המחלקה לחינוך יהודי-ציוני, חטיבת האופק, תחום ליווי שליחים                                                                                                               א' בכסלו תשס"ו, 2 בדצמבר 2005
¿A quién le importa Tu biShvat?


Para la naturaleza y para el hombre

por Tzur Shezaf

¿Qué es lo más importante para la vida del hombre? Podemos utilizar la conocida respuesta hindú : tanto uno como otro, ni uno ni otro. O sea casi todo. O, casi no hay algo que sea importante de verdad. O como decía mi tía inglesa, que falleció hace algunos años: todas esas cosas que no se necesitan y de las que no se puede prescindir.

El mundo nos precedió y seguirá estando después de nosotros. La locura de la ecología es nuestra locura particular, del hombre. En realidad, no es importante para todos. Se puede vivir en una isla de hormigón gris iluminada por lámparas fluorescentes, con autopistas, aeropuertos, centros comerciales, publicidad callejera agresiva y donde todo ya está dentro del chip de la computadora o del teléfono celular. O se puede vivir en un lugar en el que hay una casa con techo alto (para que no haga calor en el tórrido verano mediterráneo), con paredes que aíslen del frío y del calor, con ventanas grandes (para dar paso a la luz maravillosa que hay aquí la mayor parte del año) y recordar que cada una de las ventanas de la casa es el marco de una imagen que vemos, que nuestros niños ven y por lo tanto, conviene que el panorama desde él (y desde la casa de enfrente) sea idéntico.

Por supuesto que no se trata de cosas importantes: se puede vivir sin ellas. La mayoría vivimos en bloques, encendemos la luz, el acondicionador de aire y la computadora y nos zambullimos en ella. El medio ambiente carece de importancia en lo que atañe simplemente a la supervivencia de la humanidad. Todas esas cosas que no se precisan y de las que no se puede prescindir. ¿Que no se puede? ¿Creer a la anciana muerta, que nació a comienzos del siglo XX? ¿Que era una romántica idealista? ¿Hermana de mi padre, que jamás tuvo licencia de conductor y que iba de aquí para allá excavando ruinas para saber cómo era la agricultura hace 2000 años y qué aspecto tenía el entorno humano? ¿Que leía libros y decía que no hay nada que no te esté permitido saber?

Las terrazas de la antigüedad y los manantiales de las colinas de Jerusalén son el panorama en el que nací. Toda el área que según los planes grandiosos se convertirá en una fea ciudad de edificios de apartamentos entre Hasataf y Beit Shemesh. El temor demográfico humano que sienten los judíos ante la posibilidad del incremento de la mayoría árabe en Jerusalén convertirá a los pequeños manantiales, a las antiguas terrazas y a las parcelas en las colinas en edificios anónimos y fríos, construidos por contratistas que ganaron licitaciones “arregladas” por políticos avispados.

El medio ambiente no es importante. No importa para nada. ¿Qué importa un manantial cuando peligra el futuro del pueblo judío y su soberanía? Zambullirse desnudo en un caluroso día de verano en el estanque de un manantial. Echarse entre los pinos y ocultarse con alguien entre la vegetación y saber que siempre fue así. Eso no tiene la más mínima importancia. Estar en la cama es más cómodo.

¿Qué importancia tiene recobrar la faja costera de Jaffa? ¿Para quién? ¿Para la naturaleza? ¿Para el mundo? Al mundo no le importa. Es indiferente en el sentido que le dio Spinoza, que todo el mundo es alma y Dios. También nosotros tenemos algo de esta alma. En realidad, mejorar el mundo es como automejorarnos. Claro que esto es una reverenda tontería. ¿Qué me importa que los habitantes de Jaffa, judíos y árabes, se llenen de orgullo por la ciudad más antigua del Mediterráneo? Por su maravilloso puerto que algunos tratan de matar pero sin éxito y, ¿con la ayuda de Dios lograremos convencer a la Comisión Nacional de Planeamiento y Vivienda que un segmento de costa abierta a todos en la parte sur del puerto, ese que la Administración de Tierras de Israel quiere vender a promotores, es más importante? No tenemos ninguna probabilidad. Y lo que es más importante, no tenemos dinero. Los burócratas no saben medir esas cosas que no son importantes y de las que no podemos prescindir.

¿En qué creo pues? En nada. No creo en nada. Pero siento respeto por el mundo antiguo, por la historia natural del mundo del que formamos parte y tengo la esperanza de que algún día cuando esté caminando por uno de los lugares que amo en este país pueda mirar una roca y saber que detrás de ella me escondí con alguien y que mi niña observe mi mirada y sonría. No quiero que nadie me la mueva y construya ahí un centro comercial o una carretera o que tienda una línea de alta tensión. Porque el medio ambiente, como el amor, o la memoria, no tiene propósito en el mundo material-económico, no se puede medir en una balanza y por lo tanto yo, como los ridículos personajes de Cervantes, corro a proteger a todas esas cosas que no son importantes y de las que no podemos prescindir.

 


Perjuicio espiritual y daño físico al medio ambiente

Por Yehuda Ganot

Se relata en la Mishná que al presentarle el mundo, dijo el Creador al hombre: “Mira qué hermosas y justas son mis obras; ten cuidado de no estropear mi mundo”. Desde entonces el hombre sólo arruina y estropea: tala árboles y no planta nuevos, contamina el agua y no desalina, la tecnología avanza y el mundo retrocede.

