es bastante moral. No puede llamarse moral la entrega del débil a manos del fuerte, en espera de que el mismo se comporte con rectitud. Moral es el acto que le permite al débil semejarse al fuerte. Nosotros no queremos permanecer débiles, implorando la piedad y la justicia de nuestros adversarios. Seremos agresivos como ellos y más que ellos. Entonces podremos hablar también nosotros en voz alta y entonces podremos concertar la paz con ellos, sobre un plano de igualdad".[23]

A  juicio de M. Smilansky, entonces, el egoísmo nacional y el separatismo son la resultante de la debilidad del ishuv  judío en Eretz Israel. Paradójicamente, por ellos pasa el único camino político que brinda la posibilidad de la coexistencia futura entre los dos pueblos, coexistencia que sólo será accesible sobre una base de igualdad de fuerzas.

No menos terminante en su  oposición a las ideas de Epstein fue Zeev Smilansky. En un artículo por él publicado en Haolam - vocero del movimiento sionista - poco después del estallido de la Revolución de los Jóvenes Turcos, atacó uno a uno los argumentos de aquel.[24]  Comenzó por afirmar que Epstein sufría de una disociación de su personalidad, puesto que se debatía entre sus simpatías y su piedad por los árabes y sus anhelos y su conciencia nacionales. Por eso - según Z. Smilansky - Epstein oscilaba entre los compromisos y el extremismo. Z. Smilansky negó el derecho nacional de los árabes sobre Eretz Israel puesto que no constituían - en su opinión - una nación. Los árabes no son sino, dijo, una sociedad fragmentada en castas y tribus, que se oponen y se combaten entre sí. Refiriéndose al aspecto moral de las relaciones entre los judíos y los árabes, negó la propuesta de prestar la asistencia del movimiento sionista a los árabes, invocando dos razones: la carencia de medios suficientes y el peligro que la difusión de la cultura entre los árabes reforzase su oposición al sionismo en lugar de moverlos a entenderse con él por lógica y por agradecimiento, como lo pensó Epstein.

Esa posición nacional-egoísta fue explicada por el mismo Zeev Smilansky y del siguiente modo:

El Sr. E-n (Epstein) expresa su temor ante un excesivo egoísmo de nuestra parte. Tenemos el deber de diferenciar entre las dos clases de egoísmo existentes en el mundo. El uno es el de los que se dedican exclusivamente a sí mismos negando el derecho ajeno, con lo que desatan la violencia, y el otro es el egoísmo de quienes se defienden y se preocupan en primer lugar por sí mismos. El egoísmo de la primera clase debe ser combatido y puede ser debilitado paulatinamente. Pero el egoísmo de la segunda categoría no tiene ninguna posibilidad desaparecer. En nada ayudarán las normas y todas las prohibiciones que invoquen la justicia absoluta. El hombre que siente apego por la vida no podrá olvidar jamás su propio yo, porque el mismo reviste una trascendencia vital que es la que lo empuja a alejarse de la muerte[25].

Esa psicología individual es aplicada por Z. Smilansky al ámbito colectivo y político. Para él, las potencias imperialistas son movidas por impulsos egoístas de la primera categoría, puesto que su intención no es otra que la de someter a los demás pueblos. En cambio, el egoísmo nacional del movimiento sionista pertenece al segundo grupo, por ser la justa opción en la alternativa del ser o no ser.[26]  De modo que el alejamiento de esa línea, ya sea derivando recursos judíos a los árabes como absteniéndose de adquirir tierras aptas para el cultivo, puede traducirse en un riesgo nacional. Z. Smilansky destacó, sin embargo, que él no predicaba la expulsión de los árabes. También esa actitud suya, con todo, la basó en el egoísmo nacional, alegando que los árabes constituirían en el futuro un mercado para la producción industrial judía.

