LOS MODELOS CAMBIANTES DEL ANTISEMITISMO

Los modelos cambiantes del antisemitismo

Salo W. Baron

 

El ensayo que publicamos fue leído por el autor ante la Convención y Seminario Anual de la "Conferencia sobre Estudios Sociales Judíos" que tuvo por tema "Las nuevas actitudes del Tercer Mundo y otros factores hacia el judío". Dicha jornada de estudio se desarrolló con la participación de la Comisión Académica del Congreso Judío Mundial, en la Escuela de Asuntos Internacionales de la Columbia University. La versión inglesa del trabajo apareció en la revista Jewish Social Studies en su número de invierno de 1976. El Prof. Salo Baron es uno de los más notables historiadores contemporáneos del pueblo judío.

 

Cuando en 1961 depuse en el Proceso Eichman como "testigo histórico" describiendo las condiciones del judaísmo europeo antes del ascenso de Hitler al poder y la ruina total de millares de comunidades judías durante la segunda guerra mundial, me referí naturalmente, con cierta extensión, a la ideología nazi y al intento de la misma de dar una "solución final" al problema judío. En uno de sus interrogatorios me preguntó Robert Servatius, principal abogado defensor: "Como profesor de historia, ¿puede explicar Ud. las causas de esa actitud negativa que viene existiendo desde hace tantos siglos, y de esa continuada guerra, contra el pueblo judío?" Concluí la respuesta que le dí con una breve sentencia: dislike of the unlike (el desagrado ante lo distinto). En otras palabras, el mero hecho de que los judíos fueran distintos de sus vecinos, ya fuese por su religión como por sus costumbres, su estratificación económica, su apariencia externa o lo que fuese, bastó para que se los odiase, a veces hasta el extremo de hacer nacer un ferviente deseo de verse libres de ello. [1]

 

Los diversos argumentos

Las racionalizaciones del antisemitismo difirieron de tiempo en tiempo. El Libro de Esther, por ejemplo, al dar cuenta de los argumentos invocados por el partido persa antijudío, pone en boca del cortesano Hamán las siguientes palabras pronunciadas ante el Rey Assuero: "Hay un pueblo esparcido y dividido entre los pueblos en todas las provincias de tu reino, y sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no observan las leyes del rey; y al rey no viene provecho de dejarlos". En un comienzo, se nos relata, esa presentación halló aceptación en los círculos de la corte en Susán (Susa). Se necesitó considerable habilidad de parte de Mardoqueo y de Esther para evitar el peligro del primer pogrom en gran escala que amenazaba a la dispersión judía en las "ciento veinte y siete provincias" del Imperio Aqueménida. [2]

 

Poco importa en ese sentido si la narración bíblica transmite hechos históricos o si ella es meramente un texto devoto; de uno u otro modo, expone argumentos referentes a los judíos que fueron invocados por la sociedad gentil en Persia y en el mundo helenista. 3]

Si bien el desagrado por lo diferente encuentra aquí su expresión clásica, la racionalización de lo distinto basado en la diversidad de las leyes y costumbres judías y en el presunto desacato judío a las leyes regias, fue sin duda popular en los imperios persa y heleno. Aunque tanto en uno como en el otro habitaba una población heterogénea desde el punto de vista étnico y religioso, los judíos aparecieron  como un ente excepcional debido a su apego al monoteísmo y a su convicción de que todas las otras deidades adoradas en el Imperio no dejaban de ser meros ídolos. Y es que, en efecto, la idolatría fue repudiada intransigentemente por los judíos bajo todos los regímenes.

En la misma Palestina, por otra parte, fue la erradicación de la idolatría por los conquistadores israelitas la que, sin duda alguna, sirvió como causa suficiente para que se los odiase. Los mismos israelitas, evidentemente, estimularon la intensidad de ese odio por el énfasis que pusieron en describir la conquista de Palestina, en los tiempos de Josué como un exterminio lindante con el genocidio. Las ciencias bíblicas han arribado desde hace tiempo a la conclusión de que las descripciones contenidas en el Libro de Josué sólo procuraron enseñar a los israelitas a conservar puro el país, vale decir, no contaminarlo con la idolatría. De hecho, el Libro de los Jueces - ampliamente reconocido como anterior al de Josué - guarda memorias de muchas tribus o de sectores de las mismas que no fueron exterminadas por las huestes conquistadoras sino que, por el contrario, sus remanentes siguieron viviendo entre los israelitas "hasta el presente". Esas palabras fueron escritas probablemente en el período de la temprana monarquía todavía no había sido asimilada por la nación israelita dominante. El hecho de la continuada simbiosis de los hebreos con los grupos sobrevivientes de las tribus canaanitas ha sido puesto en evidencia también por las excavaciones arqueológicas.

Es de remarcar por lo demás, que incluso algunos de los Antiguos Sabios rabínicos retuvieron en la memoria tradiciones que difieren del Libro de Josué. Así, en nombre de Rabí Samuel ben Najman se nos dice queJosué envió tres cartas a la Tierra de Israel antes de que el pueblo ingresara al país. (El les informó a los nativos) que "quien quería partir podía hacerlo, quien quería rendirse podía hacerlo y se le aseguraría la paz, pero quien desease luchar sería sometido". Las tribus de los girgushitas partieron y se establecieron en el Africa…Los gibeonitas se rindieron e hicieron la paz…los treintiún reyes ofrecieron resistencia armada y fueron sometidos. [4]  

Ese antiguo conflicto tampoco fue olvidado por las generaciones posteriores. Por un lado, los mismos profetas israelitas trataron repetidamente de convencer a los israelitas de que Palestina no fue su residencia nativa sino un presente hecho por el Señor a Su Pueblo Elegido. Legisladores y profetas recordaron constantemente a su pueblo que al venir a Canaán vivieron en casas que ellos no construyeron y comieron los frutos de los árboles que ellos no plantaron. Ese argumento sirvió a los dirigentes para demostrar que la Tierra de Israel siempre perteneció a D's que, en Su Gracia, la otorgó al pueblo de Israel como morada mientras cumpliese las condiciones del Pacto. En la práctica, eso significó que las transacciones privadas con inmuebles no sólo quedaban sujetas a las leyes dictadas por D's, sino que quedaban anuladas al concluir el ciclo del jubileo, de modo que los clanes israelitas, originales quedasen en perpetua posesión de sus tierras, conforme a las asignaciones iniciales. Sin embargo, de pecar el pueblo y de faltar al cumplimiento del Pacto, sufriría un severo castigo y, finalmente sería arrojado del país. [5]

Por lo demás, la posesión de Palestina fue cuestionada, siglos más tarde, por algunos grupos que declararon descender de los canaanitas antiguos. Descendientes de los canaanitas septentrionales, conocidos por el nombre griego de fenicios, desempeñaron un papel singular en esa lucha por sus vastas actividades colonizadoras a los largo del mundo mediterráneo. La colonia fenicia de Cartago en el Norte de Africa, en especial, conservó durante mucho tiempo el recuerdo de su origen palestino y su lenguaje original canaaneo-hebraico. El mismo nombre de Cartago provino del equivalente semita de "Nueva Ciudad", mientras que sus gobernantes llevaron un título mencionado en fuentes romanas como sufetes, que recuerda la voz hebraica anterior de shoftim (jueces). Aunque la súbita desaparición de la gran diáspora fenicia hacia los comienzos de la era cristiana ha dejado sin resolver un misterio - he sostenido ya hace mucho que gran parte de ella fue sin duda absorbida por la dispersión judía en expansión, ante el impulso de la misión religiosa tan efectiva cumplida por el judaísmo precristiano - parece ser que algunos representantes de su sector norafricano adujeron incluso en la antigüedad que ellos tenían derechos hereditarios sobre Palestina. Esa reclamación, de un modo característico, es recordada en una inscripción fenicia encontrada cerca de la ciudad de Tingis en Mauritania (informan sobre ella, con variaciones, Procopio y Suidas) inscripción que señala con un dedo acusador a "Josué el Ladrón". Esa posición fue luego adoptada por los árabes norafricanos del medioevo, o mejor dicho por bereberes arabizados, todo lo cual constituye una notable anticipación de la actual OLP (Organización para la Liberación Palestina). Como se comprenderá, junto con esas controversias territoriales sobrevino una agitación antijudía dirigida no sólo contra los pobladores judíos de la Palestina de ese tiempo, sino contra el pueblo judío en su integridad. [6]     

 

Choques imperiales

Contrastando con esos conflictos sobre la posesión de un territorio específico, los antiguos israelitas sintieron el impacto de los imperios en expansión en su vecindad. Desde el comienzo dependieron de la fuerza o de la debilidad de sus poderosos vecinos: Egipto y Asiria-Babilonia. Se ha sostenido, fundadamente, que fue una bendición para Israel e, indirectamente, para el mundo entero, el hecho de que entre los siglos XII y IX antes de Cristo se dio una especie de pausa mundial en el perenne conflicto entre los grandes imperios de los valles del Nilo y de Tigris-Eufrates. Fue ese relativamente tranquilo interludio el que les posibilitó a las tribus israelitas arraigar en su nuevo país y desarrollar en él la gran nueva religión y la gran cultura que se convirtió en legado para una gran parte de la humanidad. Sin embargo, las guerras imperiales se reanudaron e Israel, en sus dos reinos separados, no tardó en caer víctima de ellas.