La contaminación del aire y de las fuentes de agua, la aniquilación de terrenos naturales y bosques, el agotamiento de los recursos naturales y el temor al “fin del mundo” no son tópicos ajenos al público jaredí. Los jaredím prefieren dejar la tarea de cuidar del futuro del mundo en manos del Todopoderoso y en “nuestro padre que está en los cielos es nuestro único apoyo”. Pero todo religioso se siente muy obligado por cualquier perjuicio al medio ambiente, tanto espiritual como físico, que arruina las obras que el Creador confió a nuestro cuidado. Podría decirse que la Halajá, la Ley Judía, fue la primera entidad mundial de protección del medio ambiente. Unos dos mil años antes de que alguien siquiera pensara sobre el asunto, se escribió en el tratado Baba Batra de la Mishná: “Es preciso alejar 25 codos el árbol de la ciudad”, y se interpretó en el Talmud que “una ciudad que tiene espacio libre ante ella tiene un ornamento”. Antes de que los Tribunales, el Ministerio del Medio Ambiente y el Parlamento trataran de los problemas suscitados por el ruido, se trataron en las yeshivot asuntos del capítulo “Lo iajpor”, que se ocupa precisamente de esos temas.

Sería deseable que los dirigentes de las organizaciones ecológicas tengan en cuenta que la Halajá ya determinó reglas bien definidas acerca de dónde y cómo construir fábricas que pueden dañar el medio ambiente, cuándo está permitido abrir un negocio junto a barrios residenciales con un nivel de ruido que podría afectar a los vecinos y otros asuntos de esta índole. También el aspecto religioso de la conservación de los seres vivos va más allá del “tzaar baaléi jaím” la prevención de crueldad con los animales, asunto que se trata en varios lugares de la Mishná y el Talmud. Por ejemplo, debemos agradecer a los perros que no ladraron cuando salimos de Egipto y seguir el ejemplo del gato y de la hormiga, que pueden servir de guía al hombre sobre cómo ser modestos y trabajadores.

Tomemos como ejemplo Tu BiShvat. Nuestros sabios compusieron para el año nuevo de los árboles, cuando todo brota y florece, una bendición especial que en casi todo el mundo se dice en el mes de Nisán: “Bendito sea que no hizo faltar nada en su mundo y que creó en él seres y árboles buenos, para que el hombre pueda disfrutar de ellos”.

Es cierto que algunas de las antiguas áreas de residencia de jaredím en Israel no son un ejemplo de belleza ni de conservación del medio ambiente. Esto se debe a que después del terrible Holocausto, los grandes de su tiempo hicieron especial hincapié en devolver al pueblo judío a su objetivo: volver a poner en pie las magníficas kehilót que fueron aniquiladas y reanudar el estudio de la Torá por parte del pueblo. Sin embargo, en las kehilót más jóvenes los asuntos vinculados al medio ambiente se ha desarrollado sobremanera y a Emanuel, Betar y otras poblaciones se les ha otorgado muchas “Estrellas de la belleza”. No olvidemos que el reglamento de los fundadores de Petaj Tikvá y Mea Shearím, redactado hace ciento veinte años, incluía muchos asuntos relacionados con el medio ambiente y podría pasar por el reglamento de un organismo ecológico actual.

No obstante, para el público jaredí, la calidad de un lugar se mide primeramente por un entorno espiritual adecuado. Una pareja joven que busca vivienda tendrá en cuenta ante todo a los miembros de la comunidad, sin son adecuados para la ascensión espiritual y sólo después buscará vistas y jardines. En mi calida de presidente de la organízación “Jaredím lasvivá” (Jaredím por el medio ambiente), que funciona a nivel nacional y que fundamos hace dos años en Petaj Tikvá con el objeto de remediar atropellos al medio ambiente en nuestro barrio, trato de inculcar en todo el país al público al que pertenezco que la “justicia ecológica” puede también ser relevante para los jaredím.

Es cierto que la educación es nuestra principal consideración y nos enorgullecemos de ello, pero no consentiremos por ejemplo, en el predominio de los anuncios publicitarios a los que estamos expuestos en lugares abiertos. Los “verdes fanáticos”, conocidos como “liquidadores de anuncios” podrán encontrar en nosotros fieles colaboradores para fomentar la idea de no permitir a las empresas controlar cada esquina, así sólo fuera por motivos religiosos. La calidad del medio ambiente en el entorno jaredí combina lo religioso con lo espiritual y ya insistió en ello el rabino Yaacov Amadin (Hayaavezt), cuando afirmó que: “quien teme por la limpieza de su alma, también teme por la limpieza de su cuerpo”.

 



Tzur Shizaf es escritor, fotógrafo y activista en bien del medio ambiente. En el pasado escribió en el periódico local 'Hair', en Ynet y en 'Masá Ajer'. Ha publicado libros de viajes y de fotografías. La editorial Yediot Ajaronot publicó recientemente su libro 'El camino de la seda'. Encabeza la asociación 'Yafo Yefet Yamim' en cuyo contexto lucha por el panorama físico y social de Yafo.

El Rabino Yehudá Ganut dirige el centro de conferencias 'Discovery' sobre judaísmo en la educación no formal. Encabeza la organización 'Jaredim Lasviva' (juego de palabras que significa 'ortodoxos por el medio ambiente' y-o 'preocupados por el medio ambiente') cuyo objetivo es ayudar a solucionar problemas sobre temas ambientales entre el público ortodoxo, y asistió en la fundación de otras organizaciones ambientales como 'Pétaj Tikva soy yo'.


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