LA SINGULARIDAD DEL MOVIMIENTO NACIONAL JUDIO 
LA SINGULARIDAD DEL MOVIMIENTO NACIONAL JUDIO
por SHMUEL ETINGUER



Aparentemente, nada tan distante del pueblo judío como los movimientos nacionales surgidos en Europa después de la Revolución Francesa. Es que los judíos comenzaron a verse a sí mismos como nación, como conglomerado caracterizado por una especificidad, una religión y una comunidad de destino propias, con una antelación de milenios que se remonta a la antigúedad bíblica. La conciencia nacional y los movimientos nacionales europeos, en cambio, nacieron de tendencias modernas a impulso de procesos políticos, sociales, culturales y psicológicos acaecidos en las postrimerías del siglo XVIII y en el curso del siglo XIX. Pero pese a la continuidad histórica del pueblo judío y a la persistencia de su conciencia colectiva, también el movimiento nacional judío integra, en muchos aspectos, la corriente nacional europea, habiendo hecho su aparición, como movimiento social y político, incluso con cierta tardanza: recién en las décadas del ochenta y del noventa del siglo pasado. Curiosamente, la comunidad de conciencia y de destino de los judíos acusó síntomas de debilitamiento precisamente en la época en que se robusteció en otras naciones. Si bien ese rasgo no dejó de acusar su presencia también en el movimiento nacional judío, sus características no fueron una mera prolongación de los conceptos provenientes de la antigúedad.


Durante las largas generaciones de su destierro, los judíos perdieron su vocación por la política, disipándose para ellos las posibilidades de una actividad mancomunada concreta en ese campo. Lo que sobrevivió a ese naufragio fue únicamente su solidaridad: la mutua responsabilidad, los nexos espirituales y efectivos con la Tierra Santa y la pasiva expectación de su redención futura. Incluso quienes entendían que era factible una situación en la que los mismos hijos de Israel apresuraran el advenimiento del Mesías, acortando el destierro y acercando la redención, de ningún modo incluyeron en el ámbito de ese papel los actos políticos que pudieran tener algún efecto sobre el tablado de la realidad -cosa que para muchos estaba terminantemente prohibida ("puesto que el Santo, Bendito Sea, hizo jurar a Israel que no se rebelaría contra los pueblos del mundo") sino que apuntaron a los merecimientos derivados del propio perfeccionamiento moral. Las esperanzas mesiánicas que conservaron en el pueblo judío la fe en la redención venidera no sólo no estimularon la actividad política o social, sino que lo hicieron depender todo de la Divina Providencia; la sujeción política a los soberanos quedó consagrada como piedra angular de la vida judía en la dispersión. Las autoinmolaciones en pro de la Santificación del Nombre y las explosiones periódicas de los movimientos mesiánicos se diluyeron en oleadas de desesperanza, amargura y desesperación, "ante la desmesurada prolongación del acerbo destierro". Enorme distancia separa a esa actitud de las características del movimiento nacional judío, cuyo rasgo esencial fue "la rebelión contra la diáspora", la ruptura con la pasividad y la exhortación a los judíos a tomar su destino en sus propias manos. Sin vacilación alguna puede afirmarse que el movimiento nacional fue uno de los accesos esenciales del pueblo judío a su modernización porque expresó la adaptación de considerables sectores del pueblo a las condiciones cambiantes de la sociedad, al Estado democrático, a la acción política abierta, al tránsito de las viejas ocupaciones a profesiones de nuevo tipo, a un sistema educativo con cometidos modernos y a la creación de una cultura y de una espiritualidad que venían a dar expresión a los anhelos del hombre moderno, hijo de los siglos XIX y XX.

