Los
modelos cambiantes del antisemitismo
Salo W. Baron
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El ensayo que publicamos fue
leído por el autor ante la Convención y Seminario Anual de
la "Conferencia sobre Estudios Sociales Judíos" que tuvo
por tema "Las nuevas actitudes del Tercer Mundo y otros factores hacia
el judío". Dicha jornada de estudio se desarrolló con
la participación de la Comisión Académica del Congreso
Judío Mundial, en la Escuela de Asuntos Internacionales de la Columbia
University. La versión inglesa del trabajo apareció en
la revista Jewish Social Studies en su número de invierno
de 1976. El Prof. Salo Baron es uno de los más notables historiadores
contemporáneos del pueblo judío.
Cuando en 1961 depuse en el Proceso Eichman
como "testigo histórico" describiendo las condiciones del
judaísmo europeo antes del ascenso de Hitler al poder y la ruina
total de millares de comunidades judías durante la segunda guerra
mundial, me referí naturalmente, con cierta extensión, a la
ideología nazi y al intento de la misma de dar una "solución
final" al problema judío. En uno de sus interrogatorios me preguntó
Robert Servatius, principal abogado defensor: "Como profesor de historia,
¿puede explicar Ud. las causas de esa actitud negativa que viene existiendo
desde hace tantos siglos, y de esa continuada guerra, contra el pueblo judío?"
Concluí la respuesta que le dí con una breve sentencia: dislike
of the unlike (el desagrado ante lo distinto). En otras palabras, el
mero hecho de que los judíos fueran distintos de sus vecinos, ya
fuese por su religión como por sus costumbres, su estratificación
económica, su apariencia externa o lo que fuese, bastó para
que se los odiase, a veces hasta el extremo de hacer nacer un ferviente
deseo de verse libres de ello.
[1]
Los
diversos argumentos
Las racionalizaciones del antisemitismo difirieron de tiempo
en tiempo. El Libro de Esther, por ejemplo, al dar cuenta de los argumentos
invocados por el partido persa antijudío, pone en boca del cortesano
Hamán las siguientes palabras pronunciadas ante el Rey Assuero: "Hay
un pueblo esparcido y dividido entre los pueblos en todas las provincias
de tu reino, y sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no observan
las leyes del rey; y al rey no viene provecho de dejarlos". En un comienzo,
se nos relata, esa presentación halló aceptación en
los círculos de la corte en Susán (Susa). Se necesitó
considerable habilidad de parte de Mardoqueo y de Esther para evitar el
peligro del primer pogrom en gran escala que amenazaba a la dispersión
judía en las "ciento veinte y siete provincias" del Imperio
Aqueménida.
[2]
Poco importa en ese sentido si la narración bíblica transmite
hechos históricos o si ella es meramente un texto devoto; de uno
u otro modo, expone argumentos referentes a los judíos que fueron
invocados por la sociedad gentil en Persia y en el mundo helenista. 3]
Si bien el desagrado por lo diferente encuentra aquí su expresión
clásica, la racionalización de lo distinto basado en la diversidad
de las leyes y costumbres judías y en el presunto desacato judío
a las leyes regias, fue sin duda popular en los imperios persa y heleno.
Aunque tanto en uno como en el otro habitaba una población heterogénea
desde el punto de vista étnico y religioso, los judíos aparecieron
como un ente excepcional debido a su apego al monoteísmo y a su convicción
de que todas las otras deidades adoradas en el Imperio no dejaban de ser
meros ídolos. Y es que, en efecto, la idolatría fue repudiada
intransigentemente por los judíos bajo todos los regímenes.
En la misma Palestina, por otra parte,
fue la erradicación de la idolatría por los conquistadores
israelitas la que, sin duda alguna, sirvió como causa suficiente
para que se los odiase. Los mismos israelitas, evidentemente, estimularon
la intensidad de ese odio por el énfasis que pusieron en describir
la conquista de Palestina, en los tiempos de Josué como un exterminio
lindante con el genocidio. Las ciencias bíblicas han arribado desde
hace tiempo a la conclusión de que las descripciones contenidas en
el Libro de Josué sólo procuraron enseñar a los israelitas
a conservar puro el país, vale decir, no contaminarlo con la idolatría.
De hecho, el Libro de los Jueces - ampliamente reconocido como anterior
al de Josué - guarda memorias de muchas tribus o de sectores de las
mismas que no fueron exterminadas por las huestes conquistadoras sino que,
por el contrario, sus remanentes siguieron viviendo entre los israelitas
"hasta el presente". Esas palabras fueron escritas probablemente
en el período de la temprana monarquía todavía no había
sido asimilada por la nación israelita dominante. El hecho de la
continuada simbiosis de los hebreos con los grupos sobrevivientes de las
tribus canaanitas ha sido puesto en evidencia también por las excavaciones
arqueológicas.
Es de remarcar por lo demás, que
incluso algunos de los Antiguos Sabios rabínicos retuvieron en la
memoria tradiciones que difieren del Libro de Josué. Así,
en nombre de Rabí Samuel ben Najman se nos dice queJosué
envió tres cartas a la Tierra de Israel antes de que el pueblo ingresara
al país. (El les informó a los nativos) que "quien quería
partir podía hacerlo, quien quería rendirse podía hacerlo
y se le aseguraría la paz, pero quien desease luchar sería
sometido". Las tribus de los girgushitas partieron y se establecieron
en el Africa…Los gibeonitas se rindieron e hicieron la paz…los treintiún
reyes ofrecieron resistencia armada y fueron sometidos.
[4]
Ese antiguo conflicto tampoco fue olvidado por las generaciones posteriores.
Por un lado, los mismos profetas israelitas trataron repetidamente de convencer
a los israelitas de que Palestina no fue su residencia nativa sino un presente
hecho por el Señor a Su Pueblo Elegido. Legisladores y profetas recordaron
constantemente a su pueblo que al venir a Canaán vivieron en casas
que ellos no construyeron y comieron los frutos de los árboles que
ellos no plantaron. Ese argumento sirvió a los dirigentes para demostrar
que la Tierra de Israel siempre perteneció a D's que, en Su Gracia,
la otorgó al pueblo de Israel como morada mientras cumpliese las
condiciones del Pacto. En la práctica, eso significó que las
transacciones privadas con inmuebles no sólo quedaban sujetas a las
leyes dictadas por D's, sino que quedaban anuladas al concluir el ciclo
del jubileo, de modo que los clanes israelitas, originales quedasen en perpetua
posesión de sus tierras, conforme a las asignaciones iniciales. Sin
embargo, de pecar el pueblo y de faltar al cumplimiento del Pacto, sufriría
un severo castigo y, finalmente sería arrojado del país.
[5]
Por lo demás, la posesión de Palestina fue cuestionada, siglos
más tarde, por algunos grupos que declararon descender de los canaanitas
antiguos. Descendientes de los canaanitas septentrionales, conocidos por
el nombre griego de fenicios, desempeñaron un papel singular en esa
lucha por sus vastas actividades colonizadoras a los largo del mundo mediterráneo.
La colonia fenicia de Cartago en el Norte de Africa, en especial, conservó
durante mucho tiempo el recuerdo de su origen palestino y su lenguaje original
canaaneo-hebraico. El mismo nombre de Cartago provino del equivalente semita
de "Nueva Ciudad", mientras que sus gobernantes llevaron un título
mencionado en fuentes romanas como sufetes, que recuerda la voz hebraica
anterior de shoftim (jueces). Aunque la súbita desaparición
de la gran diáspora fenicia hacia los comienzos de la era cristiana
ha dejado sin resolver un misterio - he sostenido ya hace mucho que gran
parte de ella fue sin duda absorbida por la dispersión judía
en expansión, ante el impulso de la misión religiosa tan efectiva
cumplida por el judaísmo precristiano - parece ser que algunos representantes
de su sector norafricano adujeron incluso en la antigüedad que ellos
tenían derechos hereditarios sobre Palestina. Esa reclamación,
de un modo característico, es recordada en una inscripción
fenicia encontrada cerca de la ciudad de Tingis en Mauritania (informan
sobre ella, con variaciones, Procopio y Suidas) inscripción que señala
con un dedo acusador a "Josué el Ladrón". Esa posición
fue luego adoptada por los árabes norafricanos del medioevo, o mejor
dicho por bereberes arabizados, todo lo cual constituye una notable anticipación
de la actual OLP (Organización para la Liberación Palestina).
Como se comprenderá, junto con esas controversias territoriales sobrevino
una agitación antijudía dirigida no sólo contra los
pobladores judíos de la Palestina de ese tiempo, sino contra el pueblo
judío en su integridad. [6]
Contrastando con esos conflictos sobre
la posesión de un territorio específico, los antiguos israelitas
sintieron el impacto de los imperios en expansión en su vecindad.
Desde el comienzo dependieron de la fuerza o de la debilidad de sus poderosos
vecinos: Egipto y Asiria-Babilonia. Se ha sostenido, fundadamente, que fue
una bendición para Israel e, indirectamente, para el mundo entero,
el hecho de que entre los siglos XII y IX antes de Cristo se dio una especie
de pausa mundial en el perenne conflicto entre los grandes imperios de los
valles del Nilo y de Tigris-Eufrates. Fue ese relativamente tranquilo interludio
el que les posibilitó a las tribus israelitas arraigar en su nuevo
país y desarrollar en él la gran nueva religión y la
gran cultura que se convirtió en legado para una gran parte de la
humanidad. Sin embargo, las guerras imperiales se reanudaron e Israel, en
sus dos reinos separados, no tardó en caer víctima de ellas.