Zeev Smilansky continuó atacando la posición de Epstein en una serie de nuevos artículos, aparecidos en Hashiloaj.[27]  En su artículo en Haolam había atacado la concepción altruista de I. Epstein. En Hashiloaj la emprendió contra su tendencia a la integración. La presencia de masas árabes en las colonias - sostuvo - hace peligrar al ishuv judío tanto desde el punto de vista cultural como del militar. Al igual que M. Smilansky, Zeev Smilansky califica los rasgos de carácter de los árabes como negativos y sus costumbres como feas, sosteniendo que todo ello influye desfavorablemente sobre la juventud judía de las colonias. Pero el mayor de los peligros de la integración árabe es para él militar. "Nuestros campesinos - dice - deben evadirse de sus concepciones estrechas y observar más profundamente el sentido de las cosas. Ellos deben comprender que se avecina una época nueva, cargada de tensiones nacionales, en la cual estallará en nuestro país un enfrentamiento nacional.[28]   En razón de la cual hay que evitar sumar a la tensión nacional ineludible el fervor social que habría de expresarse en la consigna de "la tierra pertenece a los que la trabajan".[29] 

La advertencia sobre la proximidad de un enfrentamiento nacional, formulada por Z. Smilansky poco después de la Revolución de los Jóvenes Turcos, tuvo tonalidades proféticas. Efectivamente, el choque entre los dos pueblos, que fue sólo una profética advertencia en boca de Z. Smilansky y de otros, se transformó en una realidad evidente poco después.

El enfrentamiento comenzó por manifestarse en el ámbito político. La legitimación que la nueva Constitución otorgó a la organización parlamentaria sobre una base nacional condujo a la formación de una fuerte fracción parlamentaria árabe otomana que de inmediato emprendió una clara lucha antisionista.[30]   Este hecho provocó serios temores y preocupaciones en el seno de la población judía de Eretz Israel y del movimiento sionista. Difícil resultaba alegar, a partir de ese momento, que la oposición al sionismo provenía fundamentalmente de los círculos cristianos que eran sólo una minoría en la población árabe. Ante la enemistad manifiesta de la representación árabe electa se perfiló en el periodismo hebreo una neta línea política que propugnó la coordinación de los intereses turco y judío, en contraposición al interés nacional árabe. En abierta contraposición a los partidarios de la concepción integracionista, que supeditaron la realización del sionismo a la aquiescencia árabe, sostuvieron los partidarios de la posición aislacionista que había que aprovechar la tensión creada entre los turcos y los árabes para cooperar con los primeros.

Tal opinión fue expresada de un modo inequívoco y terminante por Zeev Jabotinsky, en un artículo aparecido en 1909 en el vocero oficial del movimiento sionista, Haolam.[31] En opinión de Jabotinsky, el carácter nacional-unitario del nuevo régimen turco lo conduciría bien pronto a un choque con todo otro organismo nacional de similar orientación en el Imperio Otomano. Un organismo nacional de ese tipo, llamado a chocar indefectiblemente con las aspiraciones nacionales de los turcos, era para él "una única nación, la árabe". Esta superaba por su número a la nación turca. De los 24 a 26 millones de habitantes del Imperio, eran turcos de siete a nueve, y árabes de nueve a once millones. Los árabes contaban con una cultura antigua y un centro nacional-espiritual en Egipto. Jabotinsky puso en duda la existencia - ya en esa etapa - de un movimiento nacional árabe, pero sostuvo que los elementos objetivos apuntaban en dirección al desarrollo de un movimiento "nacional agresivo en un futuro no lejano". Y ese análisis fue el que lo llevó a una conclusión político-nacional bastante paradójica.

Para Jabotinsky, la amenaza que se cernía sobre la hegemonía turca con la mera presencia de un inminente movimiento nacional árabe, no habría de originar un entendimiento turco-árabe a costa del movimiento sionista, sino lo contrario. El gobierno turco habría de comprender bien pronto que el movimiento sionista estaba llamado a servir de instrumento para socavar la homogeneidad nacional árabe en Eretz Israel. Por lo tanto, el temor de los turcos ante concentraciones territoriales de otros pueblos no sería aplicable a Eretz Israel. A estar a la concepción política optimista de Jabotinsky.