Lo singular del desarrollo histórico del pueblo de Israel, si se lo compara con el de los pueblos europeos (sobre todo de Europa occidental y central) fue, como quedó dicho, que, cuando en esos últimos afloraron los primeros síntomas del surgimiento de una conciencia nacional moderna, aparecieron en el pueblo judío los síntomas de una atrofia de la misma. Si los comienzos de la conciencia nacional europea estuvieron marcados por la insistencia en el valor de la nación como ente colectivo, como organismo vivo, cosa que se manifestó en la búsqueda de la excepcionalidad del "espíritu de la nación," de la singularidad de la propia creación, a diferencia de la de las demás naciones, y de la especificidad del propio Estado y de su orden (y con el correr del tiempo el Estado nacional fue elevado a la categoría del valor supremo, a la vez que la actividad en pro de los "objetivos" nacionales pasó a ser la más noble de las virtudes), el proceso fue totalmente distinto, y a veces incluso opuesto, en lo que respecta a los judíos que respondieron al reto de la modernización y se negaron a atrincherarse tras la muralla de la fidelidad a la tradición y del retorno a "los valores originarios". Sectores cada vez más caudalosos del pueblo judío descubrieron precisamente entonces los valores universales del "iluminismo", el excelso ideal de la "sociedad racional" que no hace distingos entre "el judío y el gentil", que no evalúa al hombre por "detalles casuales" de origen, religión o status sino por su valor espiritual y moral, "por el hecho mismo de ser hombre". Y el ideal sublime de la "sociedad racional", abierta a todos los que fuesen dignos de ella, que después de la Revolución Francesa sufrió los primeros embates de la pujante ola romántica, conquistó de más en más las imaginaciones de los jóvenes, los elementos cultos y los hombres de acción judíos. Por ese ideal, así como por su aceptación en el seno de la sociedad europea, como pares entre pares, esos judíos estuvieron dispuestos a pagar un precio elevado que se expresó en una amplia gama de actitudes: una nueva interpretación de los conceptos fundamentales del judaísmo -como la esperanza en la redención futura- a través de un prisma universalista ("los días del Mesías" pasaron a significar así la era de la razón, la paz y la hermandad entre todos los mortales); el rechazo, por muchos sectores, de la tradición religiosa y espiritual, rechazo que culminó a veces en ponzoñosos ataques contra ella; un compromiso de ésta que borró las fronteras entre el judaísmo y el cristianismo; la negación del valor de la kehilá -comunidad- judía y la huída de ella; la conversión al cristianismo, tomado como esfera más elevada, más universalista, en comparación con el judaísmo particularista y ritual, convertido en obsoleto. Por más que la "tarjeta de admisión" de quienes se desvivieron por incorporarse al amplio mundo no logró que sus portadores fuesen recibidos de buena gana (todo lo contrario: a medida que fue creciendo su número aumentaron los roces entre ellos y el medio a que aspiraron a sumarse) y a pesar de que incluso en los estados que proclamaron la igualdad de los judíos ante la ley no desapareció la tensión social entre los "nuevos" y los "veteranos", que era como decir entre los "bastardos" advenedizos y los "hijos legítimos" del ambiente (por el contrario, se acrecentó debido al irrefrenable deseo de los judíos de integrarse al medio y de ser aceptados por él) el número de los judíos que no se conformaron con su condición de ciudadanos -pertenecientes al Estado- sino que aspiraron a ser connacionales -pertenecientes a la nación- fue creciendo de continuo, al tiempo que se acrecentaban sus esperanzas de que todos los escollos que se interponían en el camino de sus aspiraciones terminarían por revelarse pasajeros, como réplica natural -e incluso justa- a las costumbres depravadas y a los groseros modales de los otros judíos, los "oscurantistas", los que se rebelaban contra la luz de la razón negándose a marchar por el "camino del progreso".

Una pequeña parte de los judíos ilustrados perseveró en su fidelidad al ideal universal en un mundo dedicado a la búsqueda de sus "raíces históricas", a la idealización de sus instituciones de la Edad Media y a la agudización de su sensibilidad nacional. Esos judíos mantuvieron su vista fija en la era de la hermandad internacional futura a pesar de la reacción política y social, o comenzaron a cooperar con el radicalismo político y social que se puso por norte cambiar los sistemas estatales existentes instaurando un orden ideal, ya sea por medio de reformas de vasto alcance o promoviendo una revolución violenta. Otros hubo que en lugar de dirigir sus pretensiones esenciales al Estado y a la sociedad en que vivían, las orientaron hacia sí mismos, buscando el modo de acelerar el proceso de su propia conversión en "conciudadanos" y en "connacionales", para lo cual evidenciaron una ostentosa fidelidad a los jerarcas y a sus instituciones, identificándose con sus objetivos y sus modales, compenetrándose con el espíritu de su cultura y observando una estricta separación entre los preceptos "religiosos" y los "políticos o rituales" de la religión judía; los primeros fueron confinados por ellos el ámbito del mundo individual, como materia reservada a Dios y practicada entre los muros de la sinagoga, mientras que los segundos fueron expulsados implacablemente del ámbito judío por corresponder enteramente al Estado y a la "nación". De ese modo quedó allanado el camino que iba de la consigna de "Sí judío en tu hogar y hombre fuera de él", a la definición de los judíos como franceses, alemanes o polacos "de fe mosaica", definición que fuera de la adoración de Jehová, cuya gravitación relativa en la vida del individuo judío fue declinando constantemente, no dejó subsistir, presuntamente, ninguna diferencia entre los judíos por un lado, y los franceses, alemanes o polacos de profesión católica o protestante, por el otro.
A medida que se iba agudizando la conciencia y la sensibilidad nacionales de esas nacionalidades y de otras en la Europa del siglo XIX, iba robusteciéndose la identificación patriótica de esos judíos con sus "connacionales" así como su disposición a sacrificarse en aras de los "cometidos nacionales". Como quedó dicho, con la acrecencia del número de esos judíos en Europa fueron debilitándose su conciencia y su identidad judías.