Posteriormente, el meteórico ascenso del Imperio Persa hizo posible
la resurrección de la Palestina Judía. Es posible que Eduard
Meyer se haya excedido al afirmar que Persia fue la que creó el Segundo
Reino Judío y la que echó los fundamentos de lo que él
y otros gustaron llamar judaísmo, como opuesto a la religión
israelita. Lo que es incontrovertible es que los intereses imperiales de
la dinastía aqueménida fortalecieron grandemente la teocracia
judía que dominó en el Segundo Reino autónomo. Ciertamente,
un documento como el decreto emitido por Darío II en el año
419 a. de C., copia oficial del cual fue hallada entre los papiros elefantinos,
en el cual se prescribe que los soldados judíos de dicha colonia
deben observar la fiesta de Pésaj en consonancia con la legislación
bíblica, contribuyó indudablemente a que el pueblo judío
pudiera mantener su continuidad histórica bajo el liderazgo de los
altos sacerdotes de Jerusalem. Con todo, no hay que olvidar que ese mismo
imperio engendró las fuerzas antijudías cuyo reflejo hallamos
en el Libro de Esther. [7]
Una ideología antijudía más amplia, aunque siguiendo
los mismos lineamientos señalados, se desarrolló en el mundo
greco-romano. Algunos nacionalistas nativos de Egipto sentían resentimiento
hacia los judíos como aliados de sus opresores romanos. Incluso hubo
entre ellos quienes estuvieron dispuestos a sacrificar sus vidas combatiendo
al judío "extraño" a su sociedad, y muy especialmente
para eliminar los excesivos derechos acordados a los judíos por las
administraciones romanas. Hay eruditos modernos que conceden injustamente
a dichos luchadores el digno nombre de "mártires paganos",
siendo que su motivación no fue en realidad religiosa, sino política,
conforme al dicho romano, dulce et decorum est pro patria mori. Ese
aspecto político fue frecuentemente trasladado a un amplio espectro
de acusaciones dirigidas especialmente contra varias premisas básicas
de la religión judía y contra algunos elementos morales de
la vida judía.
[8]
Por su parte, los ideólogos de
la Roma imperial desarrollaron nuevos argumentos para justificar su antijudaísmo.
Plinio el Viejo y otros vieron en la expansión romana una suerte
de "destino manifiesto" de su pueblo. Cualquier resistencia judía
a la ocupación romana de Eretz Israel fue interpretada por ellos
como una ofensa a la grandeza de Roma y, lo que era peor aún, un
obstáculo en la gran misión histórica romana de unificar
las diversas naciones bajo una sola cultura universal. Cicerón, por
ejemplo, no estuvo aislado en sus opiniones cuando manifestó que
"incluso cuando Jerusalem estaba en pie
y los judíos vivían en paz con nosotros, la práctica
de sus ritos sagrados iba en contra de la gloria de nuestro imperio, la
dignidad de nuestro nombre, las costumbres de nuestros antepasados. Actualmente,
todo eso tiene más vigor aún, ya que esa nación, con
su resistencia armada, ha demostrado lo que piensa de nuestro dominio. El
hecho de que finalmente haya sido conquistada, reducida a una provincia
sometida, convertida en esclava, demuestra cuán caro fue éso
para los dioses inmortales".
Las palabras transcritas fueron pronunciadas el año 59 a. de C.
por un abogado que defendió a un funcionario romano acusado de la
"sacrílega" confiscación de fondos destinados al
Templo de Jerusalén. Expuesto algunos años después
de la conquista de Palestina por Pompeyo, ese alegato, sin duda, nos transmite
la indignación que debe haber prevalecido entre los romanos como
consecuencia de la "inexplicable" resistencia del pueblo judío.
Por lo demás, refleja la incompatibilidad objetiva entre el sueño
imperial romano y los ideales judíos. En concordancia con ello, diversos
líderes romanos fueron muy lejos al hacerse eco de las acusaciones
antijudías incorporadas ya, para ese entonces a la difundida literatura
del helenismo clásico. Muchos de sus dardos fueron dirigidos contra
ese consciente "separatismo" del pueblo judío y su insistencia
en preservar su estilo de vida propio, considerado por ellos superior al
de cualquier otra nación. No transcurrió mucho tiempo y los
judíos comenzaron a ser denunciados por su profundo odium generis
humani. Como ejemplo de ello, citemos el caso del distinguido historiador
Tácito, quien señala que los judíos, aunque muy propensos
a la concupiscencia - proiectísssima ad libidinem gens - eludían
el intercambio sexual con las mujeres gentiles. Mucho más profundamente
resultó afectado el orgullo de los nobles romanos por el extraordinario
éxito misionero de los judíos en el seno del pueblo romano
ya que el número de los prosélitos incondicionales o a medias
- los así llamados "temerosos de Dios" (sebomenoi o
metuentes) fue aumentando por aquel entonces con ritmo
creciente. Hasta el filósofo Séneca perdió su compostura
estoica cuando adujo que "las costumbres de esa nación tan maldita
- más exactamente, esa nación tan criminal, sceleratissimae
gentis - han ganado tanta fuerza que actualmente están
siendo aceptadas en todos los países; los conquistados han terminado
dictando leyes a sus conquistadores.
[9]
Aquí hay que hacer notar que a pesar de todo ello,
los gobernantes que tuvieron a su cargo las riendas del Imperio, comenzando
por Julio César y por Augusto, advirtieron los beneficios que los intereses
imperiales romanos extraían de la dispersión judía, ya
que no de la concentración judía en Palestina. Fue así
que como mantuvieron una línea bastante consecuente en la protección
de los derechos judíos basándolos en una casi total igualdad
con sus vecinos, combinada con una cierta dosis de autonomía sociorreligiosa.
Incluso en plena Gran Guerra del 66 al 70, Vespasiano y Tito rechazaron las
pretensiones de los delegados de Alejandría y Antioquía de aprovechar
la oportunidad que les ofrecía la "rebelión" judía
para restringir los derechos de los hebreos en las distintas partes del Imperio.
[10]
La intolerancia
religiosa
Después de la conversión de Constantino al cristianismo,
el fundamento esencial de la posición antijudía se desplazó
del imperialismo romano a la exclusividad de la nueva religión; podríamos
decir al imperialismo religioso. Toda religión monoteísta
dominante, por su naturaleza misma - y no importa si se trató del
cristianismo o del Islam - fue menos tolerante para con la diversidad religiosa
de lo que lo fueron los credos politeístas en la antigüedad.
Ciertamente, imposible resulta imaginar a un gobernante cristiano haciendo
erigir en su palacio estatuas de todas las deidades adoradas en su imperio,
como lo hizo Heliogábalo en la Roma pagana de comienzos del siglo
III. De hecho, la tolerancia para con los judíos en el mundo cristiano,
así como para con los judíos y los cristianos en el mundo
musulmán, tuvo muchos ribetes extraordinarios y aunque se justificó
históricamente, fue siempre de carácter algo precario.
Un excelente resúmen de los argumentos medievales que negaron a
los judíos el derecho de vivir en los países cristianos, fue
ofrecido en el siglo XIII por el escolástico Alejandro de Hales,
calificado por admiradores contemporáneos suyos como doctor irrefragabílis
et theologorum monarcha. El fue quien determinó que "a la
luz de la razón, resulta que ellos (los judíos) no deberían
ser tolerados para nada". En primer lugar, se sabe que ellos blasfeman
contra Cristo y la Virgen. De acuerdo con la Biblia, la blasfemia contra
su propio D's es un crimen capital y, por lo tanto, ellos deben ser doblemente
penados, ya que ofenden también la fe cristiana. De acuerdo con la
tradición, además, ellos persiguieron a los cristianos y cometieron
actos sacrílegos contra los sacramentos eclesiásticos. El
mero hecho de que adhieren a las enseñanzas del Talmud, obra condenada
por la Iglesia, los coloca ipso-facto fuera de la ley. Finalmente,
recurriendo al argumento político frecuentemente esgrimido por los
cruzados de su tiempo, Alejandro sostuvo que en vista de que los cristianos
estaban luchando contra los musulmanes por la posesión de la Tierra
Santa, debían combatir con mayor saña aún a los "infieles"
judíos en su seno.
[11] Pero Alejandro de Hales no dejó
de reconocer que en el caso judío existían circunstancias
atenuantes. En primer lugar, los líderes cristianos siempre habían
entendido que su propia fe era en gran medida un retoño del judaísmo
y que la mayor parte de las Sagradas Escrituras cristianas estaban constituídas
por el Antiguo Testamento de los judíos. Además, desde la
antigüedad, los misioneros y apologistas cristianos hacían hincapié
en las predicciones mesiánicas de la Biblia, que anticipaban el advenimiento
de Cristo, predicciones que por lo tanto servían de fidedigno testimonio
de la veracidad de la tradición cristiana. Recopilaciones de tales
testimonios fueron cosa muy difundida en la cristiandad temprana. San Augustín
fue uno de los numerosos dirigentes cristianos que sostuvo que "ahora
que ellos (los judíos) están dispersos por casi todos los
países y naciones, se cumple una providencia del único y verdadero
D's... tal como ha sido predicho por sus profetas hace tanto tiempo; si
eso mismo hubiera sido dicho en nuestros (libros) hubiera parecido inventado
por nosotros".