No será difícil hacer partícipes a los Jóvenes Turcos de la convicción de que su temor a la concentración de una determinada nación en un solo lugar, nada tiene que ver con la afluencia de los judíos a Eretz Israel. En esa Eretz Israel, que por ahora no es sino una parte de las tierras árabes, tierras que pertenecen a una sola nación que habla un único idioma. La afluencia de los judíos a Eretz Israel no representa por ahora la concentración de una única nación; por el contrario, nosotros estamos creando un nuevo factor nacional en un lugar que era casi homogéneo.[32]  

De lo transcripto se desprende que para Jabotinsky, la presencia de una nación árabe homogénea en Eretz Israel venía a servir paradójicamente el interés sionista, y no lo contrario. Porque, en su razonar, si Eretz Israel hubiese constituido un vacío desde el punto de vista nacional, la colonización judía hubiese significado un intento de crear una homogeneidad nacional opuesta al interés de los turcos, mientras que tal como se daban las cosas en la realidad, la colonización judía venía a conmover una homogeneidad nacional preexistente Dicho de otra manera, el interés imperial turco de divide e impera, coincidía en esa etapa con el interés sionista. Para dividir, había que crear antes el factor llamado a servir a ese propósito. Por eso pensaba Jabotinsky que a medida que fuese intensificándose la competencia política entre los turcos y los árabes, "los turcos verán con mejores ojos el aumento de nuestro número en Eretz Israel. La magnitud de las fuerzas árabes será la que intensificará paulatinamente las simpatías turcas por nosotros". Dicho eso, "nosotros necesitaremos obrar con tacto y con cautela, de modo que al valernos de esas simpatías para el desarrollo de nuestros poblados y el aumento de nuestra influencia, tomemos en consideración, al obrar, los justos sentimientos de los árabes".[33]De modo que a pesar de su llamado a abstenerse de afectar a los árabes, Jabotinsky pertenece al grupo de quienes no creyeron en la posibilidad de una integración judeo-árabiga, y a quienes disgustaba la cooperación entre las dos naciones prefiriendo, en cambio, la idea de la integración política al Imperio Otomano, por su carácter nacional heterogéneo. Esa idea encontró muchos partidarios en las más distintas y hasta encontrados esferas de opinión, pero pocos de ellos la fundamentaron en el enfrentamiento turco-árabe como Jabotinsky. Quien dió su franco apoyo a esa idea fue Eliezer Ben-Iehudá.[34]     

A medida que iba intensificándose la tensión entre los judíos y los árabes, la posición separatista fue concitando el apoyo de numerosas personalidades. En el plano cultural político, A. Lodopol[35]  juzgó que el intento de crear un periódico hebreo-árabe para promover una acción de esclarecimiento en el seno de los árabes, representaba una tendencia asimilacionista a la cultura musulmana por parte de los miembros de la comunidad sefaradita. El rechazó esa idea, sostenida por el periódico Hajerut, mofándose de la eficacia del esclarecimiento y remitiéndose por entero a la fuerza organizada de la nación hebrea. Sólo la fuerza nacional organizada tendrá sentido - sostuvo - frente a los turcos y los árabes. "Tanto en lo que al uno como en lo que al otro respecta, lograremos subsistir, no por la fuerza de un periódico árabe, sino a través de la organización de nuestras fuerzas, como brazo organizado de la nación hebrea. Del mismo modo que los armenios son la fuerza organizada de la nación armenia.[36] 

Un año más tarde, Lodopol atacó enconadamente a N. Malul por su propuesta, antes descripta, de una integración cultural judeo-árabe. En esa idea de Malul vio Lodopol no sólo una prédica en favor de la asimilación, sino incluso un absurdo que contradecía la lógica de la historia del pueblo judío: "Si el pueblo de Israel no se asimiló a pueblos con una cultura elevada, no cabe duda que se sacudirá de encima a quienes lo convocan a asimilarse a un pueblo cuya falta de capacidad creadora salta a  la vista en los páramos de nuestra tierra por él habitada desde hace siglos". Lodopol no sólo juzga a los árabes como inferiores a los judíos a nivel cultural sino que está convencido de que el proceso histórico obra en favor del sionismo, al que no podrá frenar ninguna fuerza que se le oponga. Por  eso, en contraposición total a M. Malul, Lodopol prevé una integración a la inversa: la de los árabes a la cultura judía. El está convencido de que "llegará el día en que los habitantes del país deberán aprender el hebreo, y la necesidad hará lo suyo".[37]