La dispersión de los judíos entre países de diferentes grados de cultura y de adelanto político y tecnológico, por un lado, y la manutención de los lazos entre las diversas comunidades judías -ya sea por lo perdurable de sus sentimientos de solidaridad como por el hecho de que los judíos seguían siendo vistos por los gentiles como mutuamente responsables por sus suertes a pesar de los intentos de no pocos de ellos de sustraerse a esa responsabilidad- por otro lado, fueron la causa de que incluso en los países en que los judíos fueron relativamente pocos y su grado de asimilación al medio elevado, no se impuso definitivamente una sola tendencia en la colectividad israelita: junto a los asimilados más acérrimos y a los conversos judíos subsistieron no sólo los "de fe mosaica" sino también los fieles al pueblo de Israel que intentaron sustraerse a las influencias gentiles. Hubo no pocos judíos que hicieron lo imposible por acercarse y por incorporarse al medio pero que fueron rechazados por la oposición, las suspicacias, las exageradas condiciones impuestas ("Que los judíos renuncien antes a su derecho de familia, a su sábado y a sus normas separatistas sobre la pureza o impureza de los alimentos") o la actitud arrogante de los gentiles. Muchos judíos que vivían en imperios multinacionales, como Austria-Hungría y Rusia, tropezaron, en su camino hacia la incorporación a la sociedad mayoritaria, con la valla de las tensiones y de las luchas entre las distintas naciones integrantes del Estado. Como suele ocurrir en esos casos, los judíos procuraron sumarse a la nación de más rica cultura, por su mayor fuerza de atracción, pero precisamente el grupo culturalmente dominante solía representar sólo una minoría nacional e idiomática dentro del territorio de su residencia. Los interrogantes que surgían de suyo en ese caso eran si tenía sentido cambiar una condición minoritaria por otra de igual carácter, y qué era preferible como base para una identificación nacional: el territorio, la lengua, el poderío político, la capacidad creadora en lo cultural y en lo espiritual, o la disposición del medio a absorber a los judíos en su seno. Hubo casos en que consideraciones de ese tenor se vieron complicadas porque la mayoría étnica de un determinado territorio, que era débil desde el punto de vista de su fuerza política y cultural, exigió de los judíos que continuaran autodefiniéndose como tales ante el peligro de que terminasen incorporándose a grupos nacionales más fuertes (como el de los alemanes en territorio checo, el de los húngaros en Eslovaquia, el de los polacos en Galitzia, etc.).

No fue sólo la dispersión el factor que imprimió su sello en la condición netamente específica del movimiento nacional judío. También en cuanto a otros rasgos distintivos de los movimientos nacionales -especialmente los más caracterizados de ellos, como por ejemplo la conciencia de la continuidad histórica, la lengua y el territorio- se puso de manifiesto la excepcionalidad de la historia del pueblo judío.