Tanto en la antigüedad como en el medioevo, las evidencias documentales
no siempre fueron tenidas por fidedignas debido a que muchos documentos
presuntamente originales fueron fraguados con miras proselitistas. Demasiada
gente conocía esas falsificaciones como para que confiase sin sospechas
en los testimonios aportados por los creyentes y de ahí que tuviesen
tanta importancia las pruebas aportadas por fuentes externas, tanto más
cuando las mismas provenían de enemigos como lo eran, en ese caso,
los judíos. Otro argumento para tolerar la presencia de los judíos
derivaba de las claras especificaciones de la Biblia en el sentido de que
el pueblo judío debía conservarse hasta el fin de los días
para poder ser redimido finalmente con el advenimiento del Mesías.
Sobre ese punto, la única diferencia entre los judíos
y los cristianos consistía en que los judíos seguían
aguardando el primer advenimiento del Mesías, mientras que los cristianos
entendían que el Redentor ya había venido y lo que seguían
esperando era la verdadera era mesiánica a iniciarse con la segunda
llegada de Cristo. Fue por esa causa que en sus comienzos la Iglesia introdujo
una oración especial, Pro perfidis Judaeis, a ser pronunciada
en los servicios eclesiásticos de los Viernes Santos. Tal como la
formula el Sacramentztrio Gelasiano (atribuido al Papa San Gelasio
I, 492--496), la oración incluía el siguiente pasaje crucial:
"Rezamos también por los pérfidos judíos, para
que su D's y Señor remueva el velo de su corazón a fin de
que reconozcan a nuestro Señor Jesucristo".
[12]
Resulta casi innecesario añadir,
que los antijudíos recalcitrantes, incapaces de contradecir esas
tradiciones largamente aceptadas, exteriorizaron su animosidad por otras
vías. Las masas del pueblo inculto no estaban preparadas para aceptar
las soluciones de compromisos de la Iglesia en el sentido
de que los judíos fuesen tolerados dentro del mundo cristiano aunque
sometidos a severas restricciones como lo eran las derivadas de llevar una
vida segregada, si no físicamente con ayuda de las paredes del gueto,
al menos espiritualmente. Por eso optaron por hacer objeto a los judíos
de una discriminación política y económica. Inclusive
el argumento histórico relativo a la ascendencia judía de
la cristiandad, fue debilitado por algunos eclesiásticos de nota
ya en el siglo II. El jurista norafricano Tertuliano enseñó
que la ley otorgada a Adán ya contuvo "todos los mandamientos
dados posteriormente de un modo explícito a Moisés".
Más remarcablemente, San Ignacio de Antioquia se valió de
una ideología afín a la de la Agadá rabínica
que sostiene que la Torá escrita en letras de fuego sobre una base
de fuego, fue preexistente a la Creación y que Dios consultó
la Torá mientras creó el mundo. Ese padre de la Iglesia enseñó
también, similarmente, que el conocimiento cristiano básico
también fue preexistente. De esa manera estuvo en condiciones de
acuñar la paradoja de que "la cristiandad no creyó en
el judaísmo, sino que, por el contrario, los judíos fueron
quienes creyeron en el cristianismo". La función del pueblo
judío como testigo de la verdad de la Biblia cristiana perdió,
con todo, su importancia con el tiempo, al desaparecer la necesidad de dicha
confirmación después de siglos de observancia de la tradición
bíblica por la abrumadora mayoría de la población de
Europa medieval. De manera similar, incluso la necesidad de mantener la
existencia del pueblo judío hasta el final de los días podía
ser desvirtuada de algún modo. Así Juan Escoto, el Erígena,
el doctor subtilis del siglo XIII, al comentar las predicciones bíblicas
sobre la redención final de los judíos, sugirió que
ese mandato del Libro de los Libros podía ser cumplido trasladando
a cierto número de judíos a una isla distante, en la que se
les conservaría recluidos a expensas de la cristiandad, hasta que
se produjese el segundo advenimiento de Cristo. De hecho, en las numerosas
controversias sostenidas por la Iglesia con judíos representativos,
se encuentra repetidamente el argumento de que todo judío familiarizado
con sus propias fuentes rabínicas debe haber tenido conocimiento
de que Jesús fue el verdadero Mesías, aunque su testarudez
los llevase a seguir negando la verdad.
[13]
Por otra parte, en las tierras del Islam, el credo dominante reconoció
plenamente Ia deuda contraída por él con el judaísmo
y el cristianismo. Moisés, Isaías y Jesús fueron reconocidos
como verdaderos profetas, aunque Mahoma reclamó para sí la
designación de "sello de la profecía". Al atribuirse
la condición de último vocero de la palabra divina, Mahoma
creyó que podría descartar muchas de las enseñanzas
de las religiones rivales. Pero factores sociopolíticos e históricos,
así como el innegable hecho de que los judíos y los cristianos
creían en el mismo Dios que los musulmanes, indujo a los líderes
de la nueva fe a tolerar la existencia de los pueblos del Libro en dar
al-Islam, el mundo islámico. Con todo, los musulmanes insistieron
en discriminar y en segregar a los "pueblos protegidos" -ahl
ad-dhimmah- con el fin de afectar su dignidad. También en este
caso los apologistas del credo dominante adujeron que el advenimiento de
Mahoma había sido anticipado claramente por la Biblia y que tanto
los judíos como los cristianos estaban errados de medio a medio al
repudiar el mensaje del profeta supremo. [14]
Tanto bajo el reinado de la cristiandad como del Islam, las
fuerzas sociopolíticas y económicas resultaron decisivas en
el apuntalamiento de la intolerancia para con las minorías religiosas
o en la presión para su eliminación total. Las masas populares,
en particular, reaccionaron a menudo independientemente creando nuevos mitos,
antijudíos y antiminoritarios por su carácter, que desafiaron
a la conducción eclesiástica y secular al condenar irremisiblemente
al judaísmo y a sus adherentes. Esas creencias difundidas por el folklore,
que comprendieron acusaciones como el "crimen ritual", la profanación
de las hostias, el envenenamiento de fuentes de agua y otras similares, hicieron
intolerable la vida judía, especialmente durante ciertos períodos
de gran tensión. En algunos casos, esas acusaciones folklóricas
cobraron una vida propia y sobrevivieron a los cambios de ideología
que tornaron obsoletos y carentes de sentido antiguos argumentos teológicos
y políticos. Hasta el día de hoy, por ejemplo, la imputación
a los judíos del crimen ritual sigue reteniendo parte de su vitalidad
histórica, en tanto que las controversias sobre las "blasfemias"
judías en contra del cristianismo y del islamismo han quedado investidas
de un hálito de falta de realidad.
[15]
La homogeneidad nacional
El manto de la intolerancia religiosa ocultó a menudo cierta tendencia
a preservar la identidad nacional y terminó cobijando, en esos casos,
nuevas formas conscientes o inconscientes de intolerancia. Tal como se sabe,
numerosos movimientos sectarios cristianos tales como el monofisitismo en
Egipto y Siria a comienzos de la Edad Media, surgieron principalmente de
un impulso tal. El hecho de que también en occidente un mezcla medieval
del nacionalismo se entretejió íntimamente con la religión
para crear una fuerza considerable, ya no requiere demostración Haldvan
Koht tuvo sin, duda razón cuando declaró que "la historia
del nacionalismo europeo se continúa ininterrumpidamente a partir
de los comienzos del siglo XII". El famoso santo y seña de Gesta
Dei per Francos (los actos de Dios ejecutados por los francos) con-tribuyó
durante mucho tiempo a cimentar la conciencia nacional francesa y, en cierta
medida, despertó ecos similares en otras naciones.
[16]
Una de las características de los movimientos nacionales fue el
intento de crear estados nacionales homogéneos. Sociedades organizadas
conforme a ese patrón sintieron más agudamente que otras la
presencia de las minorías extrañas y muy particularmente la
de los judíos, distintos de la mayoría tanto por su religión
como por su origen étnico. Sin embargo, durante toda la Edad Media
y comienzos de la Edad Moderna, se admitió que la conversión
de un judío al cristianismo atestiguaba su voluntad de integrarse
a la mayoría no solamente desde un punto de vista religioso sino
también étnicamente. Verdad es que incluso los conversos se
sintieron alienados de sus vecinos. Hubo épocas en que el populacho
rechazó la presencia de judíos convertidos al cristianismo,
especialmente cuando fueron numerosos y alcanzaron en algunos casos elevadas
posiciones en la sociedad. Así, cuando en 1130 Anacleto II fue electo
Sumo Pontífice, sus oponentes lo calificaron de Antipapa, sobre todo
porque era de ascendencia judía. Un conductor tan distinguido de
la Iglesia como San Bernardo de Clairvaux, a pesar de su reconocida moderación,
se refirió al bochorno que significaba que un retoño de los
judíos -proles judaica- "ocupase la Silla de Pedro para
ofensa de Cristo". Mientras esas conversaciones se limitaron a individuos,
pudo concretarse su absorción y la de sus hijos por la sociedad.
Pero aún así, los judíos que profesaban la religión
cristiana siempre constituyeron un cuerpo aparte de la sociedad general
y fueron vistos como extraños e incluso como extranjeros "demoníacos"
por la mayoría de sus vecinos.