Mientras A. Lodopol expresaba sus temores ante la posibilidad de la asimilación judía en el seno del pueblo árabe, el escritor I. J. Brener hizo público, con un vigor sin precedentes en su época, su temor ante el odio abismal que los árabes sentían hacia los judíos. Atacando con absoluta falta de piedad la concepción integracionista-altruista de Rabí Biniamín, escribió Brener: "En esa actitud ideal hacia el mundo, en esos sueños infantiles y piadosos, que ningún fundamento encuentran en los más profundos instintos del hombre, se esconde a mi juicio la inmoralidad, sí, la inmoralidad. Porque derivan de una inadecuada asimilación de la amarga realidad".[38] Para Brener, evadirse de la realidad era inmoral. Pero, ¿cuál era, a su juicio la realidad? El sostenía que,

En la pequeña Eretz Israel viven, a más de otros pobladores, no menos de seiscientos mil árabes, que a pesar de toda su falta de cultura son los dueños de este país, de hecho y de conciencia, y nosotros acudimos para introducirnos y para vivir entre ellos, porque la necesidad nos obliga a ello. El odio entre nosotros existe, debe existir y existirá. Ellos son más fuertes que nosotros en todos los sentidos y pueden pulverizarnos. Pero nosotros, los hijos de Israel, estamos habituados a vivir como débiles entre los fuertes y debemos estar dispuestos a experimentar aquí los resultados de ese odio, y a valernos de todos los débiles medios a nuestro alcance para  subsistir incluso aquí.

Estamos habituados a ello, a vivir rodeados del odio, llenos de odio…¡Así debe ser! ¡Malaventurados los débiles que aman!  Estamos viviendo desde que nos constituimos en pueblo. Pero ante todo, se requiere una comprensión adecuada de la situación. Ante todo, nada de sentimentalismos y de idealizaciones.[39]

Dirigiéndose directamente a Rabí Biniamín, exclama Brener, con ese furor tan típico de él: "¿Para qué, Rabí Biniamín, hay que hablar de amor por nuestros vecinos, los pobladores de ese país, si ellos y nosotros somos enemigos a muerte? ¡Sí, enemigos! ¿A qué meter de balde ideales condenados de antemano al fracaso, en las relaciones entre los dos pueblos? ¡La actitud idealista es traicionera, hoy y siempre![40]  

Esa decepción tan negra de Brener en cuanto a las posibilidades de una coexistencia pacífica entre los dos pueblos debe ser atribuida no solamente a la realidad imperante, sino también al carácter del escritor, en  el que se aunaban intensamente la desesperación y la esperanza.[41] Brener no pregona las concesiones, sino una empedernida y combativa resistencia. La concepción separatista de Brener es tal vez la más extrema, pero de ningún modo le es exclusiva en su época. En 1914, también Iehoshúa Barzilai se dejó ganar por esa idea separatista. En un artículo escrito ese año, expresó su optimismo respecto del futuro de la colonización judía en Eretz Israel. Opinó que la actitud ante los árabes debía ser justa y que había que ayudarlos por distintos medios, pero de ningún modo cabía la posibilidad de renunciar en algo o de someterse por un solo momento a sus pretensiones. No tiene sentido propiciar el aprendizaje de la lengua y de la cultura árabes, tanto porque su cultura está poco desarrollada como por el hecho de que su lengua no les es necesaria a los judíos, fuera del uso rudimentario. Es preferible aprender el idioma turco y no el árabe. Los judíos pueden aprender de otros colonos cómo ganarse el respeto de los árabes: "Si nosotros pretendemos que los árabes nos traten con respeto, tenemos que aprender de los alemanes, que no toleran ninguna cercanía entre ellos y los árabes. Su trato es frío y distante: sólo aprenden los rudimentos del árabe que les son imprescindibles para atender a sus necesidades más elementales, y nada más".[42]   Por otro lado, Barzilai cree en la posibilidad de la coexistencia judeo-árabe en base a la autonomía nacional. Sólo que eso es cosa del futuro, después que la población judía llegue a controlar una posición equiparada a la de los árabes gracias a una política de preferencia nacional como la del "trabajo hebreo" y el separatismo con miras al atrincheramiento.