Comencemos por la conciencia de la propia continuidad histórica, que es el requisito capital de la cristalización de la comunidad nacional y a la vez fundamento sólido para la aparición de un movimiento militante en la nación. Pocos fueron los que se atrevieron a negar el argumento de que esa permanencia se dio entre los judíos en el pasado y que la estirpe de los judíos se remonta a la época de los patriarcas. Pero ya a partir del siglo XVIII hubo quienes adujeron que las manifestaciones nacional-políticas de tal comunidad se extinguieron en la antigúedad, o al menos, después de la destrucción del Segundo Templo, subsistiendo a partir de entonces meras exteriorizaciones religioso-espirituales. A medida que fue ahondóndose la incorporación de los judíos a la vida, a la cultura y a los valores de Europa, fue palideciendo su autoimagen histórica y actual, bajo la influencia de las pautas europeas. y puesto que uno de los dogmas del cristianismo es el de que la dispersión de los judíos y la cesación de su independencia política fueron el justo castigo de la divinidad por su rechazo de Jesús, tal concepto, aunque presuntamente rechazado como explicación histórica por los judíos. terminó por hacerse carne en la conciencia de muchos de ellos. Hubo judíos que entendieron que su continuidad nacional se prolongó a través de las comunidades judías medievales, que gozaron de un status reconocido por las autoridades de unidades nacional-religiosas independientes, pero que admitieron que el fin de su nación advino con la era del absolutismo, al anular el poder central las corporaciones religioso-profesionales y convertir a todos los habitantes del Estado en súbditos del reino, iguales ante la ley. Otros hubo que admitieron postergar la anulación de la especificidad nacional judía hasta la era de la emancipación legal, en la cual, a su juicio, era evidente que el judaísmo pasó a ser una de las tantas iglesias en torno a las cuales se agrupaba la población del Estado. Pero hasta los judíos que se empeñaron en sostener que la entidad nacional judía siguió existiendo en los diversos estados, incluso en la era de la igualdad legal universal, encontraron dificultades para explicar su aserto. Por un lado, la continuidad histórica judía era una base firme para su concepción Pero por otro lado, toda la era diaspórica era considerada por ellos como una distorsión histórica, y el destierro no podía ser sino una desviación del camino de la historia judía que fue en su esencia la historia de un Estado, puesto que los judíos eran un pueblo como todos. Para ellos, la rebelión contra la diáspora no era algo revolucionario sino simplemente una enmienda encaminada a restituir la historia a su cauce natural. Esos judíos no advirtieron que sus ansias de "normalización", su anhelo de restituir el pueblo de Israel -incluyendo su pasado- a una senda y a un sistema semejantes a los de todo el mundo, expresaba su desesperación por hacer que la historia judía se evadiese de su excepcionalidad.

Fue de ese modo, paulatinamente, a través de dificultades y de luchas, que la conciencia de la diversidad nacional e histórica pasó a ocupar el legítimo lugar que le correspondía en el desarrollo de la conciencia colectiva judía. La tensión dialéctica entre la semejanza a las demás naciones y la diferencia de ellas es el rasgo distintivo por antonomasia del movimiento nacional judío y de su especificidad. Ello surge patentemente en el problema de la lengua nacional, que fue el rasgo distintivo fundamental de muchos movimientos nacionales.
Llevados por su deseo de integrarse al medio, numerosos judíos adoptaron en el siglo XIX la lengua vernácula, no solamente como medio de comunicarse y de tratar con sus vecinos, o como vehículo de creación cultural -pues tal había sido ya en siglos precedentes- sino como valor común, como símbolo de su total identificación con sus "connacionales", a los que se sentían indisolublemente ligados espiritual y afectivamente. Ellos crearon en esas lenguas obras que enriquecieron el acervo cultural de sus países. Pero en esa misma época surgieron también escritores en los idiomas judíos -idish y hebreo- que aunque comenzaron sus carreras sobre todo como moralistas y educadores de las masas, a las que procuraron interesar en una ciudadanía militante y en la identificación con el medio gentil, terminaron por elevar la literatura en ambas lenguas a un alto nivel creativo, similar al de las literaturas europeas, haciendo un aporte cultural judío permanente y contribuyendo a la vez a cristalizar una conciencia de la importancia de la nacionalidad judía.
De un modo similar evolucionó el concepto del territorio nacional. Hasta los fieles de la religión judía comenzaron a ver en los respectivos países de su radicación no un lugar de destierro sino una verdadera patria, caracterizada por los vínculos emotivos y espirituales que unen al hombre con el lugar en que nace y se cría. Pero inclusive muchos de los judíos que se asimilaron totalmente a la cultura y a la sociedad en que vivían, estuvieron dispuestos a reconocer la existencia de un nexo especial entre los judíos y la Tierra de Israel, la Tierra Santa, la Tierra Prometida, siendo precisamente el romanticismo europeo el que robusteció esa inclinación. Algunos judíos incluso estuvieron dispuestos a sostener a sus hermanos radicados en Eretz Israel y aún a aquellos que viviendo fuera de ella, viesen en esa tierra un lugar en que asentarse en el futuro, tanto para hallar un refugio como con miras a su propia renovación. Con ello, cierto es, no vieron en Eretz Israel un país para sí mismos, sino para sus hermanos perseguidos del oriente. A más de la influencia de la literatura romóntica contríbuyeron no poco a ese giro los grupos "milenarios" cristianos que aguardaran impacientemente la apertura de una nueva era en la historia de la cristiandad vinculándola al "retorno de los judíos" en el que veían no solamente su regreso "a la verdad cristiana" sino también a su tierra histórica, involucrando en ese retorno la restauración de la potestad estatal judía. En la medida en que iban agudizándose "la cuestión oriental" y la lucha entre las potencias por el reparto de la herencia del Imperio Otomano -"el hombre enfermo de Europa"- iba intensificándose también el interés europeo en la Tierra de Israel y la actividad misionera, haciéndose de más en más evidente la intervención de los cónsules extranjeros en Tierra Santa en base a las Capitulaciones. Las actividades de ese tenor se tradujeron en ventajas para Francia y para Rusia, que se con sideraban apoderadas de los cristianos católicos y greco-ortodoxos y de las instituciones de sus iglesias en el país. Fue esa, según resultó, la causa de que las potencias protestantes, como la Gran Bretaña y Prusia -tanto sus estadistas como sus misioneros- comenzaron a interesarse en los judíos, a otorgarles su protección y hasta fomentar planes para su renacimiento y su reasentamiento en Eretz Israel. La dispersión judía, la variedad de opiniones y de tendencias entre los judíos y la incidencia de las ideas en boga y del juego político sobre los círculos gentiles, multiplicaron las tensiones dialécticas entre las tendencias a la integración y a la dilución -que eran parte integrante de la realidad judía de Europa- y las búsquedas de un modo de expresión propia y de identificación colectiva. Con todo ello, la singularidad del camino del movimiento nacional judío se hizo evidente desde la primera hora.