[17]
La medida de ese resentimiento dependió de la composición
étnica de la mayoría. Cuando un estado abarcó diversos
grupos étnicos, el carácter "ajeno" de los judíos
se destacó menos. Hace ya tiempo que he sugerido que la distinta
composición étnica de los estados en los cuales los judíos
vivieron podía suministrar la clave para comprender buena parte de
la historia de éstos en la Europa medieval. Manifesté lo que
sigue:
El Estado Nacional, sintiendo fuertemente la extranjeridad del judío
en su organismo nacional homogéneo, trató siempre de eliminarlo
por medio de una asimilación total, que a menudo
tomó la forma de una conversión forzada, o por una exclusión
total, que generalmente se tradujo en su expulsión. El Estado de
Nacionalidades, o sea el compuesto por varios grupos diferentes, reveló
menor preocupación por la existencia de un elemento distinto, pudiendo
ver más claramente los méritos de cada grupo diferente de
los demás. La amplia dispersión de los judíos sirvió
incluso en ciertas épocas de fuerza cohesiva y centrípeta
en esos estados. Aunque también los factores religioso y socioeconómico
jugaron obviamente un papel muy importante en todas las relaciones judeocristianas,
los antagonismos generados por ellos fueron mucho más persistentes
y similares en los estados de mayores variantes étnicas. En todo
caso, comúnmente fue el estado que aspiraba a adquirir una homogeneidad
nacional el que se tornaba de más en más intolerante hacia
la minoría judía y el que terminaba por eliminarla, ya sea
recurriendo a una acción masiva que asumía la forma de masacres
o a una acción más humana pero más definitiva, como
eran los decretos de expulsión o de conversión forzada.
[18]
A veces esa tendencia se reflejó también en
nuevas ideologías del antisemitismo. Si bien la terminología
se conservó predominantemente religiosa, no por eso dejó de
mencionar en ocasiones las quejas originadas en la presunta explotación
económica judía o en los crímenes que se decía
eran cometidos por éstos contra toda la sociedad. No obstante ello,
los resabios de la rivalidad nacionalista seguían flotando en el
ambiente y asumían un carácter más pronunciado en los
períodos en que arreciaba la pugna nacional, como la rebelión
de los hussitas y el surgimiento de los movimientos protestantes tardíos.
Un ejemplo de una posición que contiene claras connotaciones nacionalistas
y religiosas es la exclamación de Martín Lutero: "¿Quién
les impide a los judíos volver a Judea? Nadie... Les proveeremos
todas las provisiones para el viaje, para vernos por fin libres de ese repulsivo
gusano. Para nosotros, ellos son una grave carga, la calamidad de nuestra
existencia. Son una peste enclavada en nuestras tierras".
[19]
Con la progresiva laicización
de la vida durante la Ilustración, a la que se sumó la
difusión de la libertad religiosa que hizo poco viable la discriminación
basada en razones religiosas, los argumentos nacionalistas comenzaron a
tornarse más coherentes. Incluso durante la Revolución Francesa,
la principal oposición a la extensión de la igualdad de los
derechos a los judíos se concentró en torno del argumento
de que ellos siempre habían constituido y continuaban siendo "un
estado dentro del Estado". Los mismos partidarios de la igualdad para
los judíos no negaron la existencia de un separatismo judío,
sino que sostuvieron que éste disminuiría con el progreso
de la Emancipación que conduciría a la larga a la total integración
de la minoría judía dentro de la nación mayoritaria.
Quizás la mejor expresión de ese punto de vista fue la formulada
por el girondista conde Clermont-Tonerre, en su discurso del 23 de diciembre
de 1789 en favor de la Emancipación judía, ante la Asamblea
Nacional Francesa. En un pasaje muy citado, declaró el conde que
a los judíos, como individuos, había que concederles todos
los derechos, pero como nacionalidad, ninguno. Mucho más característica,
sin embargo, fue su manifestación raramente citada, de que si los
judíos rehusarían ese acuerdo, "¡habrá que deportarlos!" En otras
palabras, la tradicional solución medieval de la cuestión
judía a través de la conversión o de la expulsión
sólo fue modificada con la alternativa laica de la asimilación
total o de la deportación. No resulta por eso sorpresivo constatar
que algunos de los revolucionarios franceses más radicales, los jacobinos
de Champagne, propusieron formalmente la expulsión de los judíos
de Francia como el mejor medio de resolver las dificultades que ellos creaban.
Cabe destacar que el 23 de noviembre de 1793, más de dos años
después de la proclamación formal de la igualdad, un alto
funcionario de Estrasburgo definió bastante cruelmente los objetivos
de muchos de los adherentes radicales de la nueva Religión de la
Razón:
"En ese pueblo (los
judíos) rige la ley inhumana de realizar una operación sangrienta
a cada niño varón apenas nacido, como si la naturaleza no
fuese perfecta. Usan luengas barbas, ostentosamente, para imitar a los patriarcas
cuyas virtudes no han heredado. Cultivan un lenguaje que no conocen y que
ha estado muerto durante mucho tiempo. Por eso solicito del Comité
Provisional que les prohiba esas prácticas y que disponga un auto
de fe a realizarse con todos los libros hebreos y particularmente con el
Talmud, cuyo autor tuvo la desfachatez de permitirles ejercer la usura con
gentes que profesan un credo distinto del suyo".
[20]
Fuera de éso, los pueblos de España
y Portugal, especialmente después de 1492 y 1497, se vieron colocados
frente a una gran población de conversos, que en su mayoría
abrazaron el cristianismo bajo presiones indirectas -como en el caso de España-
o por la fuerza -como ocurrió en Portugal-. Como en otras ocasiones,
esas conversiones masivas se revelaron a menudo como meras simulaciones y
por consiguiente engendraron en la población local una hostilidad suficiente
como para tratar de segregar de la sociedad a los conversos, sospechosos todos
de seguir profesando el judaísmo. Tal ocurrió sobre todo en
Portugal, donde la afluencia de unos 120.000 judíos procedentes de
España, antes y durante 1492, creó un serio desequilibrio económico
ya que el país contaba en total con una población inferior al
millón de habitantes. Así fue como en ambos países surgió
un nuevo tipo de antisemitismo, dirigido sobre todo contra los criptojudíos
o judaizantes, ya que el judaísmo abierto había sido puesto
fuera de la ley. El resultado de esa nueva línea antisemita fue la
Inquisición -la española, primero, y la portuguesa, después-
cuyos drásticos esfuerzos por suprimir la "herejía judaizante",
tanto en la madre patria como en las colonias de ultramar; contribuyeron a
crear la leyenda negra, que dañó considerablemente la
reputación de ambas naciones ibéricas en otros países
cristianos. Esa experiencia demostró que la conversión formal
al cristianismo bajo la presión ajena no lograba convertir a los primitivos
judíos en plenos españoles o portugueses, sino a lo sumo en
una minoría permanentemente sospechosa de tendencias conspirativas.
El "nuevo" antisemitismo no fue más que otra racionalización
de las cortedades de la política de integración nacional perseguida
por los regímenes iberos.
[21]
Durante la Ilustración, los repetidos embates contra
las religiones establecidas derivaron todavía más el énfasis
de la crítica antijudía hacia canales nacionalistas. El deísmo
del siglo XVIII fue proclive a atacar a los judíos por haber inyectado
las enseñanzas del Antiguo Testamento en la civilización humana,
con lo que echaron los fundamentos de la tradición católica.
Fácil fue entonces para algunos líderes "ilustrados",
como Voltaire, volver al antisemitismo clásico emulando las antiguas
acometidas greco-romanas contra el judaísmo y su vástago,
el cristianismo. [22]
Por otra parte, algunos protestantes,
cuyo nacionalismo fue acrecentado por su orientación religiosa erastiana
(doctrina de la supremacía del estado en los asuntos eclesiásticos)
se mostraron tan propensos a los ataques contra los judíos como contra
los católicos. Un destacado vocero de dicha orientación fue
Johann Gottlieb Fichte. Admirador de la Revolución Francesa en un
comienzo, ese filósofo germano se convirtió con el tiempo
en un nacionalista extremo cuyas "conferencias a la Nación Alemana"
contribuyeron a encender el entusiasmo del pueblo germano, en sus Guerras
de Liberación, en contra de la hegemonía napoleónica.
Por último, en un curioso panfleto intitulado "La República
Germana a comienzos del siglo XII, bajo su Quinto Mayordomo Imperial"
-escrito en 1807 y aparentemente no destinado a la publicación- Fichte
dio rienda suelta a su fantasía acerca de un nuevo gobierno alemán
con numerosas características similares a las del totalitarismo nazi.
Más seriamente, en sus obras publicadas, Fichte objetó el
judaísmo y el catolicismo, sosteniendo que ambos credos no eran sino
distorsiones eudemonistas (perseguidoras de la felicidad) de la verdadera
fe. Fichte se unió a Emanuel Kant en su rechazo de la "búsqueda
de la felicidad" como móvil principal del estado, y rechazó
la doctrina religiosa de la recompensa y del castigo por los actos humanos,
doctrina que él consideró como una mera vulgaridad. Para él,
el patriotismo real consistía en el auto-sacrificio por el propio
país, así como la religiosidad genuina no era sino la propia
comunión con la deidad. Fue por esa razón que condenó
tanto la idea de un "Contrato Social" como la del pacto israelita
entre Dios y sus creyentes, imitaciones ambas, dijo, del toma y daca contractual
usado en el comercio. En contraste con Fichte, Charles Maurras, el "nacionalista
integral" de fines del siglo XIX, se mantuvo toda su vida como un irreductible
admirador del catolicismo, oponiéndose a la vez al judaísmo
y al protestantismo. Maurras sentenció, condenando la división
de la cristiandad en iglesias nacionales:
La idea de una iglesia nacional, como la rusa, la prusiana
y la anglicana, que otrora anhelaron ciertos nacionalistas, puede ser considerada
hoy en día como una calamidad. Fácil es comprender que apenas
la Santa Sede de Romana es negada, el vacío creado por la ausencia
de las tradiciones y las interpretaciones de la Iglesia terminará por
facilitar el dominio de las Escrituras por el texto hebreo, los comentarios
de los rabinos y sus exégesis - es decir, por el espíritu judío
- y éso, paralelamente a la pérdida de terreno que vaya experimentando
el espíritu del catolicismo.