El separatismo de Iehosúa Barzilai es también paternalista. El propone apoyar a los árabes para que los mismos sean en el futuro dignos de los judíos, como vecinos y como hermanos. "Pero eso debe hacerse con plena conciencia de nuestro propio valor nacional, sin ninguna concesión. Sólo entonces los árabes nos respetarán e incluso aprenderán a estimarnos". Sólo que esa esperanza para el futuro no convierte ipso facto a los árabes en un factor político con el cual hay que tender un entendimiento en el presente. En efecto, el entendimiento significa concesiones y éstas son perjudiciales. Los árabes las tomarán como índice de flaqueza y con ello el entendimiento perderá toda su significación.[43] No podemos concluir el análisis de la posición separatista sin referirnos brevemente a los conceptos de dos figuras que se contaron entre las más sobresalientes de las colonias judías: Abshalom Fainberg y Aharón Aharonson. Tanto desde el punto de vista de la época como del de las fuentes, la referencia a sus concepciones excede los límites de este trabajo, pero por el hecho de que los nombrados expresaron sin duda alguna el pensamiento de parte de los jóvenes de las colonias, consideramos necesario citarlos aquí. A. Fainberg describió ante Henrieta Sold la colonización en Eretz Israel, como una lucha entre la cultura por un lado y el salvajismo por el otro. La conversión de los yernos del país en vergeles, por los judíos, sólo fue posible gracias a su valentía y a la rudeza que pusieron de manifiesto frente a los árabes. Del mismo modo, la obra colonizadora de los judíos sólo podrá subsistir en el futuro detrás de alambradas de púas. Esa política del atrincheramiento detrás de las alambradas tiene un valor educativo para los árabes al impedirles los asaltos y las rapíñas.[44]

En cuanto a los árabes, A. Fainberg dijo abiertamente: "He vivido siempre entre ellos y difícilmente pueda convencerme alguien de lo contrario: no existe otra raza que sea tan cobarde, hipócrita y falsa como ésa".[45]

También Aharón Aharonson, amigo y maestro de Fainberg, pensaba de un modo similar sobre los árabes. Estos carecen, a su juicio, del sentimiento de la justicia y de los derechos humanos. Los opresores y los oprimidos entre ellos consienten en la arbitrariedad como cosa sobreentendida, como si se tratase de una expresión inapelable de la voluntad divina. Son desagradecidos y fatalistas.[46]  Atento a esa apreciación, Aharonson justificó plenamente la política de absoluta separación entre judíos u árabes. En un informe que escribió en 1917 para los servicios de inteligencia británicos explicó que "desde el punto de vista nacional-cultural, educativo, técnico e higiénico, deberíamos velar por una política tal para evitar el desmoronamiento del movimiento renacentista judío. En los contados casos en que no logramos mantener nuestra línea con la debida severidad, fracasamos en un sentido nacional".[47]   Difícil resulta comprender cómo pensó resolver Aharonson la contradicción entre su deseo de separación y la explotación del trabajo árabe barato en la economía agrícola judía, a menos que se acepte que su concepción ideológica se nutría del sentimiento de superioridad de los amos. Sea como fuere, para Aharonson, los árabes, en todos sus estratos - tanto la élite dominante como los elementos más simples del pueblo - no constituían una contraparte digna para negociar con ella respecto del futuro de Eretz Israel. Ese futuro debía ser fijado en base a la coincidencia de intereses entre el movimiento sionista y la potencia imperialista dominante en la zona, vale decir, Gran Bretaña. De hecho, su línea de pensamiento fue la continuadora natural de la concepción política que pensó en edificar un ente nacional judío en Eretz Israel con el concurso de los intereses de la potencia otomana. El principio fundamental seguía siendo el mismo; sólo cambiaba el sujeto de la cooperación.