Posteriormente, el meteórico ascenso del Imperio Persa hizo posible la resurrección de la Palestina Judía. Es posible que Eduard Meyer se haya excedido al afirmar que Persia fue la que creó el Segundo Reino Judío y la que echó los fundamentos de lo que él y otros gustaron llamar judaísmo, como opuesto a la religión israelita. Lo que es incontrovertible es que los intereses imperiales de la dinastía aqueménida fortalecieron grandemente la teocracia judía que dominó en el Segundo Reino autónomo. Ciertamente, un documento como el decreto emitido por Darío II en el año 419 a. de C., copia oficial del cual fue hallada entre los papiros elefantinos, en el cual se prescribe que los soldados judíos de dicha colonia deben observar la fiesta de Pésaj en consonancia con la legislación bíblica, contribuyó indudablemente a que el pueblo judío pudiera mantener su continuidad histórica bajo el liderazgo de los altos sacerdotes de Jerusalem. Con todo, no hay que olvidar que ese mismo imperio engendró las fuerzas antijudías cuyo reflejo hallamos en el Libro de Esther. [7]

Una ideología antijudía más amplia, aunque siguiendo los mismos lineamientos señalados, se desarrolló en el mundo greco-romano. Algunos nacionalistas nativos de Egipto sentían resentimiento hacia los judíos como aliados de sus opresores romanos. Incluso hubo entre ellos quienes estuvieron dispuestos a sacrificar sus vidas combatiendo al judío "extraño" a su sociedad, y muy especialmente para eliminar los excesivos derechos acordados a los judíos por las administraciones romanas. Hay eruditos modernos que conceden injustamente a dichos luchadores el digno nombre de "mártires paganos", siendo que su motivación no fue en realidad religiosa, sino política, conforme al dicho romano, dulce et decorum est pro patria mori. Ese aspecto político fue frecuentemente trasladado a un amplio espectro de acusaciones dirigidas especialmente contra varias premisas básicas de la religión judía y contra algunos elementos morales de la vida judía. [8]    

Por su parte, los ideólogos de la Roma imperial desarrollaron nuevos argumentos para justificar su antijudaísmo. Plinio el Viejo y otros vieron en la expansión romana una suerte de "destino manifiesto" de su pueblo. Cualquier resistencia judía a la ocupación romana de Eretz Israel fue interpretada por ellos como una ofensa a la grandeza de Roma y, lo que era peor aún, un obstáculo en la gran misión histórica romana de unificar las diversas naciones bajo una sola cultura universal. Cicerón, por ejemplo, no estuvo aislado en sus opiniones cuando manifestó que "incluso cuando Jerusalem estaba en pie y los judíos vivían en paz con nosotros, la práctica de sus ritos sagrados iba en contra de la gloria de nuestro imperio, la dignidad de nuestro nombre, las costumbres de nuestros antepasados. Actualmente, todo eso tiene más vigor aún, ya que esa nación, con su resistencia armada, ha demostrado lo que piensa de nuestro dominio. El hecho de que finalmente haya sido conquistada, reducida a una provincia sometida, convertida en esclava, demuestra cuán caro fue éso para los dioses inmortales".

Las palabras transcritas fueron pronunciadas el año 59 a. de C. por un abogado que defendió a un funcionario romano acusado de la "sacrílega" confiscación de fondos destinados al Templo de Jerusalén. Expuesto algunos años después de la conquista de Palestina por Pompeyo, ese alegato, sin duda, nos transmite la indignación que debe haber prevalecido entre los romanos como consecuencia de la "inexplicable" resistencia del pueblo judío. Por lo demás, refleja la incompatibilidad objetiva entre el sueño imperial romano y los ideales judíos. En concordancia con ello, diversos líderes romanos fueron muy lejos al hacerse eco de las acusaciones antijudías incorporadas ya, para ese entonces a la difundida literatura del helenismo clásico. Muchos de sus dardos fueron dirigidos contra ese consciente "separatismo" del pueblo judío y su insistencia en preservar su estilo de vida propio, considerado por ellos superior al de cualquier otra nación. No transcurrió mucho tiempo y los judíos comenzaron a ser denunciados por su profundo odium generis humani. Como ejemplo de ello, citemos el caso del distinguido historiador Tácito, quien señala que los judíos, aunque muy propensos a la concupiscencia - proiectísssima ad libidinem gens - eludían el intercambio sexual con las mujeres gentiles. Mucho más profundamente resultó afectado el orgullo de los nobles romanos por el extraordinario éxito misionero de los judíos en el seno del pueblo romano ya que el número de los prosélitos incondicionales o a medias - los así llamados "temerosos de Dios" (sebomenoi o metuentes) fue aumentando por aquel  entonces con ritmo creciente. Hasta el filósofo Séneca perdió su compostura estoica cuando adujo que "las costumbres de esa nación tan maldita - más exactamente, esa nación tan criminal, sceleratissimae gentis  -  han ganado tanta fuerza que actualmente están siendo aceptadas en todos los países; los conquistados han terminado dictando leyes a sus conquistadores. [9]

Aquí hay que hacer notar que a pesar de todo ello, los gobernantes que tuvieron a su cargo las riendas del Imperio, comenzando por Julio César y por Augusto, advirtieron los beneficios que los intereses imperiales romanos extraían de la dispersión judía, ya que no de la concentración judía en Palestina. Fue así que como mantuvieron una línea bastante consecuente en la protección de los derechos judíos basándolos en una casi total igualdad con sus vecinos, combinada con una cierta dosis de autonomía sociorreligiosa. Incluso en plena Gran Guerra del 66 al 70, Vespasiano y Tito rechazaron las pretensiones de los delegados de Alejandría y Antioquía de aprovechar la oportunidad que les ofrecía la "rebelión" judía para restringir los derechos de los hebreos en las distintas partes del Imperio. [10]

La intolerancia religiosa

Después de la conversión de Constantino al cristianismo, el fundamento esencial de la posición antijudía se desplazó del imperialismo romano a la exclusividad de la nueva religión; podríamos decir al imperialismo religioso. Toda religión monoteísta dominante, por su naturaleza misma - y no importa si se trató del cristianismo o del Islam - fue menos tolerante para con la diversidad religiosa de lo que lo fueron  los credos politeístas en la antigüedad. Ciertamente, imposible resulta imaginar a un gobernante cristiano haciendo erigir en su palacio estatuas de todas las deidades adoradas en su imperio, como lo hizo Heliogábalo en la Roma pagana de comienzos del siglo III. De hecho, la tolerancia para con los judíos en el mundo cristiano, así como para con los judíos y los cristianos en el mundo musulmán, tuvo muchos ribetes extraordinarios y aunque se justificó históricamente, fue siempre de carácter algo precario.

Un excelente resúmen de los argumentos medievales que negaron a los judíos el derecho de vivir en los países cristianos, fue ofrecido en el siglo XIII por el escolástico Alejandro de Hales, calificado por admiradores contemporáneos suyos como doctor irrefragabílis et theologorum monarcha. El fue quien determinó que "a la luz de la razón, resulta que ellos (los judíos) no deberían ser tolerados para nada". En primer lugar, se sabe que ellos blasfeman contra Cristo y la Virgen. De acuerdo con la Biblia, la blasfemia contra su propio D's es un crimen capital y, por lo tanto, ellos deben ser doblemente penados, ya que ofenden también la fe cristiana. De acuerdo con la tradición, además, ellos persiguieron a los cristianos y cometieron actos sacrílegos contra los sacramentos eclesiásticos. El mero hecho de que adhieren a las enseñanzas del Talmud, obra condenada por la Iglesia, los coloca ipso-facto fuera de la ley. Finalmente, recurriendo al argumento político frecuentemente esgrimido por los cruzados de su tiempo, Alejandro sostuvo que en vista de que los cristianos estaban luchando contra los musulmanes por la posesión de la Tierra Santa, debían combatir con mayor saña aún a los "infieles" judíos en su seno. [11] Pero Alejandro de Hales no dejó de reconocer que en el caso judío existían circunstancias atenuantes. En primer lugar, los líderes cristianos siempre habían entendido que su propia fe era en gran medida un retoño del judaísmo y que la mayor parte de las Sagradas Escrituras cristianas estaban constituídas por el Antiguo Testamento de los judíos. Además, desde la antigüedad, los misioneros y apologistas cristianos hacían hincapié en las predicciones mesiánicas de la Biblia, que anticipaban el advenimiento de Cristo, predicciones que por lo tanto servían de fidedigno testimonio de la veracidad de la tradición cristiana. Recopilaciones de tales testimonios fueron cosa muy difundida en la cristiandad temprana. San Augustín fue uno de los numerosos dirigentes cristianos que sostuvo que "ahora que ellos (los judíos) están dispersos por casi todos los países y naciones, se cumple una providencia del único y verdadero D's... tal como ha sido predicho por sus profetas hace tanto tiempo; si eso mismo hubiera sido dicho en nuestros (libros) hubiera parecido inventado por nosotros".