[23]
El racismo
En ese y similares pronunciamientos de
nacionalistas del final del siglo XIX, se perciben fácilmente los
ecos de las doctrinas raciales en rápida difusión. El nacionalismo,
para ese entonces, pudo convertirse fácilmente en una concepción
de la superioridad racial basada en vínculos de "sangre y suelo"
que convertían a la nación, de un conglomerado parcialmente
voluntario de individuos que era, en un fenómeno natural con características
inmutables. La nueva superioridad racial fue radicalmente distinta de la
doctrina israelita del Pueblo Elegido y de las afirmaciones equivalentes
de la cristiandad de primera hora de haberse convertido en la "Nueva
Israel", gozando como tal de la gracia de la selección divina.
Es que esas nuevas aserciones de la superioridad racial nada conservaban
de la humildad que venía asociada -al menos en la interpretación
de sus apologistas- con la doctrina judía de pueblo elegido que tan
bellamente había definido Maimónides. Al resumir las enseñanzas
judaicas en su fundamentado Código, el gran filósofo y jurista
escribió: "Los sabios y los profetas no ansiaron el advenimiento
de los días del Mesías para que los judíos puedan gobernar
el mundo, dominar a los paganos o recibir el homenaje de las naciones, ni
tampoco para que puedan comer y beber y gozar de la vida. Lo ansiaron sólo
para poder estar libres y dedicarse por entero al estudio y a la sabiduría".
Del mismo modo, nadie podrá esperar de un moderno demagogo racista
que se haga eco de la manifestación de Heymann Steinthal, el renombrado
etnopsicólogo :
"Nos llamamos a nosotros
mismos el pueblo elegido, no para indicar la altura en que nos encontramos
hoy o en el pasado ni para aparecer como superiores, a nuestros prójimos,
sino para poder tener siempre presente el abismo que separa nuestra realidad
de las tareas que nos impone el ideal de nuestra moralidad, la brecha que
existe entre nuestras omisiones y carencias y la vida ideal que nos indicaron
nuestros profetas. La fealdad de cada uno de los actos de vulgaridad y de
grosería que cometemos debe parecernos más repulsiva al admitir
que son realizados por un "reino de sacerdotes"; e incluso las
virtudes que podemos sentirnos con derecho a arrogarnos cederán ante
las que deben caracterizar a una "nación sagrada".
Menos todavía puede esperarse que un político
racista acepte la designación de un judío como el von Gotterkorener
Prügel-knahe (el niño elegido por Dios para flagelarlo)
y que esté dispuesto a aplicar un apodo semejante a su propia nación.
[24] Curiosamente, uno de los primeros
en aplicar ese nuevo criterio a un vocablo que, especialmente en el idioma
inglés, tuvo una connotación neutral -1a raza- sustentando,
paradójicamente, la superioridad de la raza judía, fue un
cristiano converso, nacido judío: Benjamín Disraeli. Bautizado
en su juventud por voluntad de su padre volteiriano, Disraeli, en lugar
de ocultar su abolengo judaico, como lo hicieron otros conversos, lo invocó
como título de distinción genealógica. En su temprana
novela Tancredo, él hace que una joven judía le pregunte
al aristocrático protagonista: "¿Cuál, a su juicio, debería
ser la raza superior: la del adorado o la del adorador?" Disraeli afirmó
que D's sólo habló a personas de la raza semita, como Moisés,
Isaías, Jesús, Mahoma, y no a miembros de las razas occidentales.
Al defender la igualdad de derechos para los judíos, sostuvo que
su alegato no se basaba en la igualdad natural de todos los hombres -negada
por él expresamente- sino más bien en la específica
condición de los judíos como raza superior. En ese contexto
fue que describió elocuentemente la supervivencia varias veces milenaria
del pueblo judío a pesar de todas las persecuciones de que fuera
objeto:
Los faraones egipcios, los reyes asirios, los emperadores
romanos, los cruzados escandinavos, los príncipes góticos
y los santos inquisidores, invirtieron parejas energías en el cumplimiento
de ese objetivo común (el de destruir al pueblo judío). Todos
ellos pusieron en práctica métodos de los más diversos:
expatriación, exilio, cautividad, confiscación, las más
ingeniosas torturas, masacres en la más amplia escala, curiosos sistemas
de degradación en las vestimentas y leyes discriminatorias que hubiesen
terminado por amilanar a cualquier otro pueblo. Pero fue en vano. Después
de todos esos estragos, los judíos son hoy, probablemente, más
numerosos de lo que fueron durante el reinado del rey Salomón el
Sabio. Viven en todos los países y, desgraciadamente, prosperan en
la mayor parte de ellos. Todo ello prueba que es en vano que el hombre intente
sobreponerse a esa inexorable ley de la naturaleza, según la cual
una raza superior jamás debe ser destruida o absorbida por una inferior. [25]
Antes de que transcurriese mucho tiempo, los judeofobos
explotaron esa doctrina racial en su interés. Para ellos, los judíos
eran una raza inferior cuya presencia contaminaba a la sociedad cristiana
que los acogía. De hecho, el nuevo término de "antisemitismo"
fue acuñado por Ernest Renan o por Wilhelm Marr en la década
de 1870 para hacer hincapié en las objeciones a la "raza"
judía que, por el hecho de que el hebreo era un lenguaje semita,
fue caracterizada de semita también ella. Por una de esas ironías
del destino, hoy nos toca escuchar frecuentemente la frase "antisemitismo
árabe", incluso cuando racialmente los árabes son más
que ningún otro pueblo miembros de esa invocada raza semita. Ya en
el año 1872, un estudioso alemán, F. von Hellwald, declaró
categóricamente: "Un profundo abismo separa a las razas del
mundo. A través de la historia, ese abismo ha permanecido insalvable
y probablemente, como tal quedará". Y de un modo en extremo
curioso, la mera supervivencia de los judíos a través de las
edades se convirtió en el blanco esencial del ataque. Escribiendo
de un modo que evocaba las jactancias de Disraeli, sostuvo Friedrich Nietzsche:
"Sin duda alguna, los judíos son la más fuerte, la más
resistente y la más pura de las razas que viven en Europa. Ellos
saben cómo perseverar en las peores condiciones, gracias a ciertas
virtudes que uno tiende a denominar vicios". En otro contexto, el mismo
autor manifestó : "Los judíos son el pueblo más
notable de la historia mundial ya que, enfrentados al problema de la existencia
o de la inexistencia, se pronunciaron con una conciencia realmente misteriosa,
por la existencia a todo precio. . . Los judíos se convirtieron
así en el pueblo más calamitoso de la historia del
mundo: en sus últimas manifestaciones han falseado de tal modo a
la humanidad que incluso hoy en día un cristiano puede considerarse
a sí mismo antijudío sin darse cuenta de que él es
el producto final del judaísmo".
[26]
No debemos olvidar que incluso antes del surgimiento del
antisemitismo racial moderno, los judíos ganaron considerable experiencia
en ese tema de la discriminación racial. Una parte importante de
su desarrollo histórico en la temprana Edad Moderna se condensó
en su conversión en víctimas de las inquisiciones española
y portuguesa. El Santo Oficio de ambos países de la península
ibérica, al desarroIlar su doctrina de la limpieza de la sangre,
no sólo hizo objeto de su persecución a individuos acusados
de judaización, sino que también mantuvo la ficción
de que, habiendo sido judía, una persona lo seguiría siendo
a través de muchas generaciones. De hecho, quienes adujeron ser de
sangre pura en España, obtuvieron a menudo certificados de la Inquisición
que atestiguaron su limpieza de sangre o, según el caso, que
no más de un cuarto, un octavo o un sesenticuatroavo de sangre judía
corría por sus venas. Como resultado de ello, los marranos -así
fueron designados peyorativamente por sus vecinos desde el primer momento-
no solamente estuvieron sujetos a la sospecha de profesar secretamente el
judaísmo sino que, por no ser "de sangre limpia", se vieron
impedidos a menudo de ejercer cargos importantes en el Estado y en Ia Iglesia.
Esas normas rigieron no sólo en la península ibérica,
sino también en casi todas las colonias españolas y portuguesas
del Nuevo Mundo, Africa y Asia. Simultáneamente, la dispersión
marrana, creada como consecuencia de ello, llenó una de las funciones
más importantes cumplidas por emigrados religiosos o políticos.