3º.    LA CONCEPCION LIBERAL-PRACTICA

Entre las dos concepciones polares - la integracionista y la aislacionista - se ubica la posición práctica, orientada fundamentalmente a disminuir la virulencia del conflicto judeo-árabe sin renunciar a la posibilidad de ampliar la obra colonizadora judía en Eretz Israel. Los partidarios de esa posición preconizaron una actitud correcta y justa frente a los árabes, aunque siempre manifestaron su prevención respecto de sus intenciones futuras. Aunque estuvieron en favor de la cooperación política con la élite dominante árabe, la supeditaron a una coordinación con el Imperio Otomano, sin atreverse a oponerse a sus intereses. Propusieron prestar ayuda a las masas árabes, pero no directamente sino a través de la dirección tradicional.[48]   Convencidos de que la utilidad práctica que la obra sionista en diversos órdenes acarreaba a los árabes moderaría su actitud y reduciría su odio, dudaron de que ésta bastase para hacer deponer del todo su oposición. La suya fue, pues, una concepción política moderada, escéptica, que compartieron numerosos círculos. Entre éstos se hallaban Ajad Haam y Moshé Smilansky, que había rectificado su actitud hacia los árabes; los activistas sionistas eretzisraelitas Arthur Ruppin y Iaacov Tohn y los delegados del movimiento en Constantinopla, Avigdor Jacobson y Richard Lichtheim. También revistaron en sus filas varios intelectuales, en su mayoría pertenecientes a la comunidad sefaradí de Eretz Israel, agrupados en torno del periódico Hajerut. 

El primero que puso en guardia a la población judía de Eretz Israel contra la posibilidad de un enfrentamiento general con los árabes fue Ajad Haam. Al resumir en una nota de tono crítico las impresiones de su primer viaje al país, en 1891, fustigó duramente la actitud de menosprecio que manifestaban respecto de los árabes los miembros del movimiento de los "Amantes de Sión". Contrariamente a los que se afirma, el árabe nada tiene de salvaje ni de ignorante ni de ingenuo. "Como todos los hombres, el árabe tiene ingenio y astucia". La relativa moderación que los árabes manifestaban por ese entonces respecto de los colonos judíos la atribuyó Ajad Haam al provecho que aquellos obtenían de la colonización de estos últimos. Pero "si sobrevendrá un día  en  que la  vida  de  nuestros  connacionales  en  Eretz   Israel  se desarrollará lo suficiente como para relegar a un segundo plano a los nativos, éstos no renunciarán fácilmente a sus posiciones".[49]Ajad Haam predijo, entonces, el enfrentamiento árabe-judío como resultado de la modificación del status quo de las fuerzas nacionales en Eretz Israel. El coincidió con los conceptos difundidos entre los colonos en el sentido de que los árabes, por su misma naturaleza, respetan la fuerza y el coraje. Pero no por eso dejó de poner en guardia  a estos colonos contra el uso de medios reprobables y contra una actitud injusta respecto de los árabes. Una actitud tal despertará en los árabes sentimientos de odio y deseos de venganza que habrán de estallar en el futuro.[50]   De las advertencias de Ajad Haam se desprende que una conducta apropiada de parte de los judíos tendría la facultad de moderar la oposición árabe y mitigar su enemistad.

Catorce años después de publicado el artículo de Ajad Haam, en 1905, volvió a exponerse una posición similar en las páginas de Hashiloaj. El autor, Jermoni [51] analizó en su artículo el carácter social y el contenido ideológico del despertar nacional árabe en cierne, tanto en Eretz Israel como fuera de ella. Al llamar la atención de sus lectores sobre la amenaza involucrada en ese despertar - a pesar que sólo daba sus primeros pasos y era atribuido a círculos muy limitados - propuso que el movimiento sionista adoptase dos medidas: a) "observar con ojos abiertos todo lo que acontece con los árabes y anticipar el remedio a la enfermedad, alejando el peligro antes que se desarrolle, para lo cual no cabe sino redimir el país, aumentar la población judía a través de la concentración de inmigrantes en Eretz Israel, de a poco y por todos los medios posibles";  b) procurar mantener relaciones de buena vecindad con los árabes, de modo "que ni vestigios queden de esa actitud despótica y de mando hacia ellos, que comenzó a imperar en las colonias del Barón. [52]Dentro de esa línea de pensamiento, que abogó por una política colonizadora cautelosa pero ininterrumpida, puede ubicarse también el programa de Ruppin de crear concentraciones mayoritarias judías en distintas zonas de Eretz Israel, que quedarían unidas entre sí por una cadena ininterrumpida de colonias. Ese programa fue expuesto por Ruppin en un memorándum elevado por él al Comité de Acción Sionista en 1907, después de retor