Tanto en la antigüedad como en el medioevo, las evidencias documentales no siempre fueron tenidas por fidedignas debido a que muchos documentos presuntamente originales fueron fraguados con miras proselitistas. Demasiada gente conocía esas falsificaciones como para que confiase sin sospechas en los testimonios aportados por los creyentes y de ahí que tuviesen tanta importancia las pruebas aportadas por fuentes externas, tanto más cuando las mismas provenían de enemigos como lo eran, en ese caso, los judíos. Otro argumento para tolerar la presencia de los judíos derivaba de las claras especificaciones de la Biblia en el sentido de que el pueblo judío debía conservarse hasta el fin de los días para poder ser redimido finalmente con el advenimiento del Mesías. Sobre ese punto, la única diferencia entre los judíos y los cristianos consistía en que los judíos seguían aguardando el primer advenimiento del Mesías, mientras que los cristianos entendían que el Redentor ya había venido y lo que seguían esperando era la verdadera era mesiánica a iniciarse con la segunda llegada de Cristo. Fue por esa causa que en sus comienzos la Iglesia introdujo una oración especial, Pro perfidis Judaeis, a ser pronunciada en los servicios eclesiásticos de los Viernes Santos. Tal como la formula el Sacramentztrio Gelasiano (atribuido al Papa San Gelasio I, 492--496), la oración incluía el siguiente pasaje crucial: "Rezamos también por los pérfidos judíos, para que su D's y Señor remueva el velo de su corazón a fin de que reconozcan a nuestro Señor Jesucristo". [12]

Resulta casi innecesario añadir, que los antijudíos recalcitrantes, incapaces de contradecir esas tradiciones largamente aceptadas, exteriorizaron su animosidad por otras vías. Las masas del pueblo inculto no estaban preparadas para aceptar las soluciones de compromisos de la Iglesia en el sentido de que los judíos fuesen tolerados dentro del mundo cristiano aunque sometidos a severas restricciones como lo eran las derivadas de llevar una vida segregada, si no físicamente con ayuda de las paredes del gueto, al menos espiritualmente. Por eso optaron por hacer objeto a los judíos de una discriminación política y económica. Inclusive el argumento histórico relativo a la ascendencia judía de la cristiandad, fue debilitado por algunos eclesiásticos de nota ya en el siglo II. El jurista norafricano Tertuliano enseñó que la ley otorgada a Adán ya contuvo "todos los mandamientos dados posteriormente de un modo explícito a Moisés". Más remarcablemente, San Ignacio de Antioquia se valió de una ideología afín a la de la Agadá rabínica que sostiene que la Torá escrita en letras de fuego sobre una base de fuego, fue preexistente a la Creación y que Dios consultó la Torá mientras creó el mundo. Ese padre de la Iglesia enseñó también, similarmente, que el conocimiento cristiano básico también fue preexistente. De esa manera estuvo en condiciones de acuñar la paradoja de que "la cristiandad no creyó en el judaísmo, sino que, por el contrario, los judíos fueron quienes creyeron en el cristianismo". La función del pueblo judío como testigo de la verdad de la Biblia cristiana perdió, con todo, su importancia con el tiempo, al desaparecer la necesidad de dicha confirmación después de siglos de observancia de la tradición bíblica por la abrumadora mayoría de la población de Europa medieval. De manera similar, incluso la necesidad de mantener la existencia del pueblo judío hasta el final de los días podía ser desvirtuada de algún modo. Así Juan Escoto, el Erígena, el doctor subtilis del siglo XIII, al comentar las predicciones bíblicas sobre la redención final de los judíos, sugirió que ese mandato del Libro de los Libros podía ser cumplido trasladando a cierto número de judíos a una isla distante, en la que se les conservaría recluidos a expensas de la cristiandad, hasta que se produjese el segundo advenimiento de Cristo. De hecho, en las numerosas controversias sostenidas por la Iglesia con judíos representativos, se encuentra repetidamente el argumento de que todo judío familiarizado con sus propias fuentes rabínicas debe haber tenido conocimiento de que Jesús fue el verdadero Mesías, aunque su testarudez los llevase a seguir negando la verdad. [13]

Por otra parte, en las tierras del Islam, el credo dominante reconoció plenamente Ia deuda contraída por él con el judaísmo y el cristianismo. Moisés, Isaías y Jesús fueron reconocidos como verdaderos profetas, aunque Mahoma reclamó para sí la designación de "sello de la profecía". Al atribuirse la condición de último vocero de la palabra divina, Mahoma creyó que podría descartar muchas de las enseñanzas de las religiones rivales. Pero factores sociopolíticos e históricos, así como el innegable hecho de que los judíos y los cristianos creían en el mismo Dios que los musulmanes, indujo a los líderes de la nueva fe a tolerar la existencia de los pueblos del Libro en dar al-Islam, el mundo islámico. Con todo, los musulmanes insistieron en discriminar y en segregar a los "pueblos protegidos" -ahl ad-dhimmah- con el fin de afectar su dignidad. También en este caso los apologistas del credo dominante adujeron que el advenimiento de Mahoma había sido anticipado claramente por la Biblia y que tanto los judíos como los cristianos estaban errados de medio a medio al repudiar el mensaje del profeta supremo. [14]

Tanto bajo el reinado de la cristiandad como del Islam, las fuerzas sociopolíticas y económicas resultaron decisivas en el apuntalamiento de la intolerancia para con las minorías religiosas o en la presión para su eliminación total. Las masas populares, en particular, reaccionaron a menudo independientemente creando nuevos mitos, antijudíos y antiminoritarios por su carácter, que desafiaron a la conducción eclesiástica y secular al condenar irremisiblemente al judaísmo y a sus adherentes. Esas creencias difundidas por el folklore, que comprendieron acusaciones como el "crimen ritual", la profanación de las hostias, el envenenamiento de fuentes de agua y otras similares, hicieron intolerable la vida judía, especialmente durante ciertos períodos de gran tensión. En algunos casos, esas acusaciones folklóricas cobraron una vida propia y sobrevivieron a los cambios de ideología que tornaron obsoletos y carentes de sentido antiguos argumentos teológicos y políticos. Hasta el día de hoy, por ejemplo, la imputación a los judíos del crimen ritual sigue reteniendo parte de su vitalidad histórica, en tanto que las controversias sobre las "blasfemias" judías en contra del cristianismo y del islamismo han quedado investidas de un hálito de falta de realidad. [15]

La homogeneidad nacional

El manto de la intolerancia religiosa ocultó a menudo cierta tendencia a preservar la identidad nacional y terminó cobijando, en esos casos, nuevas formas conscientes o inconscientes de intolerancia. Tal como se sabe, numerosos movimientos sectarios cristianos tales como el monofisitismo en Egipto y Siria a comienzos de la Edad Media, surgieron principalmente de un impulso tal. El hecho de que también en occidente un mezcla medieval del nacionalismo se entretejió íntimamente con la religión para crear una fuerza considerable, ya no requiere demostración Haldvan Koht tuvo sin, duda razón cuando declaró que "la historia del nacionalismo europeo se continúa ininterrumpidamente a partir de los comienzos del siglo XII". El famoso santo y seña de Gesta Dei per Francos (los actos de Dios ejecutados por los francos) con-tribuyó durante mucho tiempo a cimentar la conciencia nacional francesa y, en cierta medida, despertó ecos similares en otras naciones. [16]

Una de las características de los movimientos nacionales fue el intento de crear estados nacionales homogéneos. Sociedades organizadas conforme a ese patrón sintieron más agudamente que otras la presencia de las minorías extrañas y muy particularmente la de los judíos, distintos de la mayoría tanto por su religión como por su origen étnico. Sin embargo, durante toda la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, se admitió que la conversión de un judío al cristianismo atestiguaba su voluntad de integrarse a la mayoría no solamente desde un punto de vista religioso sino también étnicamente. Verdad es que incluso los conversos se sintieron alienados de sus vecinos. Hubo épocas en que el populacho rechazó la presencia de judíos convertidos al cristianismo, especialmente cuando fueron numerosos y alcanzaron en algunos casos elevadas posiciones en la sociedad. Así, cuando en 1130 Anacleto II fue electo Sumo Pontífice, sus oponentes lo calificaron de Antipapa, sobre todo porque era de ascendencia judía. Un conductor tan distinguido de la Iglesia como San Bernardo de Clairvaux, a pesar de su reconocida moderación, se refirió al bochorno que significaba que un retoño de los judíos -proles judaica- "ocupase la Silla de Pedro para ofensa de Cristo". Mientras esas conversaciones se limitaron a individuos, pudo concretarse su absorción y la de sus hijos por la sociedad. Pero aún así, los judíos que profesaban la religión cristiana siempre constituyeron un cuerpo aparte de la sociedad general y fueron vistos como extraños e incluso como extranjeros "demoníacos" por la mayoría de sus vecinos. [17]

La medida de ese resentimiento dependió de la composición étnica de la mayoría. Cuando un estado abarcó diversos grupos étnicos, el carácter "ajeno" de los judíos se destacó menos. Hace ya tiempo que he sugerido que la distinta composición étnica de los estados en los cuales los judíos vivieron podía suministrar la clave para comprender buena parte de la historia de éstos en la Europa medieval. Manifesté lo que sigue:

El Estado Nacional, sintiendo fuertemente la extranjeridad del judío en su organismo nacional homogéneo, trató siempre de eliminarlo por medio de una  asimilación total, que a  menudo tomó la forma de una conversión forzada, o por una exclusión total, que generalmente se tradujo en su expulsión. El Estado de Nacionalidades, o sea el compuesto por varios grupos diferentes, reveló menor preocupación por la existencia de un elemento distinto, pudiendo ver más claramente los méritos de cada grupo diferente de los demás. La amplia dispersión de los judíos sirvió incluso en ciertas épocas de fuerza cohesiva y centrípeta en esos estados. Aunque también los factores religioso y socioeconómico jugaron obviamente un papel muy importante en todas las relaciones judeocristianas, los antagonismos generados por ellos fueron mucho más persistentes y similares en los estados de mayores variantes étnicas. En todo caso, comúnmente fue el estado que aspiraba a adquirir una homogeneidad nacional el que se tornaba de más en más intolerante hacia la minoría judía y el que terminaba por eliminarla, ya sea recurriendo a una acción masiva que asumía la forma de masacres o a una acción más humana pero más definitiva, como eran los decretos de expulsión o de conversión forzada. [18]

A veces esa tendencia se reflejó también en nuevas ideologías del antisemitismo. Si bien la terminología se conservó predominantemente religiosa, no por eso dejó de mencionar en ocasiones las quejas originadas en la presunta explotación económica judía o en los crímenes que se decía eran cometidos por éstos contra toda la sociedad. No obstante ello, los resabios de la rivalidad nacionalista seguían flotando en el ambiente y asumían un carácter más pronunciado en los períodos en que arreciaba la pugna nacional, como la rebelión de los hussitas y el surgimiento de los movimientos protestantes tardíos. Un ejemplo de una posición que contiene claras connotaciones nacionalistas y religiosas es la exclamación de Martín Lutero: "¿Quién les impide a los judíos volver a Judea? Nadie... Les proveeremos todas las provisiones para el viaje, para vernos por fin libres de ese repulsivo gusano. Para nosotros, ellos son una grave carga, la calamidad de nuestra existencia. Son una peste enclavada en nuestras tierras". [19]

Con la progresiva laicización de la vida durante la Ilustración, a la que se sumó la difusión de la libertad religiosa que hizo poco viable la discriminación basada en razones religiosas, los argumentos nacionalistas comenzaron a tornarse más coherentes. Incluso durante la Revolución Francesa, la principal oposición a la extensión de la igualdad de los derechos a los judíos se concentró en torno del argumento de que ellos siempre habían constituido y continuaban siendo "un estado dentro del Estado". Los mismos partidarios de la igualdad para los judíos no negaron la existencia de un separatismo judío, sino que sostuvieron que éste disminuiría con el progreso de la Emancipación que conduciría a la larga a la total integración de la minoría judía dentro de la nación mayoritaria. Quizás la mejor expresión de ese punto de vista fue la formulada por el girondista conde Clermont-Tonerre, en su discurso del 23 de diciembre de 1789 en favor de la Emancipación judía, ante la Asamblea Nacional Francesa. En un pasaje muy citado, declaró el conde que a los judíos, como individuos, había que concederles todos los derechos, pero como nacionalidad, ninguno. Mucho más característica, sin embargo, fue su manifestación raramente citada, de que si los judíos rehusarían ese acuerdo, "¡habrá que deportarlos!" En otras palabras, la tradicional solución medieval de la cuestión judía a través de la conversión o de la expulsión sólo fue modificada con la alternativa laica de la asimilación total o de la deportación. No resulta por eso sorpresivo constatar que algunos de los revolucionarios franceses más radicales, los jacobinos de Champagne, propusieron formalmente la expulsión de los judíos de Francia como el mejor medio de resolver las dificultades que ellos creaban. Cabe destacar que el 23 de noviembre de 1793, más de dos años después de la proclamación formal de la igualdad, un alto funcionario de Estrasburgo definió bastante cruelmente los objetivos de muchos de los adherentes radicales de la nueva Religión de la Razón:

"En ese pueblo (los judíos) rige la ley inhumana de realizar una operación sangrienta a cada niño varón apenas nacido, como si la naturaleza no fuese perfecta. Usan luengas barbas, ostentosamente, para imitar a los patriarcas cuyas virtudes no han heredado. Cultivan un lenguaje que no conocen y que ha estado muerto durante mucho tiempo. Por eso solicito del Comité Provisional que les prohiba esas prácticas y que disponga un auto de fe a realizarse con todos los libros hebreos y particularmente con el Talmud, cuyo autor tuvo la desfachatez de permitirles ejercer la usura con gentes que profesan un credo distinto del suyo". [20]

Fuera de éso, los pueblos de España y Portugal, especialmente después de 1492 y 1497, se vieron colocados frente a una gran población de conversos, que en su mayoría abrazaron el cristianismo bajo presiones indirectas -como en el caso de España- o por la fuerza -como ocurrió en Portugal-. Como en otras ocasiones, esas conversiones masivas se revelaron a menudo como meras simulaciones y por consiguiente engendraron en la población local una hostilidad suficiente como para tratar de segregar de la sociedad a los conversos, sospechosos todos de seguir profesando el judaísmo. Tal ocurrió sobre todo en Portugal, donde la afluencia de unos 120.000 judíos procedentes de España, antes y durante 1492, creó un serio desequilibrio económico ya que el país contaba en total con una población inferior al millón de habitantes. Así fue como en ambos países surgió un nuevo tipo de antisemitismo, dirigido sobre todo contra los criptojudíos o judaizantes, ya que el judaísmo abierto había sido puesto fuera de la ley. El resultado de esa nueva línea antisemita fue la Inquisición -la española, primero, y la portuguesa, después- cuyos drásticos esfuerzos por suprimir la "herejía judaizante", tanto en la madre patria como en las colonias de ultramar; contribuyeron a crear la leyenda negra, que dañó considerablemente la reputación de ambas naciones ibéricas en otros países cristianos. Esa experiencia demostró que la conversión formal al cristianismo bajo la presión ajena no lograba convertir a los primitivos judíos en plenos españoles o portugueses, sino a lo sumo en una minoría permanentemente sospechosa de tendencias conspirativas. El "nuevo" antisemitismo no fue más que otra racionalización de las cortedades de la política de integración nacional perseguida por los regímenes iberos. [21]

 

Durante la Ilustración, los repetidos embates contra las religiones establecidas derivaron todavía más el énfasis de la crítica antijudía hacia canales nacionalistas. El deísmo del siglo XVIII fue proclive a atacar a los judíos por haber inyectado las enseñanzas del Antiguo Testamento en la civilización humana, con lo que echaron los fundamentos de la tradición católica. Fácil fue entonces para algunos líderes "ilustrados", como Voltaire, volver al antisemitismo clásico emulando las antiguas acometidas greco-romanas contra el judaísmo y su vástago, el cristianismo. [22]

Por otra parte, algunos protestantes, cuyo nacionalismo fue acrecentado por su orientación religiosa erastiana (doctrina de la supremacía del estado en los asuntos eclesiásticos) se mostraron tan propensos a los ataques contra los judíos como contra los católicos. Un destacado vocero de dicha orientación fue Johann Gottlieb Fichte. Admirador de la Revolución Francesa en un comienzo, ese filósofo germano se convirtió con el tiempo en un nacionalista extremo cuyas "conferencias a la Nación Alemana" contribuyeron a encender el entusiasmo del pueblo germano, en sus Guerras de Liberación, en contra de la hegemonía napoleónica. Por último, en un curioso panfleto intitulado "La República Germana a comienzos del siglo XII, bajo su Quinto Mayordomo Imperial" -escrito en 1807 y aparentemente no destinado a la publicación- Fichte dio rienda suelta a su fantasía acerca de un nuevo gobierno alemán con numerosas características similares a las del totalitarismo nazi. Más seriamente, en sus obras publicadas, Fichte objetó el judaísmo y el catolicismo, sosteniendo que ambos credos no eran sino distorsiones eudemonistas (perseguidoras de la felicidad) de la verdadera fe. Fichte se unió a Emanuel Kant en su rechazo de la "búsqueda de la felicidad" como móvil principal del estado, y rechazó la doctrina religiosa de la recompensa y del castigo por los actos humanos, doctrina que él consideró como una mera vulgaridad. Para él, el patriotismo real consistía en el auto-sacrificio por el propio país, así como la religiosidad genuina no era sino la propia comunión con la deidad. Fue por esa razón que condenó tanto la idea de un "Contrato Social" como la del pacto israelita entre Dios y sus creyentes, imitaciones ambas, dijo, del toma y daca contractual usado en el comercio. En contraste con Fichte, Charles Maurras, el "nacionalista integral" de fines del siglo XIX, se mantuvo toda su vida como un irreductible admirador del catolicismo, oponiéndose a la vez al judaísmo y al protestantismo. Maurras sentenció, condenando la división de la cristiandad en iglesias nacionales:

La idea de una iglesia nacional, como la rusa, la prusiana y la anglicana, que otrora anhelaron ciertos nacionalistas, puede ser considerada hoy en día como una calamidad. Fácil es comprender que apenas la Santa Sede de Romana es negada, el vacío creado por la ausencia de las tradiciones y las interpretaciones de la Iglesia terminará por facilitar el dominio de las Escrituras por el texto hebreo, los comentarios de los rabinos y sus exégesis - es decir, por el espíritu judío - y éso, paralelamente a la pérdida de terreno que vaya experimentando el espíritu del catolicismo. [23]

El racismo

En ese y similares pronunciamientos de nacionalistas del final del siglo XIX, se perciben fácilmente los ecos de las doctrinas raciales en rápida difusión. El nacionalismo, para ese entonces, pudo convertirse fácilmente en una concepción de la superioridad racial basada en vínculos de "sangre y suelo" que convertían a la nación, de un conglomerado parcialmente voluntario de individuos que era, en un fenómeno natural con características inmutables. La nueva superioridad racial fue radicalmente distinta de la doctrina israelita del Pueblo Elegido y de las afirmaciones equivalentes de la cristiandad de primera hora de haberse convertido en la "Nueva Israel", gozando como tal de la gracia de la selección divina. Es que esas nuevas aserciones de la superioridad racial nada conservaban de la humildad que venía asociada -al menos en la interpretación de sus apologistas- con la doctrina judía de pueblo elegido que tan bellamente había definido Maimónides. Al resumir las enseñanzas judaicas en su fundamentado Código, el gran filósofo y jurista escribió: "Los sabios y los profetas no ansiaron el advenimiento de los días del Mesías para que los judíos puedan gobernar el mundo, dominar a los paganos o recibir el homenaje de las naciones, ni tampoco para que puedan comer y beber y gozar de la vida. Lo ansiaron sólo para poder estar libres y dedicarse por entero al estudio y a la sabiduría". Del mismo modo, nadie podrá esperar de un moderno demagogo racista que se haga eco de la manifestación de Heymann Steinthal, el renombrado etnopsicólogo :

"Nos llamamos a nosotros mismos el pueblo elegido, no para indicar la altura en que nos encontramos hoy o en el pasado ni para aparecer como superiores, a nuestros prójimos, sino para poder tener siempre presente el abismo que separa nuestra realidad de las tareas que nos impone el ideal de nuestra moralidad, la brecha que existe entre nuestras omisiones y carencias y la vida ideal que nos indicaron nuestros profetas. La fealdad de cada uno de los actos de vulgaridad y de grosería que cometemos debe parecernos más repulsiva al admitir que son realizados por un "reino de sacerdotes"; e incluso las virtudes que podemos sentirnos con derecho a arrogarnos cederán ante las que deben caracterizar a una "nación sagrada".

Menos todavía puede esperarse que un político racista acepte la designación de un judío como el von Gotterkorener Prügel-knahe (el niño elegido por Dios para flagelarlo) y que esté dispuesto a aplicar un apodo semejante a su propia nación. [24] Curiosamente, uno de los primeros en aplicar ese nuevo criterio a un vocablo que, especialmente en el idioma inglés, tuvo una connotación neutral -1a raza- sustentando, paradójicamente, la superioridad de la raza judía, fue un cristiano converso, nacido judío: Benjamín Disraeli. Bautizado en su juventud por voluntad de su padre volteiriano, Disraeli, en lugar de ocultar su abolengo judaico, como lo hicieron otros conversos, lo invocó como título de distinción genealógica. En su temprana novela Tancredo, él hace que una joven judía le pregunte al aristocrático protagonista: "¿Cuál, a su juicio, debería ser la raza superior: la del adorado o la del adorador?" Disraeli afirmó que D's sólo habló a personas de la raza semita, como Moisés, Isaías, Jesús, Mahoma, y no a miembros de las razas occidentales. Al defender la igualdad de derechos para los judíos, sostuvo que su alegato no se basaba en la igualdad natural de todos los hombres -negada por él expresamente- sino más bien en la específica condición de los judíos como raza superior. En ese contexto fue que describió elocuentemente la supervivencia varias veces milenaria del pueblo judío a pesar de todas las persecuciones de que fuera objeto:

Los faraones egipcios, los reyes asirios, los emperadores romanos, los cruzados escandinavos, los príncipes góticos y los santos inquisidores, invirtieron parejas energías en el cumplimiento de ese objetivo común (el de destruir al pueblo judío). Todos ellos pusieron en práctica métodos de los más diversos: expatriación, exilio, cautividad, confiscación, las más ingeniosas torturas, masacres en la más amplia escala, curiosos sistemas de degradación en las vestimentas y leyes discriminatorias que hubiesen terminado por amilanar a cualquier otro pueblo. Pero fue en vano. Después de todos esos estragos, los judíos son hoy, probablemente, más numerosos de lo que fueron durante el reinado del rey Salomón el Sabio. Viven en todos los países y, desgraciadamente, prosperan en la mayor parte de ellos. Todo ello prueba que es en vano que el hombre intente sobreponerse a esa inexorable ley de la naturaleza, según la cual una raza superior jamás debe ser destruida o absorbida por una inferior. [25]

Antes de que transcurriese mucho tiempo, los judeofobos explotaron esa doctrina racial en su interés. Para ellos, los judíos eran una raza inferior cuya presencia contaminaba a la sociedad cristiana que los acogía. De hecho, el nuevo término de "antisemitismo" fue acuñado por Ernest Renan o por Wilhelm Marr en la década de 1870 para hacer hincapié en las objeciones a la "raza" judía que, por el hecho de que el hebreo era un lenguaje semita, fue caracterizada de semita también ella. Por una de esas ironías del destino, hoy nos toca escuchar frecuentemente la frase "antisemitismo árabe", incluso cuando racialmente los árabes son más que ningún otro pueblo miembros de esa invocada raza semita. Ya en el año 1872, un estudioso alemán, F. von Hellwald, declaró categóricamente: "Un profundo abismo separa a las razas del mundo. A través de la historia, ese abismo ha permanecido insalvable y probablemente, como tal quedará". Y de un modo en extremo curioso, la mera supervivencia de los judíos a través de las edades se convirtió en el blanco esencial del ataque. Escribiendo de un modo que evocaba las jactancias de Disraeli, sostuvo Friedrich Nietzsche: "Sin duda alguna, los judíos son la más fuerte, la más resistente y la más pura de las razas que viven en Europa. Ellos saben cómo perseverar en las peores condiciones, gracias a ciertas virtudes que uno tiende a denominar vicios". En otro contexto, el mismo autor manifestó : "Los judíos son el pueblo más notable de la historia mundial ya que, enfrentados al problema de la existencia o de la inexistencia, se pronunciaron con una conciencia realmente misteriosa, por la existencia a todo precio. . . Los judíos se convirtieron así en el pueblo más calamitoso de la historia del mundo: en sus últimas manifestaciones han falseado de tal modo a la humanidad que incluso hoy en día un cristiano puede considerarse a sí mismo antijudío sin darse cuenta de que él es el producto final del judaísmo". [26]

No debemos olvidar que incluso antes del surgimiento del antisemitismo racial moderno, los judíos ganaron considerable experiencia en ese tema de la discriminación racial. Una parte importante de su desarrollo histórico en la temprana Edad Moderna se condensó en su conversión en víctimas de las inquisiciones española y portuguesa. El Santo Oficio de ambos países de la península ibérica, al desarroIlar su doctrina de la limpieza de la sangre, no sólo hizo objeto de su persecución a individuos acusados de judaización, sino que también mantuvo la ficción de que, habiendo sido judía, una persona lo seguiría siendo a través de muchas generaciones. De hecho, quienes adujeron ser de sangre pura en España, obtuvieron a menudo certificados de la Inquisición que atestiguaron su limpieza de sangre o, según el caso, que no más de un cuarto, un octavo o un sesenticuatroavo de sangre judía corría por sus venas. Como resultado de ello, los marranos -así fueron designados peyorativamente por sus vecinos desde el primer momento- no solamente estuvieron sujetos a la sospecha de profesar secretamente el judaísmo sino que, por no ser "de sangre limpia", se vieron impedidos a menudo de ejercer cargos importantes en el Estado y en Ia Iglesia. Esas normas rigieron no sólo en la península ibérica, sino también en casi todas las colonias españolas y portuguesas del Nuevo Mundo, Africa y Asia. Simultáneamente, la dispersión marrana, creada como consecuencia de ello, llenó una de las funciones más importantes cumplidas por emigrados religiosos o políticos. Al establecerse en numerosos países del occidente de Europa, del Mediterráneo y del Nuevo Mundo, esos "nuevos cristianos" inyectaron elementos creativos en las sociedades que los acogieron y se convirtieron en un factor sumamente importante del progreso de la civilización occidenta1. [27]

Con una ideología mucho más refinada y ramificada, reforzada con toda clase de argumentos "científicos", los modernos racistas alemanes insistieron en que su propia raza era superior a todas las demás, viendo en ello la justificación para su aserción de que el destino a que estaba convocada la nación germana era el de dominar a los otros pueblos. En su marcha hacia la dominación mundial no vacilaron en descartar tanto al protestantismo como al catolicismo, optando por una Iglesia teutónica germana retrotraída a la antigua religión tribal de los teutones. Ese nuevo enfoque fue elaborado por el ideólogo nazi, Alfred Rosenberg, especialmente en "El mito del siglo XX", aparecido por vez primera en 1930. A pesar de su estilo chapucero y de sus numerosas oscuridades, el trabajo reapareció en 181 ediciones y fue vendido en los once años siguientes en 960.000 ejemplares. Entre las perlas de la sabiduría del autor figuran pasajes como los siguientes:

"E1 antiguo eclesiasticismo oriental sirio-judío se destronó a sí mismo... Hoy comprendemos que los valores centrales y supremos de las iglesias romana y protestante, que no fueron sino una cristiandad negativa, no satisfacen a nuestra alma, y son un obstáculo para el progreso de las fuerzas orgánicas de los pueblos determinados por su raza nórdica y deben dejar paso a una revaluación en el espíritu de la cristiandad teutónica. Ese es el sentido de la presente posición religiosa". Más aún: mucho antes del ascenso del partido nacionalsocialista, en 1909, se escucharon advertencias como la de Ernest Wachler en Der Hammer:

"¡¡Pobre del pueblo que habrá de conducirse de una manera cristiana en una era en que habrá comenzado la lucha por la posesión de la tierra!". El autor se refería expresamente a la primera guerra mundial que se avecinaba y en la cual los alemanes esperaban conquistar la supremacía sobre el globo. Después de haber absorbido las enseñanzas de Nietzsche y de otros, esa gente se sentía maniatada por las restricciones que le imponía a su pueblo la ética cristiana. Otro escritor germano, Heinrich Pudor, no estuvo solo al sostener en 1909 :

"De raza heroica y de amos que fueron, los teutones se han convertido en un pueblo de soñadores, adoradores y penitentes. ¿Por qué? Por culpa de su cristiandad... Liberaos del judaísmo y del cristianismo y retornad a las fuentes del teutonismo... El cristianismo es un invento del judaísmo... Toda la cristiandad no es sino judeo-cristiandad y como tal es el fraude más estupendo jamás cometido con las razas y los pueblos de la historia mundial.

Para los judíos, esas doctrinas condujeron en última instancia a los horrores de la "solución  final". [28]

La confrontación capitálista-socialista

Paralelamente, numerosos factores económicos estaban contribuyendo al ascenso de los sentimientos antijudíos. No se necesitaba ser marxista para advertir que buena parte de la vida social, incluyendo las relaciones intergrupales, se veían afectadas por el papel desempeñado por los diversos grupos en la economía de los países. Es cierto que no puede hablarse del trasfondo económico del antisemitismo clásico porque los judíos dispersos por el mundo greco-romano no se diferenciaban mucho del resto de la población por su estratificación profesional. Si se exceptúa a las comunidades que vivían en algunas grandes urbes como Alejandría, entre los judíos casi no había individuos particularmente ricos que pudieron haber sido acusados de explotar a la población gentil. De hecho, autores satíricos como Juvenal se mofaron de los judíos de Roma por su pobreza y no por su riqueza. Inclusive la profusión tan enorme de los papiros egipcios que se conservaron a través del tiempo y que fueron detenidamente analizados por los modernos estudiosos, no ha arrojado más que un único texto que puede contener una alusión a alguna objeción de algún no judío hecha a un judío por el préstamo de dinero, y aún esa alusión no es más que una discutible interpretación de un pasaje oscuro. En cambio, el antijudaísmo político encontró expresión en cierto número de papiros alejandrinos que pasaron a denominarse las Actas de los mártires paganos. Pero a medida que iba transcurriendo la Edad Media y progresando el feudalismo, los judíos fueron segregados de la agricultura en la mayor parte de los países europeos y a medida que la Iglesia se tornó de más en más hostil al préstamo a interés por parte de los cristianos, los judíos pasaron a hacerse cargo de esa economía unilateral de concentración en la banca, el comercio y en algunos pocos oficios que les fueron permitidos. Esa estratificación profesional los expuso a serios resentimientos y terminó por hacerlos objeto de enconados y difundidos ataques. [29]

Con todo, tales acusaciones jugaron meramente un papel secundario si se las compara con las que engendraron los antagonismos religiosos y nacionalistas. Sólo con el ascenso del capitalismo moderno y con la creciente participación de los judíos en él, el factor económico pasó a cobrar preeminencia en las relaciones judeo-cristianas. En un comienzo, las fuerzas progresistas acogieron con beneplácito la contribución de los judíos al desarrollo de nuevas industrias y del comercio internacional. Muchos países, y particularmente Holanda, Inglaterra y Francia, readmitieron en su seno a los judíos por sus valiosos aportes. Claro está que ese nuevo giro también generó no poca oposición de parte de los intereses creados y de los elementos tradicionalistas. Con la creciente preponderancia de la moneda y del crédito, la posesión de la tierra perdió su antigua preeminencia y con ello, naturalmente, despertó el antagonismo de los señores feudales cuya dominación política se vio socavada. Igualmente, las antiguas guildas de oficios tampoco vieron con buenos ojos los nuevos métodos de producción y la nueva distribución de bienes, en los que intervenían activamente y cada vez más "intrusos" como los judíos, durante tanto tiempo excluídos de las corporaciones. Claro está que los terratenientes y los artesanos estuvieron generalmente a la defensiva en su enfrentamiento contra las nuevas fuerzas ascendientes de la iniciativa capitalista. Por eso fueron muy significativas las corrientes específicamente antijudías engendradas en el siglo XIX por la reacción anticapitalista, que abarcó tanto a la derecha conservadora como la izquierda populista o socialista. [30]

Los antisemitas comenzaron a valerse de "nuevas" consignas antijudías que nacieron de las acuñadas por las antiguas fuerzas conservadoras o por los nuevos movimientos populistas y socialistas. Ese tipo de antisemitismo comenzó a desempeñar un rol cada vez más prominente en los movimientos cristiano-socialista, social-democrático, comunista y otros de tipo populista y por consiguiente estampó su sello sobre muchas de las luchas domésticas en las naciones industrializadas de los siglos XIX y XX. Entre esos grupos cabe destacar por su influencia el de los primeros socialistas de las escuelas de Fourier y Marx. Un discípulo de Fourier, Antoine de Toussenel, publicó en 1845 un folleto titulado "Los judíos, reyes de nuestra época". Su frase hizo escuela y siguió utilizándose durante las décadas que siguieron en la literatura antijudía. [31]

Dos años antes, el mismo Karl Marx, entonces joven periodista, incluyó en su crítica de una obra muy debatida escrita por un pensador conservador, Bruno Bauer, algunos pocos ataques contra los judíos. El pensó que el judaísmo nunca fue sino una superestructura ideológica del mundo del comercio y que, con la desaparición del orden capitalista que imperaba entonces en la "sociedad civil", el judaísmo también se extinguiría y desaparecería de la faz de la tierra. Discutiendo sobre la emancipación de los judíos, Marx se permitió valerse de un epigrama como el siguiente: "Lo que se necesita no es emancipar al judío, sino emanciparse del judío" vale decir, poner coto al sistema reinante en la sociedad civil. Cierto es que en las décadas siguientes muchos socialistas trataron de explicar y justificar de algún modo esa retórica marxista y finalmente, en el Programa de Erfurt de 1892, el partido socialista alemán adoptó una posición contraria al antisemitismo, al que el líder socialista de entonces, August Bebel, denominó en otro contexto "1a religión de los tontos". Pero muchas fracciones del socialismo y del comunismo continuaron albergando en sí sentimientos antijudíos que terminaron por provocar los excesos antisemitas de los regímenes staliniano y post-staliniano en la Unión Soviética. [32]   Nada tiene entonces de sorprendente el hecho de que el gran poder adquirido por la Casa de los Rothschild se convirtiera en el blanco de crecientes ataques por parte de los enemigos de los judíos y hasta de los voceros moderados de tradiciones más antiguas. La literatura comenzó a ofrecer descripciones de los Rothschild, ya sea bajo su propio nombre o bajo otros, que los presentaban como poderes demoníacos que amenazaban con disolver todos los viejos valores de la sociedad. En ese coro de influyentes poetas y escritores incluso se escuchó una voz tan elocuente como la Byron, uno de cuyos héroes declama:

 

"¿Quién es el fiel de la balanza en el mundo? ¿Quién reina sobre los congresos reales y liberales? . . . El judío Rothschild y su colega cristiano Baring. Ellos y el gran liberal Lafitte son los verdaderos dueños de Europa. Cada préstamo no es una mera especulación:cuando no crea un trono, hunde una nación".