Al establecerse en numerosos países del occidente de Europa, del
Mediterráneo y del Nuevo Mundo, esos "nuevos cristianos"
inyectaron elementos creativos en las sociedades que los acogieron y se
convirtieron en un factor sumamente importante del progreso de la civilización
occidenta1. [27]
Con una ideología mucho más refinada y ramificada,
reforzada con toda clase de argumentos "científicos", los
modernos racistas alemanes insistieron en que su propia raza era superior
a todas las demás, viendo en ello la justificación para su
aserción de que el destino a que estaba convocada la nación
germana era el de dominar a los otros pueblos. En su marcha hacia la dominación
mundial no vacilaron en descartar tanto al protestantismo como al catolicismo,
optando por una Iglesia teutónica germana retrotraída a la
antigua religión tribal de los teutones. Ese nuevo enfoque fue elaborado
por el ideólogo nazi, Alfred Rosenberg, especialmente en "El
mito del siglo XX", aparecido por vez primera en 1930. A pesar de su
estilo chapucero y de sus numerosas oscuridades, el trabajo reapareció
en 181 ediciones y fue vendido en los once años siguientes en 960.000
ejemplares. Entre las perlas de la sabiduría del autor figuran pasajes
como los siguientes:
"E1 antiguo eclesiasticismo oriental sirio-judío
se destronó a sí mismo... Hoy comprendemos que los valores
centrales y supremos de las iglesias romana y protestante, que no fueron
sino una cristiandad negativa, no satisfacen a nuestra alma, y son un obstáculo
para el progreso de las fuerzas orgánicas de los pueblos determinados
por su raza nórdica y deben dejar paso a una revaluación en
el espíritu de la cristiandad teutónica. Ese es el sentido
de la presente posición religiosa". Más aún: mucho
antes del ascenso del partido nacionalsocialista, en 1909, se escucharon
advertencias como la de Ernest Wachler en Der Hammer:
"¡¡Pobre del pueblo que habrá de conducirse de una manera cristiana en una
era en que habrá comenzado la lucha por la posesión de la
tierra!". El autor se refería expresamente a la primera guerra
mundial que se avecinaba y en la cual los alemanes esperaban conquistar
la supremacía sobre el globo. Después de haber absorbido las
enseñanzas de Nietzsche y de otros, esa gente se sentía maniatada
por las restricciones que le imponía a su pueblo la ética
cristiana. Otro escritor germano, Heinrich Pudor, no estuvo solo al sostener
en 1909 :
"De raza heroica y de
amos que fueron, los teutones se han convertido en un pueblo de soñadores,
adoradores y penitentes. ¿Por qué? Por culpa de su cristiandad... Liberaos
del judaísmo y del cristianismo y retornad a las fuentes del teutonismo...
El cristianismo es un invento del judaísmo... Toda la cristiandad no
es sino judeo-cristiandad y como tal es el fraude más estupendo jamás
cometido con las razas y los pueblos de la historia mundial.
Para los judíos, esas
doctrinas condujeron en última instancia a los horrores de la "solución
final". [28]
La confrontación
capitálista-socialista
Paralelamente, numerosos factores económicos estaban
contribuyendo al ascenso de los sentimientos antijudíos. No se necesitaba
ser marxista para advertir que buena parte de la vida social, incluyendo
las relaciones intergrupales, se veían afectadas por el papel desempeñado
por los diversos grupos en la economía de los países. Es cierto
que no puede hablarse del trasfondo económico del antisemitismo clásico
porque los judíos dispersos por el mundo greco-romano no se diferenciaban
mucho del resto de la población por su estratificación profesional.
Si se exceptúa a las comunidades que vivían en algunas grandes
urbes como Alejandría, entre los judíos casi no había
individuos particularmente ricos que pudieron haber sido acusados de explotar
a la población gentil. De hecho, autores satíricos como Juvenal
se mofaron de los judíos de Roma por su pobreza y no por su riqueza.
Inclusive la profusión tan enorme de los papiros egipcios que se
conservaron a través del tiempo y que fueron detenidamente analizados
por los modernos estudiosos, no ha arrojado más que un único
texto que puede contener una alusión a alguna objeción de
algún no judío hecha a un judío por el préstamo
de dinero, y aún esa alusión no es más que una discutible
interpretación de un pasaje oscuro. En cambio, el antijudaísmo
político encontró expresión en cierto número
de papiros alejandrinos que pasaron a denominarse las Actas de los mártires
paganos. Pero a medida que iba transcurriendo la Edad Media y progresando
el feudalismo, los judíos fueron segregados de la agricultura en
la mayor parte de los países europeos y a medida que la Iglesia se
tornó de más en más hostil al préstamo a interés
por parte de los cristianos, los judíos pasaron a hacerse cargo de
esa economía unilateral de concentración en la banca, el comercio
y en algunos pocos oficios que les fueron permitidos. Esa estratificación
profesional los expuso a serios resentimientos y terminó por hacerlos
objeto de enconados y difundidos ataques.
[29]
Con todo, tales acusaciones jugaron meramente un papel secundario
si se las compara con las que engendraron los antagonismos religiosos y
nacionalistas. Sólo con el ascenso del capitalismo moderno y con
la creciente participación de los judíos en él, el
factor económico pasó a cobrar preeminencia en las relaciones
judeo-cristianas. En un comienzo, las fuerzas progresistas acogieron con
beneplácito la contribución de los judíos al desarrollo
de nuevas industrias y del comercio internacional. Muchos países,
y particularmente Holanda, Inglaterra y Francia, readmitieron en su seno
a los judíos por sus valiosos aportes. Claro está que ese
nuevo giro también generó no poca oposición de parte
de los intereses creados y de los elementos tradicionalistas. Con la creciente
preponderancia de la moneda y del crédito, la posesión de
la tierra perdió su antigua preeminencia y con ello, naturalmente,
despertó el antagonismo de los señores feudales cuya dominación
política se vio socavada. Igualmente, las antiguas guildas de oficios
tampoco vieron con buenos ojos los nuevos métodos de producción
y la nueva distribución de bienes, en los que intervenían
activamente y cada vez más "intrusos" como los judíos,
durante tanto tiempo excluídos de las corporaciones. Claro está
que los terratenientes y los artesanos estuvieron generalmente a la defensiva
en su enfrentamiento contra las nuevas fuerzas ascendientes de la iniciativa
capitalista. Por eso fueron muy significativas las corrientes específicamente
antijudías engendradas en el siglo XIX por la reacción anticapitalista,
que abarcó tanto a la derecha conservadora como la izquierda populista
o socialista. [30]
Los antisemitas comenzaron a valerse de "nuevas"
consignas antijudías que nacieron de las acuñadas por las
antiguas fuerzas conservadoras o por los nuevos movimientos populistas y
socialistas. Ese tipo de antisemitismo comenzó a desempeñar
un rol cada vez más prominente en los movimientos cristiano-socialista,
social-democrático, comunista y otros de tipo populista y por consiguiente
estampó su sello sobre muchas de las luchas domésticas en
las naciones industrializadas de los siglos XIX y XX. Entre esos grupos
cabe destacar por su influencia el de los primeros socialistas de las escuelas
de Fourier y Marx. Un discípulo de Fourier, Antoine de Toussenel,
publicó en 1845 un folleto titulado "Los judíos, reyes
de nuestra época". Su frase hizo escuela y siguió utilizándose
durante las décadas que siguieron en la literatura antijudía.
[31]
Dos años antes, el mismo Karl Marx, entonces joven periodista, incluyó
en su crítica de una obra muy debatida escrita por un pensador conservador,
Bruno Bauer, algunos pocos ataques contra los judíos. El pensó
que el judaísmo nunca fue sino una superestructura ideológica
del mundo del comercio y que, con la desaparición del orden capitalista
que imperaba entonces en la "sociedad civil", el judaísmo
también se extinguiría y desaparecería de la faz de la
tierra. Discutiendo sobre la emancipación de los judíos, Marx
se permitió valerse de un epigrama como el siguiente: "Lo que
se necesita no es emancipar al judío, sino emanciparse del judío"
vale decir, poner coto al sistema reinante en la sociedad civil. Cierto es
que en las décadas siguientes muchos socialistas trataron de explicar
y justificar de algún modo esa retórica marxista y finalmente,
en el Programa de Erfurt de 1892, el partido socialista alemán adoptó
una posición contraria al antisemitismo, al que el líder socialista
de entonces, August Bebel, denominó en otro contexto "1a religión
de los tontos". Pero muchas fracciones del socialismo y del comunismo
continuaron albergando en sí sentimientos antijudíos que terminaron
por provocar los excesos antisemitas de los regímenes staliniano y
post-staliniano en la Unión Soviética.
[32] Nada tiene entonces de sorprendente
el hecho de que el gran poder adquirido por la Casa de los Rothschild se convirtiera
en el blanco de crecientes ataques por parte de los enemigos de los judíos
y hasta de los voceros moderados de tradiciones más antiguas. La literatura
comenzó a ofrecer descripciones de los Rothschild, ya sea bajo su propio
nombre o bajo otros, que los presentaban como poderes demoníacos que
amenazaban con disolver todos los viejos valores de la sociedad. En ese coro
de influyentes poetas y escritores incluso se escuchó una voz tan elocuente
como la Byron, uno de cuyos héroes declama:
"¿Quién es el fiel de la balanza en el mundo? ¿Quién
reina sobre los congresos reales y liberales? . . . El judío Rothschild
y su colega cristiano Baring. Ellos y el gran liberal Lafitte son los verdaderos
dueños de Europa. Cada préstamo
no es una mera especulación:cuando no crea un trono, hunde una nación".
Ningún lector informado puede dejar de detectar en "La
Comedia no divina" del conde Zygmunt Krasinski una denuncia de la Casa
de los Rothschild como fuerza destructiva de primer orden para la sociedad.