Los primeros brotes de la conciencia nacional moderna hicieron su aparición después de la patraña de Damasco. Ese evento puso de relieve tanto la decepción ante el hecho de que un Estado ilustrado de Europa -como lo era Francia- prestara su concurso a una diatriba semejante contra los judíos reviviendo con ello el medioevo en plena Edad Moderna, como la actividad y la influencia de los judíos en el seno de la sociedad ilustrada de Europa a la que convocaron a defender a los judíos injustamente acusados. Distintos planes de colonización judía en Eretz Israel -y hasta de creación en ella de un Estado judío que permitiese resolver, por un lado, el problema de los judíos perseguidos y que sirviese, por el otro, de barrera entre Egipto y el Imperio Turco- fueron esbozados por distintas personalidades judías y no judías, entre ellas no pocas con ascendiente político, sobre todo después de la guerra de Crimea. En esos planes ya se advierten: una mayor influencia de los judíos de la era de la emancipación, sobre la vida económica, política y social; el reflejo del ejemplo de los movimientos nacionales de otros pueblos que lograron concretar ciertos objetivos o que se hallaban dedicados a la lucha en pro de los mismos ("¿y por qué no puede ser tal la suerte de los hijos de Israel?"); los intentos de colonización en la Tierra de Israel por parte de grupos cristianos; y la fe en el apoyo de las potencias, cuyos intereses las llevaban a apoyar una causa justa. La prensa judía -tanto en hebreo como en otros idiomas- acusa claramente el gran interés y el apoyo despertado por la idea de la colonización judía en la Tierra de Israel. Se realizan esfuerzos en apoyo de los judíos que vivían en Eretz Israel y se estrecha la cooperación entre las organizaciones judías, territoriales e internacionales. Pero toda esa actividad y la cristalización ideológica de los círculos que se basan fundamentalmente en el judaísmo del este de Europa en las décadas del sesenta y del setenta del siglo pasado -círculos cuyos portavoces afirman que los judíos, al igual que los demás pueblos, deben tener una expresión colectiva propia- no deja de ser cosa de una parte pequeña y marginal del pueblo judío. La gran mayoría del mismo estaba entregada a la lucha por la emancipación legal de los judíos del este de Europa y de los países del Oriente, mientras procuraba ya sea su incorporación a la vida y la cultura del medio, ya sea la salvaguardia de su tradición, cuidando que ésta no resultase afectada por las influencias extrañas.