Ningún lector informado puede dejar de detectar en "La Comedia no divina" del conde Zygmunt Krasinski una denuncia de la Casa de los Rothschild como fuerza destructiva de primer orden para la sociedad. Esas acusaciones se hicieron particularmente vehementes en Alemania, sobre todo después de la quiebra de 1873 que arruinó tanto a especuladores como a muchos inversores honestos. En la reacción que siguió a la bancarrota, los ataques en la prensa, en el parlamento y en la literatura se concentraron contra toda la estructura financiera del Reich alemán y sobre todo contra su Bolsa de Comercio. Esta fue denunciada como el foco de una especulación incontrolada y sus miembros judíos en particular, incluyendo a la Casa Frankfurt de los Rothschild, fueron estigmatizados como los enemigos del pueblo. Típico de esos estallidos anti-Rothschild fue el siguiente pasaje de un escritor que firma con el seudónimo Germanicus :

Durante la gran era de las estafas financieras, 1869-74, la "casa mundial" de los Rothschild negoció más de noventa nuevas obligaciones, por un total de 12 billones de marcos. Eso, aparte de algunas suscripciones privadas, sin prospecto público, que parecen representar un enorme capital. Entre esas obligaciones hubo no menos de dieciséis que representaron una inversión nominal de 3.400.000.0000 de marcos, incluyendo los renombrados bonos de Crédito Inmobiliario por 250.000.000 de rublos. Uno se pregunta si alguna vez se les ocurrió a los señores (herren) von Rothschild poner un crédito tal, equivalente a mil millones de marcos, a disposición de la agricultura alemana.

Literatura de ese tenor proliferó en ese entonces y un partido político de la época comenzó a utilizar en su nombre la designación introducida últimamente de "antisemita". Esa agrupación tuvo éxito en la campaña electoral que siguió y logró introducir algunos diputados al nuevo parlamento. Entre estos se contó Liebermann von Sonnenberg quien, el 7 de diciembre de 1895, en su alocución parlamentaria titulada "Contra la Bolsa de Comercio" repitió los ataques contra los banqueros judíos que estaban en realidad dirigidos, indirectamente, contra todo el pueblo judío. Las agresiones verbales antijudías crecieron en frecuencia y en vehemencia durante las décadas que precedieron al ascenso de los nazis al poder. Con éstos, los ataques pasaron a combinarse con ponzoñosas agresiones dirigidas contra el comunismo judío, el enemigo irreconciliable del capitalismo. En la década de 1930, incluso la población estadounidense escuchó frecuentemente las alocuciones del padre Charles E. Coughlin que a través de los medios masivos de comunicación emprendió una campaña contra los "banqueros internacionales". En cada una de esas arengas del "sacerdote de la radio", dos de las tres firmas contra las que dirigía sus ataques, llevaban invariablemente nombres judíos. [33]

El imperialismo moderno

Con el progreso del capitalismo se desarrolló una nueva y difundida forma del imperialismo. Los siglos XVII y XVIII hicieron hincapié en la raison d'état y en la soberanía nacional para justificar la preeminencia absoluta de las leyes estatales. La soberanía absoluta establecía que ningún poder podía ser superior al estado mismo en la atribución conferida a sus gobernantes de determinar lo que ellos consideraban que debía ser el comportamiento ético o el reprobable. De resultas de ello, se subrayó la no interferencia en los asuntos internos de otros estados, con lo que el camino quedó allanado para actos completamente arbitrarios de los gobernantes. Ese concepto perjudicó frecuentemente a los judíos, en mayor medida que a otras minorías, ya que hasta 1948 los judíos no tuvieron un estado propio que pudiera acudir en su auxilio. Mientras que la mayor parte de los estados occidentales hizo protestas de adhesión a la ética cristiana, rechazando ostensiblemente el maquiavelismo como método para las relaciones internacionales, los hechos estuvieron muy lejos de esas declaraciones. Hacia mediados del siglo XIX, por ejemplo, Otto von Bismark reiteró constantemente que Alemania era un estado "cristiano". Pero junto con ello, en su discurso del 3 de diciembre de 1850, declaró que "el único sólido fundamento de un gran estado, que sirve para diferenciarlo esencialmente de un pequeño estado, es su egoísmo estatal, como sustituto del romanticismo. Es indigno que un gran estado se bata por una causa que no cae dentro de la esfera de sus propios intereses". Más tarde, benito Mussolini habría de repetir frecuentemente que el sacro egoísmo era y seguiría siendo el principio rector de su régimen. La guerra, por consiguiente, no debía ser considerada como un mal necesario sino antes bien como una oportunidad para el logro de los más elevados objetivos humanos. Mussolini explicó claramente que el fascismo "deshecha el pacifismo, que es un manto de la cobardía, una renunciación supina que se contrapone al autosacrificio. Sólo la guerra concentra todas las energías humanas en su máxima tensión, imponiendo su sello de nobleza sobre esos pueblos que tienen el valor de enfrentarla". Bajo el régimen nazi, finalmente, las enseñanzas del cristianismo fueron reinterpretadas para ajustarlas a los nuevos designios imperiales de Alemania. En 1937, el ministro de Estado para los asuntos Eclesiásticos, Hans Kerrl, declaró llanamente: "Ha surgido ahora una nueva autoridad sobre lo que realmente significan Cristo y el Cristianismo. Y esa nueva autoridad es Adolfo Hitler". [34]

En un comienzo, el énfasis puesto en los intereses nacionales fue propicio para los judíos. La admisión o readmisión de los judíos en un determinado país siempre se vinculó de un modo abierto a los beneficios que tal admisión acarrearía al anfitrión.

Tales argumentos fueron expuestos repetidamente, por ejemplo, en la Holanda de la era del re-asentamiento hebreo. También se adujo, desde un punto de vista histórico (así lo hizo, por ejemplo, el economista holandés del siglo XVIII, Elie Luzac) que el ocaso de España y Portugal y el ascenso de los poderes marítimos septentrionales se debieron en gran medida a la expulsión de los judíos (y de los moriscos) de la península ibérica, y a su admisión en la Europa noroccidental, Menasseh ben Israel, al apelar a Oliver Cromwell para lograr su autorización al reingreso de los judíos a Inglaterra, recurrió al argumento económico junto con la invocación religiosa, según la cual, al negarse a admitir a los judíos, Inglaterra (Angleterre, tierra de ángeles)  posponía la era mesiánica, que conforme a la predicción profética, concretaría la concentración del pueblo judío desde "todos los rincones de la tierra". En su alegato mercantilista, Menasseh ben Israel se anticipó a Simone Luzzatto en su volumen "La Situación de los Judíos en Venecia", publicado en 1638. Finalmente, Werner Sombart, que no era precisamente amigo de los judíos, al sostener su tésis de que el espíritu judío - y no el protestante - fue el principal responsable del advenimiento del capitalismo moderno, se mostró sumamente lírico al exclamar: "Israel pasa sobre Europa como el sol: cuando llega, hace brotar la nueva vida; cuando se va, todo se sume en el ocaso". Ese pasaje fue citado frecuentemente por los apologistas pro-judíos, incluso por quienes rechazaron lo esencial de la teoría sombartiana. [35]

Con todo, en distintas ocasiones, como Io hemos visto, fuerzas antijudías invirtieron ese argumento tratando de demostrar que la dominación económica judía condujo a la ruina de los países en que vivieron. Políticamente, además, se cuestionó el patriotismo de los judíos. Desde tiempos inmemoriales, los judíos fueron acusados de colaboración con el enemigo. Si bien tal imputación fue hecha ocasionalmente en el Imperio Romano, ella pasó a ser muy frecuente durante la incesante confrontación de la cristiandad con el Islam. en el curso de la Edad Media. La responsabilidad por la conquista de España por los moros en 711-12 fue enrostrada por los enemigos de los judíos a estos últimos, acusándolos de haber asistido a las huestes invasoras musulmanas. Es posible que los judíos de la España visigoda que sufrieron todo un siglo de despiadadas persecuciones, se hayan plegado en cierta medida a determinados grupos cristianos que con razones muchos menos valederas consideron a los moros como liberadores de un régimen intolerablemente opresivo. Pero los voceros antijudíos fueron mucho más lejos y acusaron a los judíos. por ejemplo, de haber abierto las puestas de Tolosa a los atacantes musulmanes. Tales acusaciones se repitieron en los siglos siguientes durante las frecuentes hostilidades entre cristianos y musulmanes y se renovaron en el siglo XVI en los países habsburgos y en Polonia, al afrontar todos ellos la creciente "amenaza turca". Una típica patraña difundida en ese sentido por un cronista polaco, Marcin Bielski, aludió a presuntos esfuerzos proselitistas judíos durante los tempranos sucesos de la Reforma protestante en Polonia y en Lituania. Según él, los judíos enviaron cierto número de cristianos convertidos por ellos al judaísmo al Imperio Otomano, país en el cual podían profesar libremente el culto judaíco. Cuando en 1539 el Rey Segismundo I ordenó una investigación del caso, los judíos, presuntamente, enviaron un emisario al Sultán turco pidiéndole que interviniese ante el Rey para que la vía a Turquía quedase expedita. El Sultán replicó que no había necesidad para tal intervención puesto que de avenirse los judíos a esperar un poco, él mismo vendría a esos países para expulsar de ellos a los cristianos, asegurar la paz para los judíos, y abrirles el camino a donde quisieren.