Esas acusaciones se hicieron particularmente vehementes en Alemania, sobre
todo después de la quiebra de 1873 que arruinó tanto a especuladores
como a muchos inversores honestos. En la reacción que siguió
a la bancarrota, los ataques en la prensa, en el parlamento y en la literatura
se concentraron contra toda la estructura financiera del Reich alemán
y sobre todo contra su Bolsa de Comercio. Esta fue denunciada como el foco
de una especulación incontrolada y sus miembros judíos en
particular, incluyendo a la Casa Frankfurt de los Rothschild, fueron estigmatizados
como los enemigos del pueblo. Típico de esos estallidos anti-Rothschild
fue el siguiente pasaje de un escritor que firma con el seudónimo
Germanicus :
Durante la gran era de las
estafas financieras, 1869-74, la "casa mundial" de los Rothschild
negoció más de noventa nuevas obligaciones, por un total de
12 billones de marcos. Eso, aparte de algunas suscripciones privadas, sin
prospecto público, que parecen representar un enorme capital. Entre
esas obligaciones hubo no menos de dieciséis que representaron una
inversión nominal de 3.400.000.0000 de marcos, incluyendo los renombrados
bonos de Crédito Inmobiliario por 250.000.000 de rublos. Uno se pregunta
si alguna vez se les ocurrió a los señores (herren)
von Rothschild poner un crédito tal, equivalente a mil millones de
marcos, a disposición de la agricultura alemana.
Literatura de ese tenor proliferó en ese entonces y
un partido político de la época comenzó a utilizar en
su nombre la designación introducida últimamente de "antisemita".
Esa agrupación tuvo éxito en la campaña electoral que
siguió y logró introducir algunos diputados al nuevo parlamento.
Entre estos se contó Liebermann von Sonnenberg quien, el 7 de diciembre
de 1895, en su alocución parlamentaria titulada "Contra la Bolsa
de Comercio" repitió los ataques contra los banqueros judíos
que estaban en realidad dirigidos, indirectamente, contra todo el pueblo judío.
Las agresiones verbales antijudías crecieron en frecuencia y en vehemencia
durante las décadas que precedieron al ascenso de los nazis al poder.
Con éstos, los ataques pasaron a combinarse con ponzoñosas agresiones
dirigidas contra el comunismo judío, el enemigo irreconciliable del
capitalismo. En la década de 1930, incluso la población estadounidense
escuchó frecuentemente las alocuciones del padre Charles E. Coughlin
que a través de los medios masivos de comunicación emprendió
una campaña contra los "banqueros internacionales". En cada
una de esas arengas del "sacerdote de la radio", dos de las tres
firmas contra las que dirigía sus ataques, llevaban invariablemente
nombres judíos. [33]
El imperialismo
moderno
Con el progreso
del capitalismo se desarrolló una nueva y difundida forma del imperialismo.
Los siglos XVII y XVIII hicieron hincapié en la raison d'état
y en la soberanía nacional para justificar la preeminencia absoluta
de las leyes estatales. La soberanía absoluta establecía que
ningún poder podía ser superior al estado mismo en la atribución
conferida a sus gobernantes de determinar lo que ellos consideraban que
debía ser el comportamiento ético o el reprobable. De resultas
de ello, se subrayó la no interferencia en los asuntos internos de
otros estados, con lo que el camino quedó allanado para actos completamente
arbitrarios de los gobernantes. Ese concepto perjudicó frecuentemente
a los judíos, en mayor medida que a otras minorías, ya que
hasta 1948 los judíos no tuvieron un estado propio que pudiera acudir
en su auxilio. Mientras que la mayor parte de los estados occidentales hizo
protestas de adhesión a la ética cristiana, rechazando ostensiblemente
el maquiavelismo como método para las relaciones internacionales,
los hechos estuvieron muy lejos de esas declaraciones. Hacia mediados del
siglo XIX, por ejemplo, Otto von Bismark reiteró constantemente que
Alemania era un estado "cristiano". Pero junto con ello, en su
discurso del 3 de diciembre de 1850, declaró que "el único
sólido fundamento de un gran estado, que sirve para diferenciarlo
esencialmente de un pequeño estado, es su egoísmo estatal,
como sustituto del romanticismo. Es indigno que un gran estado se bata por
una causa que no cae dentro de la esfera de sus propios intereses".
Más tarde, benito Mussolini habría de repetir frecuentemente
que el sacro egoísmo era y seguiría siendo el principio
rector de su régimen. La guerra, por consiguiente, no debía
ser considerada como un mal necesario sino antes bien como una oportunidad
para el logro de los más elevados objetivos humanos. Mussolini
explicó claramente que el fascismo "deshecha el pacifismo,
que es un manto de la cobardía, una renunciación supina que
se contrapone al autosacrificio. Sólo la guerra concentra todas las
energías humanas en su máxima tensión, imponiendo su
sello de nobleza sobre esos pueblos que tienen el valor de enfrentarla".
Bajo el régimen nazi, finalmente, las enseñanzas del cristianismo
fueron reinterpretadas para ajustarlas a los nuevos designios imperiales
de Alemania. En 1937, el ministro de Estado para los asuntos Eclesiásticos,
Hans Kerrl, declaró llanamente: "Ha surgido ahora una nueva
autoridad sobre lo que realmente significan Cristo y el Cristianismo. Y
esa nueva autoridad es Adolfo Hitler". [34]
En un comienzo, el énfasis puesto en los intereses nacionales
fue propicio para los judíos. La admisión o readmisión
de los judíos en un determinado país siempre se vinculó
de un modo abierto a los beneficios que tal admisión acarrearía
al anfitrión.
Tales argumentos fueron expuestos repetidamente, por ejemplo,
en la Holanda de la era del re-asentamiento hebreo. También se adujo,
desde un punto de vista histórico (así lo hizo, por ejemplo,
el economista holandés del siglo XVIII, Elie Luzac) que el ocaso
de España y Portugal y el ascenso de los poderes marítimos
septentrionales se debieron en gran medida a la expulsión de los
judíos (y de los moriscos) de la península ibérica,
y a su admisión en la Europa noroccidental, Menasseh ben Israel,
al apelar a Oliver Cromwell para lograr su autorización al reingreso
de los judíos a Inglaterra, recurrió al argumento económico
junto con la invocación religiosa, según la cual, al negarse
a admitir a los judíos, Inglaterra (Angleterre, tierra de
ángeles) posponía la era mesiánica, que conforme
a la predicción profética, concretaría la concentración
del pueblo judío desde "todos los rincones de la tierra".
En su alegato mercantilista, Menasseh ben Israel se anticipó a Simone
Luzzatto en su volumen "La Situación de los Judíos en
Venecia", publicado en 1638. Finalmente, Werner Sombart, que no era
precisamente amigo de los judíos, al sostener su tésis de
que el espíritu judío - y no el protestante - fue el principal
responsable del advenimiento del capitalismo moderno, se mostró sumamente
lírico al exclamar: "Israel pasa sobre Europa como el sol: cuando
llega, hace brotar la nueva vida; cuando se va, todo se sume en el ocaso".
Ese pasaje fue citado frecuentemente por los apologistas pro-judíos,
incluso por quienes rechazaron lo esencial de la teoría sombartiana.
[35]
Con todo, en distintas ocasiones, como
Io hemos visto, fuerzas antijudías invirtieron ese argumento tratando
de demostrar que la dominación económica judía condujo
a la ruina de los países en que vivieron. Políticamente, además,
se cuestionó el patriotismo de los judíos. Desde tiempos inmemoriales,
los judíos fueron acusados de colaboración con el enemigo.
Si bien tal imputación fue hecha ocasionalmente en el Imperio Romano,
ella pasó a ser muy frecuente durante la incesante confrontación
de la cristiandad con el Islam. en el curso de la Edad Media. La responsabilidad
por la conquista de España por los moros en 711-12 fue enrostrada
por los enemigos de los judíos a estos últimos, acusándolos
de haber asistido a las huestes invasoras musulmanas. Es posible que los
judíos de la España visigoda que sufrieron todo un siglo de
despiadadas persecuciones, se hayan plegado en cierta medida a determinados
grupos cristianos que con razones muchos menos valederas consideron a los
moros como liberadores de un régimen intolerablemente opresivo. Pero
los voceros antijudíos fueron mucho más lejos y acusaron a
los judíos. por ejemplo, de haber abierto las puestas de Tolosa a
los atacantes musulmanes. Tales acusaciones se repitieron en los siglos
siguientes durante las frecuentes hostilidades entre cristianos y musulmanes
y se renovaron en el siglo XVI en los países habsburgos y en Polonia,
al afrontar todos ellos la creciente "amenaza turca". Una típica
patraña difundida en ese sentido por un cronista polaco, Marcin Bielski,
aludió a presuntos esfuerzos proselitistas judíos durante
los tempranos sucesos de la Reforma protestante en Polonia y en Lituania.
Según él, los judíos enviaron cierto número
de cristianos convertidos por ellos al judaísmo al Imperio Otomano,
país en el cual podían profesar libremente el culto judaíco.
Cuando en 1539 el Rey Segismundo I ordenó una investigación
del caso, los judíos, presuntamente, enviaron un emisario al Sultán turco
pidiéndole que interviniese ante el Rey para que la vía a
Turquía quedase expedita. El Sultán replicó que no
había necesidad para tal intervención puesto que de avenirse
los judíos a esperar un poco, él mismo vendría a esos
países para expulsar de ellos a los cristianos, asegurar la paz para
los judíos, y abrirles el camino a donde quisieren.
Esas denuncias llegaron a su culminación en la Alemania
de después de 1918, cuando los antisemitas de distinto pelaje comenzaron
a atribuir a los judíos, al unísono, la mayor de las responsabilidades
por la "puñalada en la espalda" que según ellos
ocasionó la derrota de Alemania en la primera guerra mundial.