Los primeros "nacionalistas" -Natonek, David Gordon, Alkalai y Kalisher, Hess y Graetz, Smolenskin y Lilienblum- despertaron ecos entre los círculos estudiantiles e ilustrados pero no consiguieron difundir sus conceptos entre las masas. Su caracterización como "precursores" expresa una actitud anacrónica, a posteriori, que se basa en una evolución tardía para proyectarla sobre un pasado distinto. Aunque algunas de sus ideas fueron aceptadas con el tiempo por parte del movimiento nacional judío -Jibat Zión, organización en la que inclusive llegó a militar el más perseverante entre los nombrados, David Gordon- importa tener presente que sus móviles esenciales fueron distintos. Los primeros "nacionalistas" fueron partidarios de la emancipación y tuvieron fe en los resultados de una actividad nacional judía basada en aquella, vale decir, en la influencia de los judíos y en su incorporación a la vida de los pueblos europeos, dando por descontado que la actividad nacional judía equivalía a la de las demás naciones y contaría con el auxilio de las potencias amantes del progreso (la misma Francia que apoyó la liberación de Roma sostendría igualmente la causa de la liberación de Jerusalem, "la última de las cuestiones nacionales" a juicio de Hess). A diferencia de ellos, el movimiento nacional judío organizado surgió cuando sus promotores se decepcionaron de la "caridad de las naciones", se compenetraron del sentimiento de "extranjeridad" de los judíos en los países en que vivían, y cuando se extinguió su fe en que la ilustración o el progreso serían capaces de borrar la animosidad de los pueblos hacia los judíos. Precisamente como corolario de esas razones fue que el nuevo movimiento llegó a la conclusión de las necesidad de un "país propio" en el que los judíos constituirían la mayoría y determinarían su forma de organización estatal.

De modo que es imposible separar el surgimiento del movimiento nacional judío del despertar del antisemitismo moderno -como ideología y como movimiento político- en las postrimerías de las décadas del setenta y del ochenta del siglo XIX. La oposición a los judíos y el odio que se les profesaba, originados en razones religiosas e históricas, que fueron expresión de las tensiones y de la competencia que encabezaron los prelados y los burgueses durante largas épocas, engendraron en breve lapso, en el siglo XIX, un moderno "movimiento de masas", una corriente definida entre las posiciones políticas de varios de los estados democróticos y semidemocráticos de Europa. Si bien en sus primeras etapas el movimiento antisemita no logró conquistar un amplio apoyo público -al punto que la mayoría de los judíos y de los liberales y radicales lo desdeñaron olímpicamente- sus argumentaciones, y especialmente aquellas que intentaron basar su ideología en conceptos biológico-raciales, no dejaron de provocar profunda preocupación entre ciertos intelectuales judíos. Y no fue el antisemitismo de Alemania, Francia y Hungría -países en los que decantaron las pautas del movimiento discriminatorio-, el que causó el mayor impacto sobre la conciencia de los judíos, sino justamente el antisemitismo rumano y sobre todo el ruso. En Rusia concurrieron varios elementos que aterrorizaron a la decisiva mayoría de su gran colectividad judía. Los estallidos masivos -pogromos- en el suroeste de Rusia (las llamadas en esa época "tormentas del Neguev", en Ucrania) habían sido un fenómeno raro ya que hasta entonces las autoridades rusas solían reprimir violentamente toda manifestación de la actividad o de la iniciativa popular, incluso cuando eran de carácter anodino y con mayor razón tratándose de severas violaciones del orden público que abarcaban decenas de lugares y acarreaban serias pérdidas en vidas y en bienes. Pero poco después de acaecidas las "tormentas" se hizo claro que elementos extremistas de esta orientación chauvinista, de claro estilo eslavófilo, habían ocupado posiciones claves en los resortes del poder y que las autoridades habían abrazado abiertamente una política antisemita que comprendía medidas discriminatorias, gravámenes y expulsiones, estando resueltos a estimular la emigración de los judíos del Estado. Todo ello significaba un cambio diametral de la política oficial. Por otra parte se hizo evidente que fuera de un limitado número de hombres de letras y de estudiosos, la opinión pública rusa no se identificaba con el sufrimiento de las masas judías perseguidas. Más aún: justamente la prensa radical -la abierta y la clandestina- se había colocado al frente de la corriente del odio general definiendo a todos los judíos como explotadores y parásitos, e interpretando los desmanes antijudíos como movimientos de protesta de los oprimidos contra sus opresores. Los círculos revolucionarios saludaron a los pogromos como la alborada de la revolución social que se acercaba a pasos agigantados.