Esas denuncias llegaron a su culminación en la Alemania de después de 1918, cuando los antisemitas de distinto pelaje comenzaron a atribuir a los judíos, al unísono, la mayor de las responsabilidades por la "puñalada en la espalda" que según ellos ocasionó la derrota de Alemania en la primera guerra mundial. [36]

Bajo el capitalismo moderno, los ataques a los judíos basados en esos fundamentos se vieron grandemente intensificados en torno a una doble acusación: deslealtad en la esfera internacional y subversión en el campo doméstico. Un escritor antisemita ruso, G. Butmi, no hizo más que expresar suspicacias muy difundidas cuando escribió en 1906:

"A través de sus agentes, los masones rusos, Inglaterra coopera en la campaña por la esclavización interna de Rusia que vienen confabulando los judíos sionistas; esa confabulación tiende a provocar la subversión interna, paralizar la resistencia potencial de Rusia y somete a ésta a los intereses de la política exterior de Gran Bretaña. El acuerdo respectivo en ese sentido entre los sionistas y los masones fue logrado aparentemente en 1900 por iniciativa del Dr. Herzl. fundador del moderno sionismo. El sionismo judío, actuando en Rusia para la protección de los masones, no sólo está bien organizado sino que se expande por el país entero con la traicionera asistencia de la política exterior británica que siempre fue inamistosa para Rusia pero amistosa, sí, para con los judíos".

Acusaciones similares se escucharon en la Unión Soviética durante los últimos años, en los procesos incoados a los así llamados cosmopolitas. Si se exceptúa la sustitución de la Gran Bretaña por los Estados Unidos como principal enemigo de Rusia, los ataques dirigidos contra la deslealtad judía aparecidos en la prensa soviética, especialmente en la década de 1950 y posteriormente a partir de 1967, guardan escasa diferencia, por su tenor, con los anteriores. Sin conocer a Butmi -según es de suponer- el ministro del Exterior zarista, conde Nicolaievich Lamsdorf, sometió al zar un memorando "Sobre los Anarquistas", en enero de 1906. En ese documento denuncia el ministro la supuesta conspiración de la Alianza Israelita Universal, apoyada en sus "gigantescos medios pecuniarios" y de diversas logias masónicas contra el orden establecido. El conde sugiere una contra-conspiración del zar, el káiser y el Papa, "en favor de una activa campaña contra el común enemigo del orden monárquico y cristiano en Europa".

A1 recibir el memorando, comentó Nicolás II: "Es preciso iniciar inmediatamente las negociaciones. Comparto en todo las opiniones aquí expresadas". Con todo, la propuesta de Lamsdorf, que formaba parte de la inefectiva orientación pro-germana del ministro, no cuajó. [37] Incluso en los países democráticos, la creencia en la falta de patriotismo de los judíos ha persistido en ciertos grupos hasta nuestros días.

Ultimamente, la acusación tomó la forma de una imputación de doble lealtad. Una encuesta realizada en los Estados Unidos hace algunos años, estableció cómo reaccionaban los cristianos ante la manifestación de que "los judíos, en general, se inclinan a ser más leales a Israel que a los EE.UU.". 10% de los católicos y I3'% de los protestantes -en algunas pequeñas sectas protestantes el porcentaje se elevó al 24 - contestaron directamente con la afirmativa. Otro 16% de los católicos y 18% de los protestantes (22% en las pequeñas sectas) respondieron : "en cierta medida". No mucho menores fueron los porcentajes de quienes respondieron afirmativamente - de un modo terminante o parcial- a la indagación: "los jóvenes judíos estuvieron menos dispuestos que los cristianos a ofrecerse como voluntarios a las  fuerzas arrnadas durante la última guerra" (1a segunda guerra mundial). De hecho, la segunda aserción puede ser desbaratada fácilmente con las estadísticas existentes. Cabe señalar aquí que a mí me tocó desempeñarme durante esa guerra en la Comisión de Registro Militar del "National Jewish Welfare Board" que se aplicó a componer la lista nominal de todos los combatientes judíos, incluyendo a los que cayeron en acciones de guerra, recibieron condecoraciones por su coraje, etc. A pesar de las obvias dificultades con que tropezó la Comisión para establecer la identidad judía de los combatientes en base a sus nombres y a otros criterios sutiles, hallé que la proporción de judíos en cada una de dichas categorías fue superior a la que formaban en la totalidad de la población. Lo mismo cabe decir de los judíos de Alemania durante la primera guerra mundial. Y a pesar de ello, tal como ocurre con otros mitos folklóricos, la imputación persistió con notable tenacidad. [38]

A1 mismo tiempo, la patraña de la proclividad judía hacia la subversión interna se nutrió del hecho de que en los siglos XIX y XX muchos judíos se sumaron efectivamente a los movimientos radicales, alcanzando algunos de ellos conspicuas posiciones en la conducción de los mismos. Benjamín Disraeli sostuvo en vano que los judíos fueron forzados a incorporarse a los movimientos radicales como resultado de las persecuciones cristianas. Disraeli afirmó que por su misma psicología y sus tradiciones, los judíos siempre se apegaron a tres núcleos: la familia, la propiedad y la religión, todos ellos fundamentalmente conservadores por su carácter, y que sólo cuando fueron hostigados por el establishment no tuvieron otra salida que la de unirse a la oposición. Pero fue especialmente después de estallada la Revolución Rusa que el papel preeminente desempeñado por León Trotsky, Iaacov Sverdlov y otros, en los eslabones más elevados de la jerarquía del partido comunista, vino a abonar las imputaciones de inclinaciones comunistas de todos los judíos. Una anotación fechada el 31 de diciembre de 1918 en el diario del coronel Edward M. House, influyente asesor del presidente Woodrow Wilson, arroja una curiosa luz sobre las ramificaciones de dichos rumores. House informó al presidente sobre una conversación suya con Lord Arthur Balfour quien presentó una muy curiosa teoría sobre los judíos. Algunos le dijeron, y él se siente inclinado a creerlo, que casi todos los males de la sociedad, como el bolchevismo y otros de similar naturaleza, pueden ser atribuidos directamente a los judíos del mundo. Estos parecen determinados a conseguir lo que desean o a provocar el eclipse de la presente civilización. Sugerí que los colocásemos en Palestina, al menos a los mejores de ellos, haciéndolos responsables por la conducta equilibrada del resto de los judíos en el mundo. Balfour piensa que el plan tiene muchas posibilidades de éxito.

¡Y Balfour fue el hombre cuyo nombre adorna la famosa Declaración del gobierno británico del 2 de noviembre de 1917 que comprometió la asistencia británica en la erección de un Hogar Nacional Judío en Palestina! Antisemitas recalcitrantes, como los cronistas del "Dearborn Independent" de Henry Ford, pudieron consignar en el periódico la lamentable manifestación de que "todo comisario en la Rusia de hoy es judío... De una masa de rezagados, los judíos de Rusia se han convertido en una perfecta falange, una columna volante que trata de fomentar el desorden, como si el lugar de cada uno de ellos estuviese preparado de antemano". Por curiosa ironía, esa atribución no ha perdido del todo su vigor, ni siquiera a la luz de las persecuciones antijudías de los regímenes staliniano y poststaliniano y las vastas campañas antisoviéticas organizadas por los judíos del mundo en apoyo de sus hermanos perseguidos. La encuesta norteamericana antes mencionada reveló igualmente que un considerable sector de la población cristiana de los Estados Unidos seguía creyendo en la década del sesenta de este siglo que "los judíos son menos propensos a oponerse al comunismo que los cristianos". [39]

sParte de la propaganda antijudía se extendió en nuestro tiempo, igualmente, a los fundamentos del cristianismo. Nacionalistas extremos de toda calaña vinieron insistiendo a través del tiempo que la fe cristiana, por el hecho de ser un producto del judaísmo, únicamente puede terminar debilitando la fortaleza de las naciones gentiles. Los ya mencionados pronunciamientos en contra de la cristiandad hechos por Wachler y pudor son típicos, por más que ciertos sectores de nacionalistas "integrales", al estilo de Charles Maurras, se mostraron favorables al cristianismo por considerarlo esencialmente una religión romana y, como tal, opuesta al judaísmo. La tradición latina del cristianismo, en opinión de Maurras, hacía del mismo una fuerza positiva para el nacionalismo francés. Al pasar revista a la escena internacional, al iniciarse el presente siglo, declaró Maurras : "Existe una gran potencia marítima: es la anglo-sajona y protestante, y por lo tanto dos veces bárbara. Existe una gran potencia militar: la germana y protestante, dos veces bárbara. Existe un gran poder financiero: el cosmopolita y judío, que es a la vez bárbaro y anarquista". Los nacionalistas protestantes alemanes, por otra parte, estaban dispuestos a condenar en conjunto a todas esas nuevas fuerzas como obstáculos a la unidad y a la expansión imperial germanas. En la Alemania de la época de Bismark, Paul de Lagarde, distinguido erudito en las ciencias de la Biblia, sostuvo que el catolicismo, el protestantismo, el judaísmo y el naturalismo deben ceder paso a una nueva concepción de la vida y limitarse a perdurar en el recuerdo como esas lámparas que se usaban de noche al ponerse el sol en las montañas. De lo contrario, la unidad de Alemania se hará de más en más problemática con el correr del tiempo.

Esas opiniones ganaron carta de ciudadanía con el elocuente llamado de Nietzsche a una "reevaluación de todos los valores" y su exaltación del superhombre en la lucha por el poder. Todo ello terminó por desembocar en la tragedia de las dos guerras mundiales y en la destrucción de las juderías de Europa oriental y centro-oriental. [40]       

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