[36]
Bajo el capitalismo moderno,
los ataques a los judíos basados en esos fundamentos se vieron grandemente
intensificados en torno a una doble acusación: deslealtad en la esfera
internacional y subversión en el campo doméstico. Un escritor
antisemita ruso, G. Butmi, no hizo más que expresar suspicacias muy
difundidas cuando escribió en 1906:
"A través de sus agentes,
los masones rusos, Inglaterra coopera en la campaña por la esclavización
interna de Rusia que vienen confabulando los judíos sionistas; esa
confabulación tiende a provocar la subversión interna, paralizar
la resistencia potencial de Rusia y somete a ésta a los intereses
de la política exterior de Gran Bretaña. El acuerdo respectivo
en ese sentido entre los sionistas y los masones fue logrado aparentemente
en 1900 por iniciativa del Dr. Herzl. fundador del moderno sionismo. El
sionismo judío, actuando en Rusia para la protección de los
masones, no sólo está bien organizado sino que se expande
por el país entero con la traicionera asistencia de la política
exterior británica que siempre fue inamistosa para Rusia pero amistosa,
sí, para con los judíos".
Acusaciones similares se escucharon en la Unión Soviética
durante los últimos años, en los procesos incoados a los así
llamados cosmopolitas. Si se exceptúa la sustitución de la
Gran Bretaña por los Estados Unidos como principal enemigo de Rusia,
los ataques dirigidos contra la deslealtad judía aparecidos en la
prensa soviética, especialmente en la década de 1950 y posteriormente
a partir de 1967, guardan escasa diferencia, por su tenor, con los anteriores.
Sin conocer a Butmi -según es de suponer- el ministro del Exterior
zarista, conde Nicolaievich Lamsdorf, sometió al zar un memorando
"Sobre los Anarquistas", en enero de 1906. En ese documento denuncia
el ministro la supuesta conspiración de la Alianza Israelita Universal,
apoyada en sus "gigantescos medios pecuniarios" y de diversas
logias masónicas contra el orden establecido. El conde sugiere una
contra-conspiración del zar, el káiser y el Papa, "en
favor de una activa campaña contra el común enemigo del orden
monárquico y cristiano en Europa".
A1 recibir el memorando, comentó Nicolás II:
"Es preciso iniciar inmediatamente las negociaciones. Comparto en todo
las opiniones aquí expresadas". Con todo, la propuesta de Lamsdorf,
que formaba parte de la inefectiva orientación pro-germana del ministro,
no cuajó. [37] Incluso
en los países democráticos, la creencia en la falta de patriotismo
de los judíos ha persistido en ciertos grupos hasta nuestros días.
Ultimamente, la acusación tomó la forma de
una imputación de doble lealtad. Una encuesta realizada en los Estados
Unidos hace algunos años, estableció cómo reaccionaban
los cristianos ante la manifestación de que "los judíos,
en general, se inclinan a ser más leales a Israel que a los EE.UU.".
10% de los católicos y I3'% de los protestantes -en algunas pequeñas
sectas protestantes el porcentaje se elevó al 24 - contestaron directamente
con la afirmativa. Otro 16% de los católicos y 18% de los protestantes
(22% en las pequeñas sectas) respondieron : "en cierta medida".
No mucho menores fueron los porcentajes de quienes respondieron afirmativamente
- de un modo terminante o parcial- a la indagación: "los jóvenes
judíos estuvieron menos dispuestos que los cristianos a ofrecerse
como voluntarios a las fuerzas arrnadas durante la última
guerra" (1a segunda guerra mundial). De hecho, la segunda aserción
puede ser desbaratada fácilmente con las estadísticas existentes.
Cabe señalar aquí que a mí me tocó desempeñarme
durante esa guerra en la Comisión de Registro Militar del "National
Jewish Welfare Board" que se aplicó a componer la lista
nominal de todos los combatientes judíos, incluyendo a los que cayeron
en acciones de guerra, recibieron condecoraciones por su coraje, etc. A
pesar de las obvias dificultades con que tropezó la Comisión
para establecer la identidad judía de los combatientes en base a
sus nombres y a otros criterios sutiles, hallé que la proporción
de judíos en cada una de dichas categorías fue superior a
la que formaban en la totalidad de la población. Lo mismo cabe decir
de los judíos de Alemania durante la primera guerra mundial. Y a
pesar de ello, tal como ocurre con otros mitos folklóricos, la imputación
persistió con notable tenacidad. [38]
A1 mismo tiempo, la patraña de la proclividad judía
hacia la subversión interna se nutrió del hecho de que en
los siglos XIX y XX muchos judíos se sumaron efectivamente a los
movimientos radicales, alcanzando algunos de ellos conspicuas posiciones
en la conducción de los mismos. Benjamín Disraeli sostuvo
en vano que los judíos fueron forzados a incorporarse a los movimientos
radicales como resultado de las persecuciones cristianas. Disraeli afirmó
que por su misma psicología y sus tradiciones, los judíos
siempre se apegaron a tres núcleos: la familia, la propiedad y la
religión, todos ellos fundamentalmente conservadores por su carácter,
y que sólo cuando fueron hostigados por el establishment no
tuvieron otra salida que la de unirse a la oposición. Pero fue especialmente
después de estallada la Revolución Rusa que el papel preeminente
desempeñado por León Trotsky, Iaacov Sverdlov y otros, en
los eslabones más elevados de la jerarquía del partido comunista,
vino a abonar las imputaciones de inclinaciones comunistas de todos los
judíos. Una anotación fechada el 31 de diciembre de 1918 en
el diario del coronel Edward M. House, influyente asesor del presidente
Woodrow Wilson, arroja una curiosa luz sobre las ramificaciones de dichos
rumores. House informó al presidente sobre
una conversación suya con Lord Arthur Balfour quien presentó una muy curiosa teoría
sobre los judíos. Algunos le dijeron, y él se siente inclinado
a creerlo, que casi todos los males de la sociedad, como el bolchevismo
y otros de similar naturaleza, pueden ser atribuidos directamente a los
judíos del mundo. Estos parecen determinados a conseguir lo que desean
o a provocar el eclipse de la presente civilización. Sugerí
que los colocásemos en Palestina, al menos a los mejores de ellos,
haciéndolos responsables por la conducta equilibrada del resto de
los judíos en el mundo. Balfour piensa que el plan tiene muchas posibilidades
de éxito.
¡Y Balfour fue el hombre cuyo nombre
adorna la famosa Declaración del gobierno británico del 2
de noviembre de 1917 que comprometió la asistencia británica
en la erección de un Hogar Nacional Judío en Palestina! Antisemitas
recalcitrantes, como los cronistas del "Dearborn Independent"
de Henry Ford, pudieron consignar en el periódico la lamentable
manifestación de que "todo comisario en la Rusia de hoy es judío...
De una masa de rezagados, los judíos de Rusia se han convertido en
una perfecta falange, una columna volante que trata de fomentar el desorden,
como si el lugar de cada uno de ellos estuviese preparado de antemano".
Por curiosa ironía, esa atribución no ha perdido del todo
su vigor, ni siquiera a la luz de las persecuciones antijudías de
los regímenes staliniano y poststaliniano y las vastas campañas
antisoviéticas organizadas por los judíos del mundo en apoyo
de sus hermanos perseguidos. La encuesta norteamericana antes mencionada
reveló igualmente que un considerable sector de la población
cristiana de los Estados Unidos seguía creyendo en la década
del sesenta de este siglo que "los judíos son menos propensos
a oponerse al comunismo que los cristianos". [39]
sParte
de la propaganda antijudía se extendió en nuestro tiempo,
igualmente, a los fundamentos del cristianismo. Nacionalistas extremos de
toda calaña vinieron insistiendo a través del tiempo que la
fe cristiana, por el hecho de ser un producto del judaísmo, únicamente
puede terminar debilitando la fortaleza de las naciones gentiles. Los ya
mencionados pronunciamientos en contra de la cristiandad hechos por Wachler
y pudor son típicos, por más que ciertos sectores de nacionalistas
"integrales", al estilo de Charles Maurras, se mostraron favorables
al cristianismo por considerarlo esencialmente una religión romana
y, como tal, opuesta al judaísmo. La tradición latina del
cristianismo, en opinión de Maurras, hacía del mismo una fuerza
positiva para el nacionalismo francés. Al pasar revista a la escena
internacional, al iniciarse el presente siglo, declaró Maurras :
"Existe una gran potencia marítima: es la anglo-sajona y protestante,
y por lo tanto dos veces bárbara. Existe una gran potencia militar:
la germana y protestante, dos veces bárbara. Existe un gran poder
financiero: el cosmopolita y judío, que es a la vez bárbaro
y anarquista". Los nacionalistas protestantes alemanes, por otra parte,
estaban dispuestos a condenar en conjunto a todas esas nuevas fuerzas como
obstáculos a la unidad y a la expansión imperial germanas.
En la Alemania de la época de Bismark, Paul de Lagarde, distinguido
erudito en las ciencias de la Biblia, sostuvo que el catolicismo, el protestantismo, el judaísmo
y el naturalismo deben ceder paso a una nueva concepción de la vida
y limitarse a perdurar en el recuerdo como esas lámparas que se usaban
de noche al ponerse el sol en las montañas. De lo contrario, la unidad
de Alemania se hará de más en más problemática
con el correr del tiempo.
Esas opiniones ganaron carta de ciudadanía con el elocuente
llamado de Nietzsche a una "reevaluación de todos los valores"
y su exaltación del superhombre en la lucha por el poder. Todo ello
terminó por desembocar en la tragedia de las dos guerras mundiales
y en la destrucción de las juderías de Europa oriental y centro-oriental.
[40]
EI colonialismo