La decepción de los judíos fue muy profunda y general. La desesperación y el terror desembocaron en la huída de Rusia. La prédica de la emigración se convirtió en una consigna unificadora, ya fuere que esa emigración se dirigiese a "1a patria histórica" o a los Estados Unidos, en la que la masiva afluencia de los emigrantes permitiría presuntamente crear un nuevo Estado judío. En muchos de los judíos -sobre todo jóvenes cultos de raigambre nacional- fue perfilándose la conciencia de que Rusia no constituía en el mundo una excepción y que los judíos se sentirían extraños en todo lugar y en todo Estado que no fuese el propio. Así fueron surgiendo numerosas asociaciones nacionalistas que consagraron en sus estatutos la obligación de cada individuo de trabajar por su pueblo, la de fundar colonias en Eretz Israel, la de procurar la instauración de un Estado y de una sociedad judía adaptadas a las necesidades del pueblo. Fue el Dr. Pinsker quien formuló esas tendencias con dos principios: 1) la emancipación y el iluminismo no resolverán la cuestión judía porque la "judeofobia" -el miedo a los judíos- es una enfermedad crónica de los pueblos, que no habrá de curarse sino cuando los judíos tengan su propio país; 2) la actividad en pro del objetivo común no debe ser llevada a cabo por otros, ni ser el fruto de la emancipación concedida por los estados en cuyo seno los judíos viven; ella debe ser realizada por los judíos mismos, a través de sus propias organizaciones, es decir, debe ser una autoemancipación.

En principio, la actividad propia judía condecía con los conceptos de la época y con las ideas aceptadas por los movimientos nacionales y sociales de ese entonces. Un autor socialista y judío de Rusia, que escribió una década antes de publicado el folleto de Pinsker, encomió la idea de la actividad y de la liberación propias (por más que él propuso que el teatro de esa actividad y esa liberación no debía ubicarse en la lejana Palestina sino en la misma Rusia). Pero de hecho, en ese nuevo enfoque ideológico se manifestaba un viraje diametral para la conducta judía. viraje que tuvo proyecciones de largo alcance sobre su imagen como conglomerado. Hasta el momento de la aparición del movimiento nacional, los judíos sabían a ciencia cierta que sus enemigos se hallaban en el campo de la derecha: entre los nacionalistas extremos, los realistas y los clericales, que sostenían que las naciones de Europa debían ser "estados cristianos", con lo que les quedaba terminantemente vedado a los judíos tener en ellos arte ni parte ni como partícipes de la actividad política, ni como meros ciudadanos. Los amigos de los judíos, en cambio, integraban el bando de la izquierda y de parte del centro: los liberales, los radicales y los socialistas, que eran quienes abogaban por la concesión de la igualdad de derechos a los judíos. La condición sobreentendida -para judíos y gentiles por igual- de ese apoyo era la total identificación de los judíos con las ideas de la izquierda y el centro. Quedaba descontado que los judíos debían abstenerse de toda actividad judía separada y separatista, puesto que ésta, a juicio de los sostenedores de la igualdad judía, sólo podía desperdigar los esfuerzos en pro del interés común; cuando los liberales o los socialistas llegasen al poder se resolverían todos los problemas que no eran sino "fruto del pasado oscurantista" y entre ellos, también, la discriminación contra los judíos.

Fue ésa la concepción que salió a enfrentar el lema de la Autoemancipación: los judíos son un factor en sí mismo, con metas de acción propias; no sólo les asiste el derecho sino que recae también sobre ellos el deber de fijar sus propios objetivos políticos y de luchar en pro de ellos con el concurso de una organización específicamente judía. Pero fue sólo a consecuencia de la concepción pesimista sobre las posibilidades de transformar la sociedad y de poder fiarse del "progreso", que se pudo arribar a un concepto nuevo y radical sobre la actividad político-nacional judía independiente. No es de extrañar entonces que la mayoría de los sostenedores tradicionales de los judíos juzgaran esa actitud como una traición, entendiendo que los "nacionalistas" judíos habían pasado al bando de los reaccionarios que negaban el derecho de los judíos a ser tenidos por ciudadanos del Estado y a intervenir en la política de sus respectivos países. Así puede comprenderse el hecho de que muchos judíos se asustaron de las trágicas consecuencias que podría tener la nueva posición para la emancipación judía en los lugares en que había sido por fin alcanzada, dando por descontada la pérdida del apoyo de los amigos tradicionales de los judíos y temiendo la actitud de los nacionalistas locales ante "la utopía reaccionaria" judía. Otra excepcionalidad del movimiento nacional judío, al dar sus primeros pasos, estuvo en que la conquista de la opinión pública fue mucho más difícil que la lucha que debieron librar por esa meta los restantes movimientos nacionales, cosa que resalta más aún cuando se piensa en aquellos movimientos que desde sus inicios contaron con las más amplias simpatías, como el italiano, el polaco o el irlandés.

La transformación del movimiento nacional judío en un factor de peso dentro del pueblo judío y la movilización del apoyo de ciertos sectores de la opinión pública mundial, fue la gran obra de Teodoro Herzl. Fue él quien determinó los moldes del movimiento, sus instituciones, los congresos sionistas como tribunas abiertas para la discusión abierta de la situación del pueblo judío y de sus metas, e incluso el marco en el que podría desarrollarse la conducción del nuevo movimiento (las figuras descollantes y los más dinámicos activistas del movimiento sionista se reclutaron entre los estudiantes judíos del este de Europa que cursaban las universidades del centro y del occidente europeo). Fue Herzl quien logró despertar el sentimiento de la identidad nacional de las masas del este de Europa, moviéndolas a apoyar el movimiento nacional.
Pero parece ser que justamente la personalidad de Herzl, sus conceptos -que en su esencia estaban arraigados en una época perimida- y su deseo de prohibir la actividad nacional judía en los estados europeos para no despertar la oposición de sus soberanos, estimularon el ascenso de una oposición a sus métodos dentro del movimiento sionista y, con ello, la división de éste en corrientes y en subcorrientes diversas: sionismo político, "espiritual", "práctico", religioso, socialista. Simultáneamente, hicieron su aparición movimientos externos a los marcos sionistas: el autonomismo, el territorialismo, cada uno de ellos con subtendencias variadas. Ese cuadro originó agitadas luchas y encontradas y enérgicas actividades de numerosos matices dentro de lo que podría denominarse como el bando nacionalista. Todavía hoy se discute si la descentralización y el desperdigamiento fueron causa de la debilidad del movimiento nacional judío o, por el contrario, incentivo de su fortaleza y su vitalidad. Lo que en cambio puede afirmarse casi con absoluta seguridad, es que la tardanza en la aparición del movimiento nacional judío fue un freno para su desenvolvimiento.

Así, el autonomismo, que defendió el principio de la posibilidad de una actividad nacional y el fomento de la cultura y de las instituciones de distintas naciones en los marcos de los grandes imperios multinacionales, recién ganó el apoyo de los judíos después de la primera guerra mundial, cuando los aludidos imperios habían pasado a mejor vida. Los intentos de poner en práctica los conceptos autonomistas en los nuevos estados nacionales, que se consolidaron después de Versalles, terminaron en el fracaso más rotundo. por otra parte, el reconocimiento de las aspiraciones nacionales de los judíos por parte de las potencias mundiales (la Declaración Balfour y su ratificación por la Liga de las Naciones) sobrevino cuando una gran parte de los judíos de Europa quedó desconectada del movimiento nacional por el poder soviético y cuando un sector considerable de la juventud judía radical, la más activa en el campo político, fue cautivado por la ideología comunista, con lo que el movimiento nacional sufrió una cuantiosa sangría que lo privó del concurso de importantes fuerzas que habrían podido tomar parte de la lucha por sus objetivos. Cuando el ascenso del antisemitismo en los estados europeos -en especial el de los nazis en Alemania- movió a muchos judíos a plegarse en lo fundamental al enfoque nacional, surgió en Eretz Israel, el teatro principal de los intentos de concreción de los objetivos nacionales judíos, un movimiento nacional competidor y hostil, el movimiento nacional árabe, que enfrentó con Hitler en su lucha contra la Gran Bretaña. Su jefe incluso intentó influir sobre Hitler a que aniquilara a la población a la población judía en Eretz Israel. Es casi seguro que la demora en la aparición del movimiento nacional judío sobre el tablado de la historia hizo que el logro de la meta esencial - la erección del Estado judío en Eretz Israel - sólo tuviera efecto después del Holocausto, en el que perdió la vida la mayoría del judaísmo europeo. 


Tomado de: Dispersión y Unidad Número 24/25 - Reseñas y ensayos sobre los problemas contemporáneos del pueblo judío.
Publicado por el Departamento de Organización e Información de la Organización Sionista Mundial, Jerusalén. Págs. 47-58.


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Actualizado: 14 de mayo, 2005





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